Descubrirme es gratis, y redescubrirme también. Algunas personas lo hacen de vez en cuando y yo les copio con complacencia. Llevo más de dieciséis años escribiendo, publicando, solo hace un par de años que decidí hacerlo todos los días, observando la fidelidad de algunas nacionalidades que me leen puntualmente, todos los días; no sé si todo lo que escribo, porque algunas veces dirán, "esté tío... qué pesado es".
Porque todos nos repetimos, y solo se dan cuenta los demás. Los que nos miran andar saben mejor que nosotros cómo es nuestra figura andante y lo saben de lejos.
Acabo de releer lo que escribí de Pablo Iglesias en mayo de 2014. Doce años después me asombra mi clarividencia, mi penetración. No parezco yo. También he leído que "Todo estaba en el Quijote", que escribí cuando Facebook compró Watsapp (hasta 2023 no nos hicimos mi mujer y yo de ese servicio: ahí no fui tan clarividente, -o sí-)
Me gusto, tengo autoestima, tuve una buena crianza, viví en un sitio rodeado de hermosura: a 1.100 metros de altura; como había muy poca iluminación abría la puerta de mi casa en verano y veía un millón de estrellas clavadas en mí. Mis padres me quisieron, tuve mucha facilidad para hacer amigos, y para preguntar y escuchar a los viejos. Por eso me gusto, me salvo, levito. Tengo una obra detrás de mí y hay gente que se pone a leerla toda, o mucha parte de ella: lo "monitorizo" en el apartado de estadísticas.
No pude llegar a más que a dos premios remunerados, el primero de los cuales originó este blog que es de lejísimos mi mejor obra.
Ya no sé ni cuántos árboles he plantado en mi huerto, y sigo plantando manzanos reinetos de semillas que saco del corazón de las más dulces que recolecto: eso es porque confío en mi futuro.
En una jardinera de mi terraza trasplanté los arbolitos que hice germinar de las manzanas reineta que me comí el año pasado. Al fondo está mi famoso huerto.
















































