Mostrando entradas con la etiqueta Azaña. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Azaña. Mostrar todas las entradas

martes, 18 de septiembre de 2012

La Velada en Benicarló.



Este es un texto supuestamente teatral de Manuel Azaña. Pero se parece a los Clownic, -eso si es teatro-, como un huevo a una castaña.

Yo creo que más que un texto teatral es un apunte político en forma de fantasía teatral con estereotipos que exponen muchas razones de Azaña: su múltiple conocimiento de “lo que va de guerra” -está fechado en abril de 1937-. Son largos alegatos, que describen la realidad española y sus raíces “idiosincráticas”.  Es un texto imprescindible de nuestra guerra y muestra que el Presidente conocía muy bien la realidad, (esta vez los españoles, en uno de los peores momentos de la historia, fueron los que no estuvieron a la altura de su gobernante) y sobre todo la derrota republicana. Todo escrito y argumentado para ser leído. Sin embargo, parece poco releído por el autor, aunque sí resulte bastante pulida su escritura, pero esto es causado por la soltura del genio de la oratoria, y por la sólida visión política que tenía Don Manuel.

Por supuesto, tuvo que ser un texto clandestino. Si se hubiera sabido, por los republicanos o por los nacionales, lo que pensaba su autor, (el presidente de la república, el icono de los republicanos que morían con su nombre en la boca), sobre la situación, habría sido demoledor para la resistencia, para el triunfo o para el empate, por el que todavía se pelearon casi dos años más.

El libro, en mi edición, viene acompañado por la adaptación, que no puede resultar demasiado teatral por la gravedad de su antecedente; sigue siendo de tesis y  para mí, simplemente, lo adelgaza pero no creo que consiga mucho aliciente dramático.

La obra fue estrenada en el Madrid de los 80 y supongo que a pesar de tanta rémora sería un éxito, pues ahí se pudo escuchar al maravilloso José Bódalo, (uno de mis actores favoritos),  a Agustín González, y otros, cuyas caras y voces suenan a todos los de mi edad, pero sus nombres no dirían gran cosa a mi público actual.

Tiene muchos exordios antológicos como éste:

La casa comenzó a arder por el tejado, y los vecinos, en lugar de acudir todos a apagar el fuego, se han dedicado a saquearse los unos a los otros y a llevarse cada cual lo que podía. Una de las cosas más miserables de estos sucesos ha sido la disociación general, el asalto al Estado y la disputa por sus despojos. Clase contra clase, partido contra partido, región contra región, regiones contra el estado. El cabilismo racial de los hispanos ha estallado con más fuerza que la rebelión misma, con tanta fuerza que, durante mismos meses , no los ha dejado tener miedo de los rebeldes y se han empleado en saciar ansias reprimidas. Un instinto de rapacidad egoísta se ha sublevado, agarrando lo que tenía más a mano, si representaba o prometía algún valor, económico o político, o simplemente de ostentación y aparato. Las patrullas que abren un piso y se llevan los muebles no son de distinta calaña que los secuestradores de empresas o incautadores de teatros y cines o usurpadores de funciones del Estado. Apetito rapaz, guarnecido a veces de la irritante petulancia de creerse en posesión de mejores luces, de mayor pericia, o de méritos hasta ahora desconocidos.

Cada cual ha querido llevarse la mayor parte del queso, de un queso que tiene entre sus dientes el zorro enemigo. Cuando empezó la guerra, cada ciudad, cada provincia quiso hacer su guerra particular. Barcelona quiso conquistar las Baleares y Aragón (...)

Los diputados iban al Ministerio de la  Guerra a pedir un avión para su distrito <<que estaba muy abandonado>> como antes pedían una estafeta o una escuela. ¡Y a veces se lo daban! En el fondo, provincianismo fatuo, ignorancia, frivolidad de la mente española, sin excluir en ciertos casos doblez, codicia, deslealtad, cobarde altanería delante del estado inerme, inconsciencia, traición. La Generalidad se ha alzado con todo. El improvisado Gobierno Vasco hace política internacional. En Valencia comistrajos y enjuagues de todos conocidos partearon un gobiernito(...)

