En la relectura de Cien Años de Soledad encontré esta excitante narración. Será un placer arduo copiarla aquí, y creo -además- que es ilegal hacerlo. No obstante, aparte de que pueda resultar interesante para vosotros leerlo directamente, (o releerlo) necesito exponer toda esta historia para comentar; simplificarla estropearía la conclusión a la que necesito llegar.
Eran las cuatro y media de la tarde, cuando Amaranta Úrsula salió del baño. Aureliano la vio pasar frente a su cuarto, con una bata de pliegues tenues y una toalla enrollada en la cabeza como un turbante. La siguió casi en puntillas, tambaleándose de la borrachera, y entró al dormitorio nupcial en el momento en que ella se abrió la bata y se la volvió a cerrar espantada. Hizo una señal silenciosa hacia el cuarto contiguo, cuya puerta estaba entreabierta, y donde Aureliano sabía que Gastón (1) empezaba a escribir una carta.
(1) Gastón es el marido belga de Amaranta, que ha venido con ella a la casa de los Buendía. Aureliano es pariente indefinido, quizá hermano de Amaranta, en cualquier caso se han criado juntos. La situación que se presenta es excitante porque está el belga al lado, y también impide a Amaranta gritar o revolverse con ruido y violencia para que no se origine una escena violentísima al desvelarse los acosos de su pariente. (esta explicación es mía)
-Vete- dijo sin voz.
Aureliano sonrió, la levantó por la cintura con las dos manos, como una maceta de begonias, y la tiró bocarriba en la cama. De un tirón brutal la despojó de la túnica de baño antes de que ella tuviera tiempo de impedirlo, y se asomó al abismo de su desnudez recién lavada, que no tenía un matiz de la piel, ni una veta de vellos, ni un lugar recóndito que él no hubiera imaginado en las tinieblas de otros cuartos. Amaranta Úrsula se defendía sinceramente, con astucias de hembra sabia, comadrejeando el escurridizo y flexible y fragante cuerpo de comadreja, mientras trataba de destroncarle los riñones con las rodillas y le alacraneaba la cara con las uñas, pero sin que él ni ella emitieran un suspiro que no pudiera confundirse con la respiración de alguien que contemplara el parsimonioso crepúsculo de abril por la ventana abierta. Era una lucha feroz, una batalla a muerte, que sin embargo parecía desprovista de toda violencia, porque estaba hecha de agresiones distorsionadas y evasivas espectrales, lentas, cautelosas, solemnes, de modo que entre una y otras había tiempo para que volvieran a florecer las petunias y Gastón olvidara sus sueños de aeronauta en el cuarto vecino, como si fueran dos amantes enemigos tratando de reconciliarse en el fondo de un estanque diáfano. En el fragor del encarnizado y ceremonioso forcejeo, Amaranta Úrsula comprendió que la meticulosidad de su silencio era tan irracional, que habría podido despertar las sospechas del marido contiguo, mucho más que los estrépitos de guerra que trataban de evitar. Entonces empezó a reír con los labios apretados, sin renunciar a la lucha, pero defendiéndose con mordiscos falsos y descomadrejeando el cuerpo poco a poco, hasta que ambos tuvieron la conciencia de ser al mismo tiempo adversarios y cómplices, y la brega degeneró en un retozo convencional y las agresiones se volvieron caricias. De pronto, casi jugando, como una travesura más, Amaranta Úrsula descuidó la defensa y cuando trato de reaccionar, asustada de lo que ella misma había hecho posible, ya era demasiado tarde. Una conmoción descomunal la inmovilizó en su centro de gravedad, la sembró en su sitio, y su voluntad definitiva fue demolida por la ansiedad irresistible de descubrir que eran los silbos anaranjados y los globos invisibles que la esperaban al otro lado de la muerte. Apenas tuvo tiempo de estirar la mano y buscar a ciegas la toalla, y meterse una mordaza entre los dientes, para que no se le salieran los chillidos de gata que ya le estaban desgarrando las entrañas.
Sin duda es una violación punible hasta casi el final, porque hasta la conmoción descomunal que inmovilizó a Amaranta en su centro de gravedad, y la sembró en su sitio, todo era derecho penal, que se trastocó por esa magia de la introducción del pene: de pronto ella cede y se entrega definitivamente. Después se convertirán en amantes, engañando al rubio europeo que se terminará yendo y ellos concibiendo un hijo.
Esta escena de resistencia femenina con la boca chica "en el fondo lo estás deseando, nena" es el sueño de todos los violadores, que al final su argumento central convencerá contundentemente a la que se resiste. Hay películas clásicas de Hollywood donde algo parecido a esto sucede (sin pornografía), con lo cual es muy posible que sea una fantasía de muchos hombres, entre los cuales yo no me he encontrado nunca. No sé si cuando tuve 16 años esta escena me excitaría; es posible, pero no me llega la memoria a tanto. Ahora, que soy padre de una mujer de 25 años, y con todo lo que ha llovido en las noticias y en las declaraciones políticas ya no es posible que lo lea con complacencia y con excitación.
¿Cuántas violaciones se habrán producido por la lectura de esta escena como guía, o como inspiradora de una manera de "convencer" a base de buenos pichazos, que no sabían ellas que se desplegaría como el mejor de los argumentos?
No solo eso, que las engatusarían para siempre como los ratones de Hamelín con la flauta del flautista.
Yo mismo, hace treinta y tantos años, tuve una seria actuación contra exhibicionista que, después de haberse "promocionado" días antes en la soledad de un garaje, volvía a exhibirse esta vez con una trampa en el motor del coche para que su víctima no pudiera escapar a la realización efectiva de su fantasía.
Estoy persuadido de que las mujeres de ahora, y las de antes también, sienten lógicos reparos frente a escenas como la que narra García Márquez, y que Cien Años es un libro más preferido por los hombres que por las mujeres.
Los que lo habéis leído también recordaréis que eran mujeres mitómanas las que se metían por las noches en la tienda de campaña a que las plantara el gran guerrero Aureliano, para, nueve meses después llevar a los hijos, todos varones, a que los reconociera y bautizara en Macondo Úrsula Iguarán, la madre de este coronel que se levantó 32 veces contra el gobierno y perdió los 32 levantamientos.


































