Mi padre tenía un perro, aunque no lo necesitaba para cazar como mi vecino Pichi, ni para controlar el rebaño como mi tío Fermín. Le gustaba que le acompañara a la cantera, adonde iba andando; y también para los domingos, cuando en lugar de ir a misa se marchaba a dar un paseo largo por el campo, a ver cómo iban las tierras.
Los gatos en mi pueblo se tenían con el pretexto de cazar ratones. Tanto perros como gatos se alimentaban de las sobras de la comida y de lo que pudieran sacar de por ahí, de buscarse la vida: por supuesto que estaban flacos. No tenían problemas de obesidad, ni de espalda, ni siquiera cáncer y si lo tenían, se morían y ya estaba. No había veterinarios para gatos.
Como se reproducían naturalmente no era difícil encontrar repuestos.
Los animales no eran personas, como ahora.
A un perro se le relaciona icónicamente su felicidad con un hueso, y a un gato con una raspa de sardina. Hoy no, tienen su propio pienso, sus "chuches", sus patés, sus visitas al veterinario, sus medicinas. Mi madre tiene un gato así; nunca habíamos tenido, vino muy bien para las carencias afectivas de mis padres cuando se les hizo grande la nieta, y después, mucho más, cuando mi madre se quedó sola.
Yo no tengo mascotas. No voy a despreciar a quienes las tienen para rellenar carencias afectivas, porque son para eso: son "alguien" dependiente que te quiere incondicionalmente, y este país está lleno de gente con fallas afectivas, y de solitarios. No nos hemos reproducido como debíamos, la paternidad es un gran compromiso y no siempre sale bien. Pero hay déficit de compañía y se usa a estos seres. (Tengo que añadir que este blog es un poco mi mascota también.)
Mi hermano tenía un perro de aguas, lo heredó de su mujer que lo había adquirido porque mi hermano es camionero y pasaba mucho tiempo sola. Cuando se casaron tan jóvenes todo el mundo pensó que venían "de penalti"; luego no se atrevieron a tener hijos, quedó el perro, del que mi hermano enviudó de mascota después de estar separado de aquella mujer.
Me llamó para consultarme sobre si debía pagar la inyección letal que le recomendaba el veterinario, tal era su temor a la muerte del bicho. Le acompañamos a que lo enterrara en cal viva en el corral de nuestra casa del pueblo. Pareció un entierro solemne.
Hay muchas viudas que no se casan más.
También un cuñado soltero enviudó de su perro y tampoco ha querido más.
La vida en el siglo XXI es más triste de lo que parece.
