¡Pues si es en el ejército!. Nadie quería rehacerlo, excepto unas cuantas personas que no fueron oídas. Cada partido, cada provincia, cada sindical, han querido tener su ejército. En las columnas de combatientes los batallones de un grupo no congeniaban con los de otro, se hacían daño, se arrebataban los víveres, las municiones... tenían tan poco conocimiento que, cuando se habló de reorganizar un ejército, lo rechazaron, porque sería <<el ejército de la contrarrevolución>> (...)

En Valencia, todos los pueblos armados montaban grandes guardias, entorpecían el tránsito, consumían paellas, pero los hombres con fusil no iban al frente cuando estaba a quinientos kilómetros. Se reservaban para defender su tierra. (...)

En los talleres, incluso en los de guerra, predomina el espíritu sindical, mientras en Madrid no había aviones de caza, los obreros del taller de reparación de los Alcázares, se negaban a prolongar la jornada y a trabajar los domingos (...)   Valencia estuvo a punto de recibir a tiros al Gobierno, cuando se fue de Madrid. Les molestaba su presencia porque temían que atrajese los bombardeos. Hasta entonces no habían sentido la guerra. Reciben mal a los refugiados porque consumen víveres (...)

 

Uno copiaría todo.

Considero que cualquier persona interesada en la guerra civil debe leérselo.

lunes, 2 de julio de 2012

Una impostura.

He acabado a uña de caballo el libro de las supuestas memorias de Niceto Alcalá Zamora. Convendréis que no está bien que un tipo como yo, que está escribiendo un libro sobre la República y la Guerra Civil, lea de esta manera los diarios de uno de los principales protagonistas; nada menos que el presidente de la república de abril de 1931 a abril de 1936. Es que estoy persuadido, casi seguro, de que estos diarios son falsos.

Es un texto que está bien escrito, con buen estilo, adecuado a la época y con muchos nombres. Lógico si es original, pero mucho más lógico si es una suplantación. La impresión que tengo al leerlo es la misma que de las “películas de tesis”: este era un tipo de película falsa, pretenciosa que sólo trataba de llevarte al huerto de une idea repetitiva y machacona, mientras lo demás resultaba accidental. Así me ocurre con este libro, según el cual a Niceto Alcalá, siendo presidente de la República en la cuesta abajo del 36, le preocupaban la mayor parte del tiempo dos cosas: el pérfido Azaña, recién entrado a presidir el gobierno, que le tiene marginado de todo y conspira contra él, y la crisis del partido socialista entre el ala moderada de Indalecio Prieto y el ala extremista de Francisco Largo Caballero. Si menciona que Gil Robles le ataca pero eso no le preocupa. Poco le preocupan Hitler y Musolini, y las tensiones que pudieran estar surgiendo con Francia y Gran Bretaña y, soprendentemente, nada le preocupan la potencia ya dominante de Estados Unidos o nuestra, siempre presente, Iberoamérica.  Tampoco la crisis económica o las fugas de capitales, (esto sale de soslayo, pero casi parece que las justifica).

Es muy raro, parece como si Don Niceto estuviera preocupado, ya en 1936, por reforzar las tesis de los llamados historiadores revisionistas de la Guerra Civil.

Me puedo equivocar. Yo no he visto, ni puedo ocuparme de ver los originales, sólo soy un aficionado que quiere rescatar y publicar esos momentos históricos concretamente relacionados con un pequeño valle de Ávila. Desde mi humilde condición de no historiador académico, no me creo este libro, Veréis las rocambolescas maneras de aparecer que tuvo: una familia en 2011 que lleva poseyendo esos papeles desde 1936, no se le ocurrió vendérselos al régimen franquista (a quien favorece su divulgación), ni sacarlos de España para que fueran publicados por Ruedo Ibérico u otras editoriales francesas durante la dictadura. No se les ocurre acercárselos a Hugh Thomas, ni a Jackson, ni a Gibson, ni a Preston, ni al derechista Payne. Sobre todo, no se les ocurrió sacarlos a la luz para su venta en la transición, donde los libros sobre la guerra civil se publicaron como rosquillas. Es ahora, (y parecería, -esto no se llega a decir- que debido a la crisis económica que, como todo el mundo sabe, provocó José Luis Rodríguez Zapatero), que una familia que los robó, recogió y guardó quiere vendérselos al historiador derechista Cesar Vidal.
En el libro hay demasiadas excusas para encontrar un camino creíble de la autenticación. Incluso aparece en páginas centrales una fotografía de los supuestos manuscritos escritos a mano sobre el anverso y el reverso de un impreso que reza el presidente de la federación de doctores el Dr.  Don Niceto Alcalá Zamora aprovecha gustoso para ... a  dicho señor las seguridades de su distinguida consideración. 

