miércoles, 29 de julio de 2026

El momento más crucial de mi vida

Ayer tomé un álbum de fotos porque echo de menos a mi hija ahora que se aproximan sus veintiséis años. Entonces tenía ocho meses y la hermana de mi mujer y su marido habían aceptado nuestra invitación a venir a Zamora, donde vivíamos. Se mosquearon un poco por el camino porque su niña tuvo colitis y tuvieron que parar el coche al lado de la carretera y cambiarla, no obstante las pusimos juntas para hacerles fotos. Fue una corta jornada, no estoy seguro pero creo que ni siquiera se quedaron a dormir.

        A la izquierda cuñada Raquel y su hija carla, mi hija con chupete, y mi mujer están a la derecha.
 

Nuestra hija pilló una gastroenteritis que hubiera podido ser mortal, en un momento en que devolvía todo y manchaba pañales decidimos urgentemente ir a urgencias. Yo veía que se iba.


Fue la primera vez que nos separábamos de ella, la dejamos en manos de extraños. Lloró desgarradoramente detrás de una pared donde la engancharon un gotero en el bracito, no nos permitieron presenciar las maniobras. 



Ahí salvaron su vida, en el Hospital de La Concha. Hacía unas décadas hubiera muerto, yo vi la muerte en su carita minutos antes de coger el coche con decisión, con la misma que los sanitarios nos la arrancaron de las manos para salvarla.


Verdaderamente la resucitaron, su aspecto vital cambió en un día.


Hubiera sido la tragedia de mi vida, hubiera perdido el humor, seguramente hubiéramos intentado tener otro hijo; no habría sido igual, siempre quedaría ese poso de tristeza y de temor.

Ni siquiera en ese momento negocié con el Dios que me inculcaron de niño. Desde que lo soy, siempre he sido un ateo consecuente, aunque hubiera valido la pena; su vida y la nuestra valen todas las penas que pueda haber. Después brilló (dos o tres días ingresada) e iluminó nuestra vida de alegría, de orgullo, de ternura, de triunfos y satisfacciones,  y de tantos descubrimientos que solo son posibles de la manita de una hija.


Esta foto es de unas semanas después. Está dormida, pero también cada vez que la veo en el álbum, me estremezco porque podría estar amortajada. Me da hasta repelús poner esta foto y relacionarla con aquel suceso; todo sea por la elocuencia de la imagen y la transmisión del sentimiento.

martes, 28 de julio de 2026

Por la Gascuña

 





El gallo, símbolo francés, a sus pies está el soldado desconocido aunque no hay mucho contraste, precisamente lo que se distinguen bien son los pies.


Esta airosa torre octogonal puede que nos incitara a parar al verla desde la carretera.





Al fondo estoy yo. Nos encantan esos pasadizos callejeros.

Otra toma del monumento a los caídos desconocidos

El gran café de primavera


lunes, 27 de julio de 2026

Los pastores

 Hoy 28 de julio mi mujer y yo no podremos salir  a las siete de la mañana a andar los siete kilómetros que necesitamos, y tampoco voy a ir a la piscina. El humo de los incendios anega mi respiración, me agobia. Saldré lo justo para ir al huerto, o para comprar. Se está quemando gravemente la vecina provincia de Ávila.

El verano pasado sucedió lo mismo por el más cercano norte de Cáceres. Este año me pilla avisado y no abriré las ventanas para refrescar la casa y que se me llene de humo. Aunque viene otra "ola de calor".

Antes había muchos pastores en España. En mi pueblo creo que más de cinco rebaños. Se ocupaban de sacar sus ovejas a pastar, a comer pasto. En verano levantaban polvaredas, en mi pueblo se decía polvaneras, sus ovejas y sus cabras, (había un par de cabreros) limpiaban los caminos y comían los rastrojos repasaban las eras, se comían hasta la plaza de toros y el corral de la ermita. A cambio soltaban bolitas de estiércol, pero también daban lana, que valía dinero y solía procesarse y convertirse en prendas de vestir aquí, precisamente done vivo, en Béjar. También se comía mucho más cordero y oveja, que comemos ahora. Seguro que en estos tiempos en mi pueblo hay vegetarianos, y hasta veganos.

