En las últimas semanas he estado de dentista. En este blog fueron reflejados hace diez años los inolvidables implantes, las curas, el intento de endodoncia y la extracción que acabó tan mal y con tantos antibióticos y hondísimos dolores. Lo de ahora no ha sido para tanto, pero es otro "viaje" interesante para mi vida.
Día primero: recientemente he vuelto para que me restauraran los dientes más visibles pues se me están desgastando, debilitando y cayéndose a cachitos, con lo que peligraba mi autoestima proyectada en forma de sonrisa, que es de lo que más me gusta de lo que me legó mi padre.
Quien algo quiere algo le cuesta, y no recordaba cuántos pensamientos se cruzan por la cabeza arando mis circunvoluciones cerebrales cuando estoy ahí con la boca abierta oyendo el silbido del torno mientras cae un poco de agua por una pinza, y mi lengua hace lo posible por no estorbar. Creo que soy el paciente más dócil; un paciente al cuadrado o al cubo, un paciente que se contiene, que cierra los ojos que se concentra en respirar por la nariz, y que se dejaría meter un rinoceronte o una mesa camilla por la boca, porque en esos momentos estoy completamente vendido a lo que la dentista quiera hacer conmigo.
Mi sordera, mayor a la de hace una década, es bendita: es decir que soy menos sensible a las frecuencias agudas con lo que el silbidito del torno lo oigo con sordina, a cambio de ese beneficio no entiendo casi nada de lo que dicen los dentistas, que tienen siempre mascarillas enfundadas para peor entenderlos, con el añadido de que no les conocería se les viera por la calle. Procuro pensar en otras cosas, fantaseo como para querer dormirme, pura evasión, creo que a veces pienso alguna "idea genial" que sí se me ocurren cuando estoy así, con las piernas un poco cruzadas y agarrándome las manos, pero al no apuntarlas y querer al final salir de allí lo más indemne posible olvidando todo lo malo; los miedos y el dolor.
Fueron cinco empastes en total: quinientos diez euros costó el primer día y creo que lo vale mi sonrisa restaurada. Tengo ganas de enseñársela a mi madre, que es quien más me quiere en el mundo, aparte del espejo, con el que últimamente no terminaba de sincerarme.
Quedó pendiente para un segundo día un empaste de muela que se había quebrado y mi lengua tropezaba por esa discontinuidad rasposa recordando a mi sabio -por malas experiencias- cerebro, que podría invadirme una oscura caries: preludio de dolor y despojo, si no se tapaba pronto. En esa sesión me advirtieron de que podrían ponerme una anestesia o no; rechacé la droga y sus consecuencias de tener dormida parte de la cara un montón de horas, y terminar mordiéndome la drogada cara interna de mi boca. Tuve que concentrarme en aguantar como un hombre: llegaron cerca del nervio, lo presentía, y me dolió y luché para aguantarlo, pero todo acaba, mi consuelo y mi conocimiento es que todo acaba. La sesión acabó pagando otros ochenta y cinco y comprobando lingüísticamente que el hueco había sido rellenado.
Lo malo es que la dentista me recomendó una "limpieza" además de un mantenimiento de los costosos implantes de hace una década. Volví ese día con la tristeza a casa de no haber acabado, de no haber sido absuelto de ese sillón abatible donde tanto sufro a causa de pretéritas desidias. De lo que estoy seguro, caso de volver a nacer, es que de los utensilios más baratos y útiles del mundo son los periódicos cepillos de dientes y sus tubos de pasta, empleados con la constancia inteligente tres o cuatro veces al día. El hacerse un implante, que viene a ser agarrar un tornillo al hueso y, una vez curado el enganche, encargar una muela de porcelana que se fija con una tuerca etc, lo cual conlleva un mantenimiento (palabra muy de moda en España por lo que ha pues su falta ha causado un terrible accidente ferroviario y muchos temores de que se pueda repetir) Yo llevaba desde antes del covid sin pasar este tipo de revisiones y no me quedaba más remedio que comparecer en esa sala blanca.
No tenía memoria de la brutalidad de la "limpieza" ahí si que deposita uno toda la confianza, pensé en el final de la segunda guerra mundial en Berlín, qué destrozos de la artillería soviética que caían sobre las ruinas de la ciudad ya bombardeada con saña por los aliados occidentales, se me hizo larguísimo, después el dentista acometió el mantenimiento y lo hizo elogiándome cómo me había limpiado estos años y lo bien que los había encontrado. La operación de este tercer día, que se me había hecho eterna, duró menos de treinta minutos y me costó en la caja ciento ochenta euros.
Soy un tacaño y sabéis que no me importa presumir de ello, pero declaro solemnemente que no estaría dispuesto a pasar por esa media hora aunque me pagaran ciento ochenta euros por hacerlo. Los ricos muy ricos aún no pueden pagar a un criado para que vaya al dentista por ellos, y yo tampoco: en algo existe la igualdad humana, ante el torno del dentista todos somos carne y huesos sensibles y acojonados. Perdón por la última palabra: no la encontré mejor.