El botón de muestra que se nos presenta es un escrito lleno de enmiendas y casi carente de puntuación,  mientras que lo que se recoge en el libro está bien puntuado, y escrito con pulso narrativo firme; aparece un testimonial añadido en corchetes, cada veinte páginas, completando una palabra omitida. Pero además, según la introducción de este libro,  tenemos en esta memorias páginas escritas a máquina y escritas a mano por un escribiente (que nos dicen, no sé por qué, que era de extrema izquierda  aunque muy fiel al presidente)

En los años ochenta o noventa saltó el escándalo de unos diarios de Hitler, que –claro- se miraron con cien lupas y se demostraron falsos. Yo no creo que estos se hayan escrutado así. Además opino que es muy fácil crear unos diarios a máquina de los años treinta. Sólo es necesario encontrar papel en blanco o impresos de la época. En montones de sitios existe, (en mi juzgado de Mombeltrán, sin ir más lejos, había cientos de folios o de impresos donde se podía escribir “en sucio” guardados en carpetas). Hay miles de ayuntamientos y organismos en España donde encontrar papel de este tipo si se busca y además se lo pueden regalar a uno porque no sirve para nada más que anotar cosas o tomar algún apunte, pero para eso siempre sobra papel, también sirve  para ocupar espacio en los archivos, por eso, se suele tirar cuando se encuentra. A continuación, haría falta una máquina de escribir de esos tiempos; habrá miles en España, millones en el mundo, en manos de coleccionistas, anticuarios, etc por poner un ejemplo: en casa de un tío mío hay una.

Con estos asequibles mimbres, cualquiera que sepa un poco, -quienes han escrito este libro saben mucho- puede escribir lo que quiera. En la anterior entrada yo titulé clarividente Alcalá Zamora, y es la impresión que se reafirma durante todo el libro: el autor conoce el fin de la historia(1). Cualquiera que releamos nuestros propios diarios de juventud podremos darnos cuenta  que están llenos de juicios de valor sobre personas, que al final se demostraron falsos, de personas que impresionan muy positivamente y que luego te decepcionan y luego te vuelven a convencer, de sucesos irrelevantes en la vida, que entonces parecía que iban a ser capitales... esto no lo he visto en estos diarios y sí se encuentra en los de Azaña. Para mí son falsos.



Luego están las citas a pie de página para reforzar la tesis. Pondré sólo una que podría resumir la tesis del libro:

La animosidad de Azaña contra Alcalá-Zamora fue elemento decisivo para el desencadenamiento de la Guerra Civil. Azaña sentía obsesión contra Alcalá Zamora, no se sabe por qué razones, perdidas en lo más profundo de su ser. Lo odiaba y en todos los casos en que pudo atacarlo, hasta lograr su destrucción en el orden político, lo intentó. No cabía creer que Azaña actuara frente a Alcalá Zamora con visión patriótica, ni con el propósito de salvar a la República. Su inconsciencia le iba a llevar a romper el orden legal constituido, sin darse cuenta de que provocando su caída, por más hábil que fuera la maniobra, el orden legal se destruía y el único dique que contenía a cierto grupo de militares desaparecía.

Y el autor de esta cita es Guillermo Cabanellas  un libro llamado La Guerra de los mil días. Pg. 294. Este señor debe ser hijo de un general de los sublevados, Miguel Cabanellas, uno de los verdaderos causantes de la guerra civil a los que tratan de soslayar de responsabilidad libros como éste.





(1) y además ha leído los diarios de Azaña, a los que en muchos casos, rebate. No es creíble que Alcalá Zamora tuviera en los años 30 un servicio de espionaje que le llevara a conocer los que después serían los diarios más famosos y auténticos (los de Azaña) toda vez que Don Niceto se queja continuamente de que no tiene casi información del exterior, porque el gobierno todopoderoso se la hurta.

viernes, 22 de junio de 2012

Alcalá Zamora y sus clarividencias.