Las ovejas y las cabras fueron parte del paisaje muchos milenios, se habla de Viriato, el pastor lusitano, que se rebeló contra Roma. Los pastores fueron, según la tradición, a agasajar el portal de Belén. Hay mucha gente que se apellida Pastor, Cabrera, Cabrero. Hoy no se generaría este apellido, los pastores casi se han extinguido. Era un oficio esclavo, había que ordeñar, o sacar a pastar todo el año, de otra manera habría que gastar mucho dinero en forraje o grano, o piensos, como se hace ahora, pues la mayoría del ganado español está estabulado y come lo que le lleven a sus pesebres.

Mientras tanto el pasto crece y se convierte en pasto de las llamas, que alcanzan los bosques de pinos que tampoco se cortan porque nuestra sociedad no necesita tanta madera. Y toda esa riqueza forestal termina por arder los veranos, con ayuda del cambio climático, pero también generando más cambio climático. Todo el CO2 que rodea mi casa se irá a la atmósfera y tejerá efecto invernadero. La lana que no se teje termina por originar un tejido que nos asfixia más.

Nos apetece mucho que haya naturaleza forestal, alrededor de Madrid; es un paisaje fresco, proporciona oxígeno, sostiene la tierra evitando la erosión, pero es combustible, y si no se limpia o pasta alrededor, es un peligro.

A pesar de los incendios, la masa forestal no cesa de crecer en España. En mi pueblo natal se abandonó la agricultura y está llenándose de encinas. Afortunadamente quedan vacas que pastan en extensivo. Supongo que serán rentables para las pocas familias que las tienen, ojalá sea así para la siguiente generación, porque habrá menos pasto de las llamas. Cuando yo era pequeño nos calentábamos y  cocinábamos con leña y paja, a la lumbre. En todas las casas había una chimenea por la que salía CO2 ordenadamente. Por los caminos había gente andando o en burros, o llevando vacas u ovejas a pastar. Hoy, se ven coches, y también ciclistas de bicicletas de montaña. La gente se calienta con calderas de gasoil o con calefacciones eléctricas. 

La gente se ha ido a vivir a las ciudades, las ciudades no se queman, el hormigón y el ladrillo no es combustible, pero todo lo que está abandonado en los pueblos donde vivían no deja de crecer de acumular carbono que tiene muchas posibilidades de acabar ardiendo.

La vida sostenible era la de antes. Hace tiempo escribí la comodidad nos está jodiendo la vida; sí, yo soy liberal y creo que se debe dejar a la gente hacer lo que quiera, pero la naturaleza, que antes habíamos aprendido a que fuera nuestra aliada, nos acecha como sociedad. Como sociedad debemos valorar aunque sea artificialmente a los pastores, cabreros y vaqueros, y no tanto a la gente que teletrabaja, a los deportistas, a los coach e influencers, a los creadores de juegos de ordenador. Lo más importante para la humanidad es poder respirar y ahora mismo millones de personas en el centro de la península ibérica no podemos hacerlo bien.

Hay que subvencionar el aire del futuro. Es vital.

Sobre selfis y fotos en museos.

Los que seguís mis viajes sabéis que hago muchas fotos de interiores, de cuadros, incluso, disimuladamente, de gente que pasa por la calle y que llama mi atención. En este viaje estuve a punto de tener un disgusto con unos presuntos "camellos" magrebíes cerca de una estación de trenes. No les trataba de fotografiar a ellos sino a una estatua de un rinoceronte y a una pareja africana que estaba sentada bajo ella. Quizá vieron que no fotografiaba por fotografiar, sino que buscaba "algo".

Seguiré haciéndolo con la misma intención que lo expongo. Desde mi punto de vista con las fotos que os he mostrado nadie puede sentirse mal, quizá si un majadero que se bajó los pantalones y me enseñó el culo, pero lo hizo con toda su conciencia de estarme "vacilando". Reflejé una situación, una pequeña aventura o vivencia. En todas las demás la gente ha salido bien a mi juicio.

