Soy diabético de pastillas; hasta ahora he evitado tener que pincharme insulina. No debería probar el chocolate; seguro que es veneno para mi páncreas. Podría acabar quedándome ciego, podrían tener que cortarme un pie. Compré un día un libro sobre el pie diabético, las fotos son horribles, a veces me castigo viéndolas.
Mi mujer quiere tener algo de dulce, ella es golosa e inmune a los malos datos en controles de glucemia. Y dice que necesita esa energía porque está estudiando para ascender en su trabajo. Su insolidaridad me origina tentación.
Cuando más lo necesito es después de una pequeña siesta.
Me levanto y lo busco, tomo un trozo de pan, lo aplasto con las muelas y dejo que la saliva lo inunde y llegue al cielo del paladar; entonces como pan mucho pan que se impregna y soy feliz cerebralmente. Sé todo lo mal que me hago, y sin embargo no puedo evitarlo, el placer me domina. Acabo de hacerlo y cinco minutos después la lengua sigue explorando y limpiando con ayuda de la saliva toda aquella sucia explosión de dulzura.
Y me pregunto qué tiene esto que ver con el universo, con la vida prolongada hasta los cien años, con la cultura de los dos mil libros y mil películas que soy propietario y que adquirí para leer y para releer, para saber e inundar mi cerebro de conocimiento. Lo tiro todo por cinco minutos: mi estúpido cerebro que teóricamente me gobierna, prefiere chocolate, para disfrutar de ese sabor irracional, contrario a la prolongación de mi vida y a los conocimientos que pueda conseguir por ello.
Soy adicto si sé que lo tengo en casa.
Puedo decidir no comprarlo como me pasó cuando dejé de fumar.
Hace unos meses leí que había subido el precio del cacao. Me alegré porque eso quizá me retuviera. Creo que algunos fumadores se alegran algunos minutos de que les suban el tabaco. Pero no lo consiguen, como yo. Pago el chocolate más caro. Eso no sirve con ninguna droga.
Perdonad si mi confesión os ha incitado. Todavía mi lengua flota en la saliva limpiadora.
Dentro de unos minutos iré a tomar un buen trago de agua fresca, que viene de molde para completar el festín.







