Ha caído en mis manos y estoy leyendo un libro de la editorial La esfera de los libros de estridente título “Asalto a la República” que contiene los diarios que al parecer escribió el entonces presidente de la república española, Niceto Alcalá Zamora, desde enero hasta abril de 1936. Al principio no me gustaba mucho, porque hace un año decidí poner en mi altar laico a Azaña, y parece que uno que fue educado en el monoteísmo y la fidelidad y no se puede tener dos presidentes de la República ahí arriba. También  porque el libro, además de tener una vitola que reza “los diarios robados del presidente de la segunda república” cosa que le sucedió notoriamente a don Manuel Azaña, lo remata el hecho de que acaben de aparecer, -es de 2011 la primera publicación- y el artífice de la rocambolesca aparición es un señor que se llama Jorge Fernández-Coppel, aunque a quien realmente se los ofrecieron era al famoso historiador ultraderechista César Vidal de quien recientemente me leí los dos volúmenes de La Guerra que ganó Franco (a los malos) -el añadido es mío-.

El día 9 de febrero de 1936 recoge una frase que definirá perfectamente las guerras civiles; lo  que va a pasar:

 Son el mayor y más brutal desastre de pasiones, y por lo mismo, quien las hace explotar responde moralmente de cuanto ordena, de casi todo lo que se produce, como obra de los suyos, y de una parte muy considerable de la crueldad ajena, que como reacción provocan.

Lo que sucede es que en esos momentos Niceto Alcalá Zamora está en el centro político (y sin partido) recibiendo ataques de unos y de otros, aunque los que peor le sientan sean los de izquierdas. Pocos renglones antes de la anterior frase lapidaria, (que podría encabezar mi libro), en el mismo párrafo dice:

Parece increíble que, sobre todo los hombres cultos de las izquierdas no se den cuenta de cómo les alcanza y recae sobre ellos parte de la responsabilidad de los excesos de esta represión. La guerra civil, que siguen deseando, no sería tan execrable, espantosa y destructora si su ferocidad terrible pudiera ser meramente unilateral. Vana Ilusión, desmentida por el magno enjuiciamiento universal de la historia, (...) 

Es de suponer que don Niceto esté espantado de las sangrientas consecuencias de la revolución de Asturias, que inició bárbaramente la izquierda y sofocó brutalmente la derecha. Pero aquello duró poco más de un mes, ya hubo paz en 1934 y luego vino todo el año 1935, y medio año 1936. La tesis que abonan Pío Moa, Jiménez Losantos y César Vidal es que la guerra “la empezaron ellos: los rojos” en octubre de 1934 y desde entonces ya estábamos en ello.

Mi libro defenderá y demostrará que, al menos, en el Barranco de las Cinco Villas  la guerra empieza después del 18 de julio de 1936 y “la empezaron ellos: los fachas”. Parece una tontería tener que demostrar algo tan obvio.

Están bien escritos y ya me ha enganchado su lectura, pero me siguen pareciendo algo sospechosos estos diarios, ya que vienen a aparecer en tan tardía fecha como 2011 y a reforzar con el argumento de autoridad del Presidente Alcalá Zamora los argumentos que estos “nuevos historiadores”  eso de que Los hombres cultos de las izquierdas, (...) la guerra civil que siguen deseando.

O lo que es lo mismo, reivindicando como una buena solución el golpismo de los generales franquistas como respuesta a la guerra revolucionaria que según sus tesis querían para España las izquierdas.  

jueves, 2 de junio de 2011

Todavía más Azaña, (disculpad)