La idea que me lanzó a escribir hoy es el orgullo que siento porque en el Museo del Prado se tenga un respeto religioso por la pintura y no permitan hacer selfis, ni siquiera fotos. Te lo advierten y seguramente la parte principal del trabajo de los cuidadores de cada sala es impedir la foto y recordar la norma. De esta manera todos los visitantes no tenemos más remedio que admirar el cuadro con los ojos, y nadie está haciendo escorzos ni cosas extrañas que perturben la atención. Así se disfruta más la pura pintura, la última vez que estuve me ratifiqué en la bondad de la prohibición, aunque, por supuesto, si me hubieran dejado, como me dejan en casi todos los demás sitios, habría hecho fotos, no solo de cuadros sino de gente mirando cuadros. Pero también habría estado menos pendiente de la pintura, de esa intimidad con la obra del artista sin egoístas máquinas de capturar imágenes que llevamos en la mano.

A lo mejor el Museo lo hace para garantizarse la explotación de las imágenes vendiendo libros o posters de las obras, (que lo hacen), pero yo quiero pensar que es una forma de educar, de sacralizar las obras de arte no como objetos de apropiación sino como objetos de culto y admiración. Los españoles desde hace una semana somos admirados en el mundo por el concepto y la ejecución de fútbol de la selección de De La Fuente: conservando pacientemente el balón todo lo posible y presionando como un solo hombre, sin figurones, y casi sin faltas. ¡Somos la envidia del mundo!

En el dos mil catorce pude ver la de tonterías que hace la gente en los Museos Vaticanos, y en el quince vi lo mismo en el Louvre o en el Orsay. Entonces no todo el mundo tenía un teléfono móvil que hiciera fotos, y a poca gente se le ocurriría hacer un video comentando para su público donde está y "mira aquí" el Laoconte o los frescos de Rafael. Hoy todo el mundo tiene aparato y gigas de memoria para hacer lo que le dé la gana.

Recientemente me asustaron en un telediario al decir que el Museo del Prado iba a permitir selfis. Menos mal que recordaron que era llevarse un recuerdo de ellos con la obra del museo que eligieran, pero no se haría de cualquier manera sino con una máquina del museo que les permitiera fotografiarse y que su obra favorita saliera de fondo. Algo así como lo que practiqué yo en el castillo de Amboise con la "tablet" que nos prestaron con la entrada que permitía este tipo de jueguecito. Lamento no poderos mostrar la foto artificial que me hice, porque la he perdido.

Por cierto en la Capilla Sixtina tampoco permiten hacer fotos, lo cual la iguala en santidad al Museo del Prado. 

Aunque  yo seguiré, respetuosamente, con tremendo cuidado, recogiendo todas las imágenes que no me prohiban, para vosotros y, sobre todo, para mí. 

domingo, 26 de julio de 2026

Rebañando viaje

 Uno, el último día, quiere terminar pero también aprovechar. En las fiestas mayores de mi juventud pasaba lo mismo, ¿mejor guardar fuerzas para mañana o seguir intentando por si sucedía algo a ultimísima hora?. Supongo que al final de la vida pasará también así, sacaremos fuerzas de flaqueza a ver si cristaliza alguna ilusión (mi madre lo hace; aunque diga tantas veces eso de "señor, llévame pronto"). Pues en un viaje como éste, de tantos kilómetros, había que seguir aprovechando las bellezas y curiosidades que pudieran surgir. No desperdiciar la distancia. Seguir vivos.

Sé que también viajo para vosotros, para contarlo. No quiero riesgos para mí, pero tampoco puedo dejar de puntuar, para ganar a los puntos, como los boxeadores; como los que discuten de política, colocar una sensación, un argumento; nadando y guardando la ropa.

Francia es un país agrícola y también ganadero, esto parece una fábrica de piensos o de aceites



Creo que ya puse este monumento al soldado "bleu" de la primera guerra mundial

No sé si hemos entrado ya en la Gascuña, que en Los Tres Mosqueteros y en la persona de D'Artagnan representa lo rústico, lo sólidamente rural, lo "paleto"; sin la clase de los parisinos que son los mosqueteros. Sirva esta arquitectura como expresión de esa idea.

