miércoles, 15 de julio de 2020

Soberbia.

Iba a poner de título soberbia humana, pero no hay más soberbia que la nuestra. Todos los animales tienen miedo a la naturaleza en general, ya sea la climatología o los depredadores. La humanidad  como que estaba muy crecida de soberbia y me temo que seguirá recreciendo en breve porque la memoria tampoco es nuestra principal virtud.
Me he acordado que hace como 10 años un solo volcán islandés entró en erupción y sus cenizas paralizaron la circulación aérea en el Altlántico Norte unos cuantos días. Fue muy grave pero enseguida nos olvidamos.


En los primeros meses del presente caso hubo gente que pensó que esto del coronavirus era cosa de chinos, bajitos, humildes y lejanos, pero no: era una reacción de la naturaleza darwiniana: mutaciones de nuevos bichos que se obstinan en permanecer, reproduciéndose y colonizando el mundo, como se ha visto.

Nosotros como humanidad desde siempre inventamos un todopoderoso que nos podía castigar físicamente en cualquier momento; habrá cientos pero dejo el ejemplo de las plagas de Egipto.  En 2020 todavía no habíamos dominado la naturaleza por mucho que nos creyéramos.

Mi abuela María decía "anda con dios" los musulmanes parece que siempre andan en la boca con la coletilla de "si dios lo permite". Es el miedo y la humildad revestido de religión.

La prudencia, "de los escarmentados nacen los avisados" es bastante menos fértil en nuestra forma de ser actual que la soberbia.

Creo que no aprenderemos, pero lo del cambio climático es serio y lo peor es que viene de largo. No vamos a poder con él y seguramente nos va a aplastar. Lo mismo pasa con el abuso de antibióticos, que las bacterias se hacen resistentes a ellos, parecido que con el abuso de pesticidas: que matamos a los bichos buenos también y causamos mayores desequilibrios.

Una lección como la del coronavirus tendría que sernos útil para volver a los derroteros de la humildad y la prudencia. Pero sucederá lo contrario, si lo derrotamos nos creeremos más invencibles, a pesar de todo lo que se va a quedar por el camino.


domingo, 12 de julio de 2020

Yo creo más en el Mercadona que en el gobierno.

Está mal hacer publicidad, sobre todo cuando no la pagan. Pero creo que debía escribir un nombre, no hacer una perífrasis para incluir a todos los supermercados que nos han surtido estos meses, además sin subir los precios (al menos ha sido así donde vivo).
Hay un establecimiento de esta cadena en Béjar y desde un principio fueron muy escrupulosos con la distancia y los guantes, incluso marcando espacios de aparcamiento de los carros dentro del pasillo principal para que la gente no se acercara. Hasta pusieron un segurata contratado que regulaba el acceso y obligaba a todo el mundo a echarse el gel y ponerse los guantes.
Hace tiempo que lo han quitado, pero justo ahora que el gobierno y sus medios solo hacen que asustar con los rebrotes, esta empresa, que es de quien yo me fío más, ha decidido que ya no son obligatorios los guantes, salvo para coger fruta (como siempre). Tampoco es que sean pioneros en abandonar esta imposición; hace un mes ya lo hacía el Carrefour.
Estas grandes empresas habrán echado cuentas, sin duda tienen datos sobre contagios entre sus trabajadores o entre sus clientes, o entre sus proveedores y ahora parece que un cartón o una lata no contagia y dan el paso de dejar de obligar. (Aunque los guantes siguen disponibles para quien los quiera).

Si en estos meses viéramos las bobadas que han dicho los gobiernos y toda la gente a quienes han descuidado y sobrecuidado, sin ningún estudio o criterio claro, según viniera el viento o conviniera para seguir cerrando.

Es verdad que no es lo mismo gobernar un país que una empresa, pero en un caso se vé sabiduría y criterio para gastar el dinero, con rapidez y responsabilidad y en el otro, no estoy nada satisfecho ya lo sabéis, aunque reconozco que ahora está habiendo gobiernos peores que el nuestro.

sábado, 11 de julio de 2020

El fin de la monarquía y las BBCés

En algún momento he escrito que yo no necesito rey por bueno que sea éste, que me parece que lo es.

Los reyes son ideales para las ceremonias, inauguraciones, discursos institucionales, acontecimientos familiares y prensa del corazón. Las bebecés: bodas bautizos y comuniones, son las pompas cotidianas de la gente de a pie y es de lo que viven muchos artistas y artesanos.
Nada de eso es necesario, ni lo chico ni lo grande, y la pandemia actual lo cuestiona seriamente, si es que no va a acabar con ello al perderse la costumbre.
El rey inaugurador está en crisis, no puede reunir público, hay más miedo que ilusión.
Pero el rey árbitro, ese que tiene un prestigio por su prudencia, por su sabiduría (o sabio asesoramiento) está cuestionado por su papá y la afición a las putas caras y a la satrapía decadente y tiránica de pasar el cazo.