Renace el campo en El Escorial, y el acuerdo retórico de monasterio y paisaje se disipa. Desnudo en invierno, el campo no rebulle; la expresión del monasterio, plana y señera, atiende a corroborar lo que insinúa el contorno. Si el ánimo, penetrado de congojas en el monte, en el valle sumiso, en el húmedo robledo, se vuelve al monasterio, verá cómo las ordena, las clarifica, sacándolas de la maraña selvática del corazón natural, y las departe merced a la experiencia sazonada que lleva en sí el estilo. Quien esté solo, si su soledad le pesa, o barrunte un vivir frustrado o no espere ser más, mitiga el desengaño en midiéndolo por el patrón que brinda el monasterio. Todo en él aspira a ser eterno, y es ya impersonal, diría sobrehumano. No simpatiza, ni recrimina, ni conturba; formula sin ambages una verdad incompatible con la ironía. No es melancólico, aunque sus piedras amarillecen, porque nada echa de menos. Ni reticente, propone un sí o un no, sin medias tintas, a muerte o a vida, jamás un vivir muriendo, lánguido, ni muerte deleitosa o de buen sabor. Extirpa del corazón lo novelesco, de la paz del claustro el prestigio sentimental... Renace el campo; vuelve la Herrería(1) a sonar, a brillar; enciéndense de luz los montes, y el monasterio padece; en la inquietud de la primavera, su rigor se quebranta. 
Manuel Azaña “El jardín del los frailes”


(1)   la Herrería es un sugestivo bosque de robles que hay en El Escorial.

“El Jardín de los Failes” escrito y publicado parcialmente hacia 1920, es el libro de los albores a la vida juvenil de Azaña. Hay mucha espiritualidad. En los caminos de perfección religiosa que nuestro héroe transitaba  en un colegio de agustinos, irrumpieron dos jesuitas que propusieron alturas místicas que el joven Manuel no alcanzó y se sintió, primero indigno, y después descabalgado de aquellos anhelos.

viernes, 27 de mayo de 2011

ZAPATERO

Sigo leyendo a Azaña. Me gustan las reflexiones de los gobernantes en retirada. Ahora tenemos así a Zapatero, que no tiene la talla intelectual de Don Manuel, (ningún gobernante excepto el mítico Alfonso X “El Sabio” la ha tenido). Zapatero además exhibe una buena presencia, como Adolfo Suárez podría haber trabajado de encargado en el Corte Inglés. Los gobernantes guapos no parecen tan listos.
Sin embargo yo vengo a defender al Presidente, que es listo, aunque no hubiera entrado sin el estúpido seguidismo de Aznar a la guerra de Irak. Zapatero no ha cometido ningún fallo que merezca su mala consideración actual. Apostó por la igualdad; tuvimos el primer gobierno paritario, matrimonio homosexual, promoción de la natalidad con un cheque de 3.000 € por nacimiento... Ha sido austero: no ha tenido ningún empeño faraónico, ni parece que existan casos de corrupción en sus gobiernos.

Estoy de acuerdo en que no se apuntara al pánico de la crisis, y que hablara de desaceleración; era su responsabilidad. Tampoco es cierto que no haya reaccionado; impulsó el Plan E para la realización de pequeñas obras públicas municipales que amortiguaran la caída libre de la construcción, aunque eso sólo podía ser coyuntural.
Ha tenido el coraje de bajar el sueldo a los funcionarios y congelar las pensiones más altas. También ha sacado el tabaco de los espacios públicos cerrados, (seguramente en su mandato han dejado de fumar dos o tres millones de personas) con la consiguiente reducción de ingresos por los impuestos para el estado, y el cabreo de estanqueros y taberneros. Eso quita votos, y también el reducir la velocidad máxima a 110 Km/h.

Claro que la democracia es así, el público es ingrato pero es quien debe mandar, y ahora manda a Zapatero y a los socialistas a casa para que venga Rajoy, ocho años más tarde de lo previsto.
El dilema del gobernante es seguir haciendo las reformas necesarias para que la enferma economía española se recupere. Dietas y operaciones que como presidente responsable y vigilado por los “mercados” deberá seguir ejecutando por el bien de nuestro país, aunque ello perjudique y hunda las expectativas de voto de su partido, aunque aumente los odios hacia él y la sensación de ineptitud, que otros propalan.
Sinceramente creo que los españoles trabajarán más a gusto para Rajoy, así que cuanto antes tenga que venir, mejor.