La cubierta de los mercados.
Una extraña construcción arriba parece que rematada con adobe,.
Rematada por la bandera francesa.



voitures, Francia rebosa de ellas.

sábado, 25 de julio de 2026

Mi primer beso

 



Hoy es el día de Santiago (25 de agosto) y estoy leyendo la novela del premio nobel islandés Halldor K. Lakness La base atómica. Cuenta en primera persona la historia de una chica joven de pueblo que va a servir de criada a la capital.

Vivía en mí una vida especial que apenas podía controlar aunque la llamara mía. Si me besaban o no, la boca de un hombre es un beso o al menos la mitad de un beso.

Todos los días de Santiago suele venirme a la memoria que esa noche de 1983 encontré la primera mitad de mi beso. Se me ofreció más bien ella, girándose hacia mí con los labios apretados. Por supuesto, no era su primera vez. Fui muy torpe; luego cuando cogí confianza y me enseñó a besar, se rió de mí imitando lo que hice en ese primer beso. Yo quería meter la lengua porque lo había oído. Para mí, ya con experiencia, los besos ricos son solo de labios, en los que termina por circular una corriente de electricidad de manso voltaje.

Fue la primera vez que besaba a alguien no para saludar, recibir o despedir; era puro placer verdadero, ilícito, vicioso, adictivo. Los besos no se cuentan, afortunadamente cuando una chica se quiere dejar besar hay una generosidad compartida por encima de los números. Al día siguiente pude besar sus pechos desnudos, a discreción, me pareció increíble que me despachara ese banquete simplemente quitándose el sujetador. Fue, como aquel primer mítico beso, un avance inesperado, un regalo que tampoco me atreví a sospechar. El Capitán Trueno no llegó nunca a besar los pechos de su Sigrid: eran novios y todavía tenían que dormir en tiendas o en camarotes separados.


Pero no voy a ser pornográfico, ella, un amor de verano que había aparecido en mi vida esa misma tarde, tenía en su boca la mitad del beso que a mí me hacía tanta falta a mis dieciocho años. Me proporcionó la autoestima, la realización, la convalidación de mi hombría: podía ser un hombre querido. Aunque luego he sabido que había varias chicas enamoradas de mí, eran un poco más jovencitas y de mi pueblo; otra categoría menos apreciable, no como esta aparecida que llegó de la comunidad valenciana y tenía casi mi edad.

Por supuesto que me enamoré de ella. Por mucho menos me hubiera enamorado de cualquiera, porque era y quizá todavía soy enamoradizo (aunque no ejerciente, solo para la fantasía).

Me gustan las mujeres, sus curvas, sus sonrisas, sus labios cargados de la mitad de un beso.


POSDATA. No me había dado cuenta de que también fue la noche de Santiago y casi sin compromiso, le pasó a Lorca, o fantaseó que le pasaba en su celebérrimo Romance de la casada infiel.


viernes, 24 de julio de 2026

Aproximándonos

 


Estaba abierto el lugar de paso

Encontramos un hipódromo de carritos donde había gente entrenando. Nunca nuestros ojos vieron semejante deporte en vivo. (Dudo que se practique en España, aunque claro, "Habrá gente pa tó"



Curiosos somos y nos lo permiten.

En muchos pueblos hay una instalación centenaria que servirá de abrigo para los abundantísimos (es una religión) mercadillos de productos frescos o de cercanía. Pues también sirve para otras celebraciones comunitarias, o, sin ir más lejos, para refugiarse del sol.
Los franceses son excelentes trabajadores de la madera, ya sean ebanistas para clases altas o lo más práctico y sólido para los pueblos. 




A los franceses, donde hay muchos más creyentes y practicantes católicos de lo que pudiera creerse, les gusta mucho tomar  café. En una parroquia organizan reuniones con el párroco al lado de una tacita y una pasta: "Dejad que los aficionados al café se acerquen a mí"