Porque no lo olvidemos: Felipe VI es un hijo de papá. En la parte del palacio que él use nunca ha habido ropa sucia, nunca se ha quemado una sartén, ni ha entrado un bicho en una fruta. Nunca ha estado solo sin que nadie le echara una mano, ni se ha puesto en guardia al cruzar una calle oscura, ni ha tenido que cambiar una rueda pinchada de su coche, ni le han robado...
Pero su padre, el artífice de la transición, ese hombre que hizo que muchos republicanos se declararan juancarlistas, le ha estafado, le ha pinchado la rueda del coche, le ha metido gusanos en las manzanas, y hasta huele a ropa sucia en la Zarzuela.

Este no es un buen momento para el cambio, nunca lo va a ser: la crisis catalana, la crisis económica consecuencia del coronavirus, quizá sea oportuno, aprovechado la crisis ceremonial para salir de esta inercia histórica.

Sí, estoy de acuerdo el rey Felipe es un hombre muy preparado y podría haber sido muy útil; pero hay tanta gente desperdiciada por ahí, en trabajos que no merecería y aún sin trabajo... solo sería uno más.

jueves, 9 de julio de 2020

¿Rebrote o realidad?

Personas hay por ahí escribiendo que a partir de ahora llegará el teletrabajo y desde el ordenador de nuestra casa conseguiremos la magia de que todo venga a nuestras manos.
Vale para los funcionarios que no ven la cara de la gente a quienes hacen funcionar, pero muchos tenemos que perseguir a la gente, incluso convencerla, pues son personas reales, tienen puertas timbres, caras... También valdrá para algunos enseñantes que se creen que enviando ejercicios o encargando trabajos a sus alumnos enseñan, pero nadie va a pagar por eso porque además no tiene el mismo valor y nunca van a ser mejores que Jaime Altozano, que solo hay uno y es tan listo como salao.

No hay peligro de coronavirus así, ni de accidentes de trabajo in itinere  pero la vida real es otra cosa.

Cierto es que no nos ha faltado de nada en los supermercados, hasta papel higiénico y mascarillas hay ahora de sobra, pero eso no se hace teletrabajando.

Pero no se pueden bajar frutas de un árbol dándole al "intro"; han de ir a las tierras leridanas, y lo suelen hacer unos negros o marroquíes y subirse a escaleras para bajar las peras del árbol y los llevan a las fincas apiñados en camionetas, y  estos trabajadores han de parar alguna vez del día a la sombra, a beber agua y a comer, y al final de la jornada duermen apiñados a cubierto o diseminados por donde puedan. Al día siguiente otra camioneta les llevará a otra finca, y cuando se acabe la fruta de esa zona, irán a otra. Pero sobre todo mientras trabajan necesitan mucho oxígeno para respirar, y el sudor les corre por la frente. He ahí la magia de las peras que brotan de las cajas de plástico del Mercadona.

Seguramente quienes compran y venden, los encargados de la logística del almacenaje: éstas se guardan, éstas se exportan, éstas se traen de Marruecos o de Israel, o de Italia... esos... ganan más y pueden teletrabajar y no se cogen covid por necesidad, como estos
andaluces de Jaén, aceituneros altivos, decidme del alma ¿quién? ¿quién levanta los olivos? 
No los levantó la nada, ni el dinero, ni el señor, sino la tierra callada, el trabajo y el sudor.

Pues eso: que la realidad real es otra cosa.

miércoles, 1 de julio de 2020

Anuncio, (para llamar la atención)

Sospecho que el gobierno habrá detectado que la gente está hasta el gorro de ruedas de prensa coronavíricas, casi siempre decían lo mismo. Ayer vi en algún telediario esta noticia que copio de El País:
"El ministro de Ciencia, Pedro Duque, calcula que dentro de “entre unos 6 y 12 meses” se podría “empezar a aplicar vacunas disponibles para los ciudadanos españoles a través de la UE”, según ha explicado este martes en la rueda de prensa tras el Consejo de Ministros."

Incluso se señaló en la noticia una empresa gallega de veterinaria para producirlas.

Esto no es decir nada que vaya a ser; dentro de seis o doce meses ¿quién se acordará de este anuncio? ¿Alguien pedirá cuentas, caso de que incumpla el "cálculo"?

Se trata de manejar a la opinión pública, de dar estímulos morales o, en otros casos, de asustar con los rebrotes, para que la gente se cuide y no se relaje.