viernes, 20 de mayo de 2011

hoy es un día triste para mí

Pierdo mi trabajo, voy al paro. Puede que sea el parado cinco millones.
Entretanto sigo compadeciéndome del sufrimiento de Manuel Azaña, a la vez que le leo; pero hoy, al venir a mi último día de trabajo encontré una ardilla muerta en la carretera. Fue en el mismo sitio por lo que creo que era la misma que esquivé un día con mi coche. Le dije: (no hablo con la televisión, pero sí con las ardillas que estoy a punto de atropellar) "has tenido suerte, espero que aprendas la lección" la ardilla no me oyó porque yo seguí en el coche y ella alcanzó otro árbol. No creo que me hubiera entendido, a pesar de la fama de listas que tienen. Tengo en una cassete un poema de ardillas leído por Mario Benedetti, el porpio mario Benedetti me parecía una ardilla. Descansen en paz. Sobre todo la ardilla que ha tenido un día peor que yo.
Hoy me voy de este barranco. Entraré a despedir a Francisco que está en una residencia, iré a devolver a Benito los dos volúmenes de las memorias de Azaña que me dejó. Me despediré de mi amigo Javier, espero mantener mucho tiempo su amistad gracias a los medios electrónicos, y lucharé porque la melancolía de hoy sea creativa. Esta mañana, en mi último viaje de ida, he procurado no embelesarme en la gama de verdes perlados por las gotas de rocío; escuchaba por la radio opiniones sobre los acampados de las plazas de España. Creo que deberían pedir también la abolición del fúbol, es el opio del pueblo y llena más plazas que ellos, sin contar los estadios; y los salarios de sus actores son igual de escandalosos que los de los banqueros.
Me parece muy importante problema municipal el de las cacas de los perros. Creo que no se ha tocado (a pesar de que los políticos manejan mucha mierda) en esta campaña para las elecciones municipales y autonómicas. Es, aunque no lo parezca, una cuestión de clase. Los ricos pasean sus perros para que se meen y se caguen en las aceras que usamos los peatones. Los pobres y los peatones no tenemos espacio ni podemos mantener un perro, los ricos sí. Los perros ciudadanos son una forma de humillación interclasista contemporánea, es como el antiguo "derecho de pernada" ahora es el "derecho de perrada". Maldito sea.
Disculpadme el chiste malo; hoy es un día triste para mí.

lunes, 9 de mayo de 2011

Tengo que acabar mi libro sobre la Guerra Civil.


Pero no tengo fuerzas. Hace algunos años que nombré en el ordenador a todos los documentos “2010” porque sería la fecha del alumbramiento. Al volver de las vacaciones veraniegas y de las piscinas de 2010 tenía tiempo, pero decidí lanzarme a escribir para ese concurso literario de Arévalo que gané y que inicia este blog. Con el pretexto de publicarlo inauguré estas páginas públicas; de vez en cuando emergía yo un poco de ellas y hasta me sentía cómodo escribiendo mi libro; pero poco; me cansa, me da pereza. Ahora me siento comprometido con el blog, sé que tengo fijos de España y América; alguno pica, pero hay menos gentes de  países europeos. Hace poco me visitaron de la India. Supongo que un buscador les habrá enviado aquí por algún palo que yo haya tocado.
Una mañana que he tenido libre debería haber escrito, pero me dije a mí mismo que estoy muy gordo de tripa y debería hacer abdominales ¡cualquier cosa con tal de no lanzarme a escribir!
No me resultaron esos ejercicios tan duros como otras veces: primero hice calentamiento con la bici estática, luego hice fexiones, abdominales y lumbares, y después me duché, cosa que siempre me da pereza. Menos que lanzarme a repasar las fotos de manuscritos que están aquí al lado, o las cintas de voces de viejos que tengo que reescuchar, o las correcciones de estilo, y sobre todo, los planteamientos de qué coloco delante de qué, para ser más atractivo al lector.
Ahora he tomado entusiasmo por Azaña; tengo entre mis manos un volumen de memorias políticas de muchas páginas (683) y me espera otro similar que trata de la guerra. No necesito leerlos para mi obra, que es rural y de motivaciones más simples, lejos de la soberbia, la ironía y el conocimiento de este grandísimo político  que menospreciaba a sus colegas. Sólo respetaba a los intelectuales; en 1931 está muy preocupado por lo que piensa José Ortega y Gasset, y por lo que piensa de él, quiere creer que se admiran mutuamente. También respeta a Unamuno que por entonces también era parlamentario quijotesco, y se preocupa de dar un cargo a Valle Inclán, hombre desordenado en lo económico y en lo político, pero muy querido por Azaña.
Recomiendo su lectura de estas memorias, en ellas se ve lo que piensa un político de sí mismo y de todos los que le rodean. Son tremendamente reveladores sus temores y calrividencias, más cuando se sabe lo que ocurrió después.
Me apasiona  lectura, a ver si la acabo y no tropiezo con nada que me distraiga de mi misión. Porque hacer abdominales no es algo que pueda conseguir entretenerme mucho tiempo. Es muy duro. Ojalá por lo menos adelgace.

