Demasiadas veces a lo largo de la vida uno tiene un disgusto con alguien, una agarrada; o consigo mismo, por ser tonto, buenazo, por haber perdido el control, por hablar de más...
Y se convierte aquel episodio en un pensamiento recurrente, paralizador, secuestrador de creatividad, y del descanso del sueño. Supongo que me habrá sucedido cincuenta veces en mi vida y afortunadamente no me acuerdo de todos. Puedo recordar que cuando quería seguir siendo profesor de instituto y tenía que ir a leer mi examen a Madrid, llamé por teléfono y me dijeron que iban por el número tal, y que calculara que hasta el martes por lo menos no me tocaba leer, y resulta que falló bastante gente y me tocó el lunes a última hora, leyeron mi nombre y me descartaron aunque yo me presenté el martes a primera hora. Creo que hubiera podido cambiar mi vida desde el año 93 y quizá haberme enganchado a esa profesión que tanto me gustó el año que me tocó la interinidad. Esta me escuece más: una vez había muerto un familiar y mi madre tenía que ir al entierro y nos dejó a mi hermana y a mí al cargo de su pollería en el día más importante (viernes) del verano. En el momento de más jaleo una señora a la que había atendido volvió y me dijo que me había dado un billete de cinco mil y le había devuelto solo el cambio de mil, se puso a dar voces, y yo nervioso le di los cuatro billetes que me estafó. Mi hermana me decía con razón que no se los diera. Me escuece mucho recordar aquella escena, y lo hago muchas veces, porque mucha gente que cobra, tiene la buena costumbre de dejar el billete recibido a la vista mientras da la vuelta. Esto es porque ha habido muchos timos y muchos timadores como los que me colocaron a mí.
Lo bueno de recordar estos disgustos es que amortiguan los presentes. La vida es muy larga y también he salido bien parado de muchas maldades o accidentes que pintaban mal. El recuerdo, o la experiencia disipa, amortigua, aminora, da perspectiva.
Hace un momento creí escuchar los pasos de alguien que no quiero que aparezca a buscarme, pero me he dado cuenta de que eran los latidos de mi corazón, que se habrá excitado por la inquietud de la agarrada, y pienso en lo poco que hago caso a ese músculo que está conmigo antes de nacer, trabajando silencioso, bombeando litros y litros de sangre purificada para que llegue a todos los extremos de mi cuerpo, incluido el cerebro que piensa y que a veces se agobia sin darse cuenta que tiene un infalible soldado corazón de más de sesenta y dos años, tan fiel, tan solvente.
Nunca olvidaré que lo primero que vi de mi hija fueron los latidos de su corazoncito. Fue cuando acompañé a mi mujer a una ecografía, quizá con dos meses. Su nacimiento fue emocionante, el día más importante de mi vida que puedo recordar, pero aquel aperitivo en blanco y negro de una cosita que se movía rítmicamente fue el primer regalo de mi paternidad.
¡Qué bonita y qué importante es la vida! aunque nos la roan algunas veces los disgustos.




















