Lo que estoy viendo yo en mis paseos es que la gente menor de 70, en general, ya no tiene miedo. Está consumiendo en las terrazas, habla con distancias peligrosas, con y sin mascarilla. Los adolescentes sobre todo.

Muchos viejos llevan mascarilla en pleno campo.

Así que cada cual se cuida o se descuida según su probabilidad de muerte. El coronavirus da miedo solo a quien puede matar y es difícil manejar esto, sobre todo para un gobierno sin credibilidad, (eso opino yo, que han dicho tantas tonterías...)

Me cae bien el ministro astronauta, pero su anuncio es tan científico como cualquier barrunto que nos dé a cualquiera.

lunes, 22 de junio de 2020

Tarde hemos llegado

Y ahora somos los mismos: con el mismo peligro, el mismo miedo (quien lo tenga), y las mismas temeridades (quienes las tengan también).

Algún momento había que abrir la libertad para ver qué es lo que nos queda de economía, de sociedad, de cultura y de familia.

Pienso sinceramente que de haberlo hecho en abril las cosas sanitariamente habrían cambiado poco, pero la economía no se hubiera muerto tanto.
Reconozco que es una conjetura mía, un pensamiento "a bulto"; creo que mes y medio de penoso encierro es lo suficiente para la lección de prudencia que necesitábamos.
Yo ni siquiera he besado a mi hija, no he dado la mano a nadie, ni tengo pensado dársela ni besar a nadie, hablaré a distancia hasta que esto se me olvide, y procuraré acordarme de lavarme las manos con jabón cada vez que pueda.

Ya hace días en muchos supermercados no me han exigido que me ponga guantes, y no me los he puesto pero sí me he untado con ese producto que ponen a la puerta, porque lo siguen recomendando.

Creo que un infarto económico requiere reanimación pronta, y esto no se ha hecho, con lo que muchas maneras de vivir de mucha gente se han muerto.

Los incendios forestales se pueden apagar o controlar si la respuesta es rápida y mejor si es rapidísima, y también si hay prevención. Aquí en España, y en general, no se ha hecho, pero al tardar en reaccionar los gobiernos, abrumados por su culpa, tuvieron miedo de reabrir.

El sábado di un gran paseo por Salamanca y, viendo lo que vi, tengo mucha más rabia que miedo. Creo que lo mejor es olvidar la rabia y tener solo el justo miedo, por bien de todos.   

viernes, 12 de junio de 2020

Contra la comodidad

La vida solo puede ser valiente. Los toreros, aunque tienen miedo, son valientes, los músicos también, y los tenderos y los taxistas y los camioneros y todos los eros que hacen cosas. Tener un poco de miedo es útil, realista, imprescindible; pero encogerse, esconderse es la mayor y más imprudente temeridad. Los animales lo saben: hay depredadores, peces grandes, mamíferos carnívoros, el frío, el calor, el cansancio, pero hay que salir a comer y a reproducirse, con cautela, pero con valentía.
Claro, para un gobierno es muy cómodo agazaparse. No ha habido ningún atraco de banco, ni de joyerías, los carteristas del metro no pueden aprovecharse de las aglomeraciones, las violaciones se restringen al ámbito familiar, no hay casi accidentes de coche, ni de trabajo...
Pero la sociedad se muere de inanición. Para qué sirve una joyería si no hay lugares públicos donde lucir su mercancía, para qué sirve la ropa, bonita, elegante, planchada si nos quedamos en casa. El maquillaje, los automóviles, los gimnasios. ¿Para qué si nadie va a verte?; y nadie va a ligar con nadie porque no hay nada más letal que un beso en la boca.
Los niños, que rompíamos tanto calzado por jugar y porque nos crecía el pie, que íbamos gastando números de zapatilla.

Toda esta  primavera ha sido un fraude a la vida humana. Solo hubo primavera en el campo.

Pero yo no admiro a los temerarios, a los ignorantes: el peligro existía y sigue existiendo, como  existe de los incendios, pero los incendios se apagan mejor al principio porque al final no tiene sentido más que hacer cortafuegos y dejar que se queme lo que tenga que quemarse. La naturaleza lo restaurará a no ser que la erosión se lleve la tierra fértil.

Ayer leí un viejo documento municipal de marzo que hablaba de "los próximos quince días" de alarma. Yo creo que un mes hubiera bastado para enfriar los contagios, para meter en la cabeza de la gente que hay un peligro nuevo y que es serio, tan serio como para parar al mundo.

Ahora salimos a la calle sabiendo que hay un depredador, debe ser suficiente; cautela sí, pero inculcar el pánico como sistema de vida solo nos conduce a la desolación.

La vida desde el principio fue un riesgo, pasar de la química inorgánica a la orgánica, salir del agua, volar, fue un camino lleno de fallos, pero sigue necesitando un impulso valiente para sobrevivir.