martes, 26 de abril de 2011

Manuel Azaña

  Nunca hasta hace un par de días había leído conscientemente su obra. ¡Y qué consciencia! su imagen  soportaba en mí los años de caricatura: un hombre gordo y con gafas y una verruga, un mal perdedor pintado de rojo, un fantoche entregado a los soviéticos. Pero no ignoraba que el presidente de la República ocultaba a un intelectual. Sabía que escribió alguna obra teatral, también algo de crítica literaria, que su cuñado Cipriano Rivas Cherif estaba muy cercano a Lorca, pero su imagen política era tan denostada que me impregnaba la maledicencia.
El franquismo eliminó por malsonante el nombre de un pueblo de Toledo llamado Azaña, para cambiarlo por Numancia de la Sagra. (En esos primeros años del franquismo, cambiaron de nombre por ejemplo a uno de los pueblos relacionados con  Lorca, que se llamaba Asquerosa, por Valderrubio, a dos pueblos de Ávila llamados Escarabajosa y Grajos los sustituyeron por Santa María del Tiétar y San Juan del Olmo). El franquismo también añadió por ejemplo el nombre de uno de sus generalazos -Yagüe-  a un pueblo soriano llamado San Leonardo. A otro pueblo de Valladolid le hicieron llamarse Quintanilla de Onésimo por el fundador de las JONS Onésimo Redondo, [que por cierto aún se llama así] y muchas personas siempre dirán el Ferrol del Caudillo.
Me estoy perdiendo; los vencedores hicieron malsonar “Azaña” como escarabajos o grajos asquerosos. Es muy injusto y si yo fuera de aquella localidad reivindicaría su antiguo nombre.

Pero yo quiero reivindicar a Manuel Azaña Díaz. El pasado día 23 compré un libro de la Editorial Crítica de Manuel Azaña “Causas de la guerra de España” y estoy disfrutando su lucidez, su perspectiva, su análisis, su prosa. Son artículos que escribió en 1939 en Francia, ya derrotado:
Habría que escudriñar lo que el carácter español, su energía explosiva, pone de violencia peculiar en todos los negocios de la vida. Y con qué facilidad el español sacrifica en público sus intereses más caros a arrebatos del amor propio.(…) Esta disposición trágica del alma española, inmolada en su propio fuego, produjo ya en nuestro pueblo, mutilaciones memorables, que tienen más de un rasgo común con el resultado inmediato de la guerra civil.
Sobre el anarquismo egoísta que le explotó en las manos:
El gobierno republicano dio armas al pueblo para defender los accesos a la capital. Se repartieron algunos miles de fusiles. Pero en Madrid mismo, y sobre todo en Barcelona Valencia y otros puntos, las masas asaltaron los cuarteles y se llevaron las armas. En Barcelona ocuparon todos los establecimientos militares. El material, ya escaso, desapareció. Quemaron los registros de movilización, quemaron las monturas. En Valencia, los caballos de un regimiento de Caballería fueron vendidos a los gitanos a razón de cinco o diez pesetas cada caballo(1). Al comienzo de una guerra que se anunciaba terrible, las masas alucinadas destruían los últimos restos de la máquina militar, que iba a hacer tanta falta.

Copiaría mucho más. Después de leer a tantos Hugh Thomas, Jasckson, Preston, Gibson... buscando esa distancia ecuanimidad y rigor, se encuentra uno que el que mejor lo explica es el más enfangado protagonista, deprimido y al borde de la muerte al acabar la contienda. ¡Qué gran pérdida!

(1) esto mismo me contó que hicieron algunos milicianos de Cuevas del Valle: robaron los ganados que pastaban en la sierra y los bajaron a vender a Talavera de la Reina. Ahora lo doy más crédito.