Soy un lechuzo. Mi madre me lo dijo alguna vez: me encantan las lechucerías. Supongo que esos animales nocturnos robaron alguna vez alimentos deliciosos y por ello así llamaban en mi pueblo a los que iban furtivamente a comerse aquellos alimentos que se guardaban porque se comían compulsivamente de ricos que estaban. Los lechuzos sabíamos rebuscarlos, el ansia acechaba.
Hay mucha gente que piensa que comer con otra persona es un placer. Yo no. Claro que como con mi mujer, o con mi madre cuando voy a verla, o con la gente que venga a visitarme. Pero confieso que no disfruto lo mismo que haciéndolo solo. Soy un egoísta, cuando exploto los saquitos diminutos de una naranja y paseo ruidosamente el zumo por mi boca es cuando más me gusta. Mi mujer no comprende mi amor por las naranjas y además le molesta el ruido. Porque a mí me gusta hacer ruidos al comer, explotando el paladar (creo que los japoneses no lo consideran de mala educación, pero aquí sí). Mi mujer es más frígida o menos ardiente que yo hacia la comida. Pero aunque encontrara un alma gemela no disfrutaría, porque el "orgasmo" sensorial no sería simultáneo; cuando como yo solo sí lo es.
Una masturbación no es igual, porque necesitas la imagen de otra persona, yo nunca conseguí hacerme una "abstracta", además hay que compaginar el movimiento con el argumento. Comer soy yo y la comida que me excita las papilas gustativas.
Las manzanas reineta de mi huerto, las de piel más áspera y sabor casi efervescente, me las como con una navaja o con un cuchillo que corte muy bien, y lo lamo. Aplasto los trocitos de manzana, me gusta la resonancia y también los llevo a los cielos de mi paladar (en estos momentos estoy segregando saliva solo de pensarlo). Las reinetas me gustan casi más que las naranjas porque dan menos líquido: hay que molerlo y el jugo está más concentrado; es más intenso. Me las como con piel que es lo último que queda de la molienda y la trago porque no desperdiciaría nada de una fruta tan rica.
¡Ah!, el chocolate. Lo compré furtivamente, y así lo consumo a escondidas de mi mujer, después de la siesta, me mancho todos los dientes y lo doy igualmente vueltas por toda mi boca, pasándolo por el cielo para darlo lengüetazos y pensar que caen como estalactitas, luego como pan, y por último, varios minutos después, agua fresca.
Ahora llevo dos semanas sin comer chocolate. Paso por los sitios donde lo guardaba y los miro de reojo.
El día que un médico me diga que me quedan pocos meses de vida me compraré las tabletas de cien en cien, o de doscientas en doscientas. Parece que estoy deseando que esto algún día suceda, para gozar sin tasa hasta la muerte.



































