Comienzo este libro leyendo unas alucinantes imágenes de la adolescencia. La escena inicial del protagonista, un católico que tiene pavor a confesarse por algún pecado gordo que tiene, y huye, y además sabemos tiene una pistola que su padre guarda, (las pistolas siempre me recuerdan a aquel niño de un cuento de Hichcook para televisión) y piensa en disparar a algo, incluso a sí mismo, y está obsesionado por el sexo y por el infierno y por los misterios de sus padres. Y yo, alentado, vuelvo a mi adolescencia y pienso en todas las chicas raras que conocí y todos los chicos locos que había, y todas las confusiones que teníamos.
La adolescencia está llena de anhelos, miedos y de testosterona. La mía lo estuvo a pesar de ser un chico bueno, de buena fama, y obediente a mis padres. La literatura bucea y ayuda a reconocer aquellos síntomas propios de aquella enfermedad, porque uno se para a interpretar las imágenes y entonces, por simpatía, le brotan las suyas.
Ahora, con 62 años, pienso en dónde estarán todas las gentes que conocí, cuántos habrán muerto de cáncer o de suicidio, o de accidente de coche, o de heroína. Cuántos serán muy gordos o muy flacos, o se habrán descubierto homosexuales o lesbianas en estos cuarenta y tantos años.
La vida se va, entonces teníamos todo el tiempo del mundo y nos aburríamos como monos en una jaula. Uno comienza a fumar por aburrimiento, o a seguir a un club de fútbol por ser de una tribu, o a seguir una moda de corte de pelo. Ser punk era ser "basura" y la gente tomaba ese concepto en la adolescencia mía. Hay mucha gente que se suicidó sin saber por qué, o aproximadamente como el resto de las cosas que se hacían y siguen haciendo.
Nos gustaba todo lo raro, hacíamos dibujos extraños en nuestras carpetas, en nuestros cuadernos y libros. Ahí aparecen en lo que conservamos. Hoy los adolescentes se tatúan, que es peor, y también siguen suicidándose.
Parece una tontería lo que voy a escribir: "la vida es lo que permanece mientras estamos vivos". Y añado que cuando más vivos estamos es en la adolescencia, que todo nos estalla y todo lo cuestionamos. Cuando somos viejos nos hacemos conservadores de la vida, descubrimos el colesterol, el páncreas, los vértigos, la artrosis. La mecánica del cuerpo y sus repuestos. El único repuesto es la paternidad, y después, de reojo, la abuelidad.
La adolescencia también está llena de vocaciones que aparecen: la religión, la política, la música, la literatura. Seguramente yo no escribiría aquí de no haber sido, o todavía ser, un adolescente.
De lo que tengo más claro es que un adolescente no tiene que tener acceso a una pistola.
Inevitable recordar al asesino de John Lennon, el rey de los adolescentes que murió acribillado antes de cumplir los cuarenta años por un nombre de un muchacho que no olvidamos Mark David Chapman. Deberían hacer como con Eróstato, el que incendió el templo de Artemisa, que se proscribió su nombre, porque seguramente lo que quería el vándalo es que se le recordara, como lo estoy haciendo yo, como el asesino Chapman, adolescente con una máquina de matar.







