Los que seguís mis viajes sabéis que hago muchas fotos de interiores, de cuadros, incluso, disimuladamente, de gente que pasa por la calle y que llama mi atención. En este viaje estuve a punto de tener un disgusto con unos presuntos "camellos" magrebíes cerca de una estación de trenes. No les trataba de fotografiar a ellos sino a una estatua de un rinoceronte y a una pareja africana que estaba sentada bajo ella. Quizá vieron que no fotografiaba por fotografiar, sino que buscaba "algo".
Seguiré haciéndolo con la misma intención que lo expongo. Desde mi punto de vista con las fotos que os he mostrado nadie puede sentirse mal, quizá si un majadero que se bajó los pantalones y me enseñó el culo, pero lo hizo con toda su conciencia de estarme "vacilando". Reflejé una situación, una pequeña aventura o vivencia. En todas las demás la gente ha salido bien a mi juicio.
La idea que me lanzó a escribir hoy es el orgullo que siento porque en el Museo del Prado se tenga un respeto religioso por la pintura y no permitan hacer selfis, ni siquiera fotos. Te lo advierten y seguramente la parte principal del trabajo de los cuidadores de cada sala es impedir la foto y recordar la norma. De esta manera todos los visitantes no tenemos más remedio que admirar el cuadro con los ojos, y nadie está haciendo escorzos ni cosas extrañas que perturben la atención. Así se disfruta más la pura pintura, la última vez que estuve me ratifiqué en la bondad de la prohibición, aunque, por supuesto, si me hubieran dejado, como me dejan en casi todos los demás sitios, habría hecho fotos, no solo de cuadros sino de gente mirando cuadros. Pero también habría estado menos pendiente de la pintura, de esa intimidad con la obra del artista sin egoístas máquinas de capturar imágenes que llevamos en la mano.
A lo mejor el Museo lo hace para garantizarse la explotación de las imágenes vendiendo libros o posters de las obras, (que lo hacen), pero yo quiero pensar que es una forma de educar, de sacralizar las obras de arte no como objetos de apropiación sino como objetos de culto y admiración. Los españoles desde hace una semana somos admirados en el mundo por el concepto y la ejecución de fútbol de la selección de De La Fuente: conservando pacientemente el balón todo lo posible y presionando como un solo hombre, sin figurones, y casi sin faltas. ¡Somos la envidia del mundo!
En el dos mil catorce pude ver la de tonterías que hace la gente en los Museos Vaticanos, y en el quince vi lo mismo en el Louvre o en el Orsay. Entonces no todo el mundo tenía un teléfono móvil que hiciera fotos, y a poca gente se le ocurriría hacer un video comentando para su público donde está y "mira aquí" el Laoconte o los frescos de Rafael. Hoy todo el mundo tiene aparato y gigas de memoria para hacer lo que le dé la gana.
Recientemente me asustaron en un telediario al decir que el Museo del Prado iba a permitir selfis. Menos mal que recordaron que era llevarse un recuerdo de ellos con la obra del museo que eligieran, pero no se haría de cualquier manera sino con una máquina del museo que les permitiera fotografiarse y que su obra favorita saliera de fondo. Algo así como lo que practiqué yo en el castillo de Amboise con la "tablet" que nos prestaron con la entrada que permitía este tipo de jueguecito. Lamento no poderos mostrar la foto artificial que me hice, porque la he perdido.
Por cierto en la Capilla Sixtina tampoco permiten hacer fotos, lo cual la iguala en santidad al Museo del Prado.
Aunque yo seguiré, respetuosamente, con tremendo cuidado, recogiendo todas las imágenes que no me prohiban, para vosotros y, sobre todo, para mí.















































