Anques de que se solape el accidente de los trenes de Urda, sigo pensando en las tragedias, en los desastres, en las lesiones y enfermedades, en los maldormires.
Reflexiono que la mayoría de los jóvenes no son conscientes de todo esto; yo no lo era, no recuerdo haberlo sido, al menos. Cuando yo tenía de quince a veinte años, quizá hasta los treinta, solo pensaba en los amigos, en ganar al mus, el conseguir una novia o al menos conseguirme triunfos sexuales, probablemente para presumir de ellos ante los amigos. Deseaba con vehemencia aprobar la carrera para un día largarme de casa de mis padres y poder dedicarme a tocar libremente la guitarra y escribir, y que me admiraran por ello.
También había desgracias entonces: terrorismo, accidentes de aviones, hambrunas en África, y mucho dolor del de toda la vida, mis abuelas los padecerían pero no las escuché, tampoco a mis padres, que no eran tan viejos. Solo quería saber de lo mío, el fútbol o el baloncesto, que compartía entusiásticamente con los amigos. Dormía de un tirón, ahora no sé cuántas veces me levanto a mear por la noche, cagaba bien no tenía almorranas; ni acúfenos, no estaba tan sordo como estoy hoy para las frecuencias agudas; ahora paso muchas noches de turbio en turbio, aunque hiperconsciente de todo, muchas veces leyendo o escribiendo.
La vida me va enseñando como a un toro en la plaza: al principio irrumpes y eres el señor de ese territorio, luego te torean te pican, te banderillean, ya no tienes toda la fuerza con la que saliste y el torero se arrima más a ti, ya puede torearte con la muleta, entonces sientes los dolores y el cansancio, y no aciertas más que con el engaño, (o sea que no aciertas) y cuando desesperadamente intentas matarle es que él te clava la espada de la muerte, y luego empezará lo más penoso: que son los vómitos de sangre, la puntilla, el descabello, el arrastre...
Contemplo a esos jóvenes alocados que solo piensan en prendas o productos electrónicos caros, en conseguirlos aunque sea a base de destrozar escaparates y estanterías, en quemar coches, bicicletas y contenedores de basura, en luchar contra la policía, en hacer esa fiesta salvaje con los amigos, para presumir. En esos años nunca tienes presente eso de arreglar ni limpiar nada, de eso se encarga tu madre. Tampoco sientes ni compadeces a los demás, y menos a los que barren vidrios rotos o colocan los nuevos.
A mí me marcó mucho a los 24 el suicidio de un amigo que con 25 años era un triunfador, y que probablemente tendría un agobio en el trabajo o una discusión con su novia, y no se le ocurrió otra cosa que abrir el gas, después se cortó las venas y, como no tenía paciencia, al final se tiró por la ventana. Pronto hará cuarenta años de aquello, y él seguro que no pensó en sus padres, ni en sus hermanos, ni en sus amigos; tal es la estrechez de la visión juvenil. Puede que su madre aún viva a día de hoy. Ella sí que sabe lo que es sufrir y la dolerán todos (como dicen ahora para remarcar :"y cada uno de") los sufrimientos ajenos, Se imaginará los dolores y angustias de su hijo, la sangre de sus venas y lo inexplicable de su decisión, mientras tendrá todos los achaques y tomará todas las pastillas que toman los viejos. Sé que los primeros años iba al cementerio todos los días, ¡qué ilusión encerrarse en un paisaje de muerte!, con todo lo que la geografía puede ofrecer.
La vida está llena de azares hermosos, cada horizonte ofrece diferentes luces y montañas, bosques y ríos, y el mar, que es inmenso y se come tu mirada. Mucha gente iría hace una semana en esos trenes a Sevilla, esa amable ciudad a encontrarse con familia o a trabajar; comerían allí o dormirían en un hotel o en casa de un familiar. A lo mejor, mientras contemplaba los paisajes desde el tren, alguien pensaba ilusionado en disfrutar visualmente de los culos móviles de las graciosas sevillanas por la calle Sierpes o por el puente de Triana, o en alguien con el que iba a encontrarse con quien estar a gusto hablando o bromeando de fútbol o de política. Y ahora están muertos, dejando un hueco de dolor en su entorno. Pero los jóvenes de ahora no pierden mucho tiempo en pensar en aquello; como yo cuando era de su edad, porque tampoco me condolía severamente de los asesinatos terroristas, -quizá alguna vez que ponían un reportaje en Informe Semanal-, pero no me duraba. Creo que esos crímenes me dan más rabia ahora cuando me los recuerdan el día de su muerte en el Facebook.
La muerte antes era poco más que una palabra, exceptuando aquel suicidio que cuento; hoy la muerte, y sobre todo, la salud, son un peligro inminente; una preocupación. Cuando éramos jóvenes nunca hablábamos de la salud, que es como un coche nuevo: los primeros años, no da problemas. De joven me he pasado años enteros, quizá lustros, sin ir al médico; ahora hay que vigilar, y uno escucha ruidos internos y le abordan pensamientos inquietantes.
Llega el tiempo en que debía tener algún nieto, para ver que puede existir alguien por ahí que me recuerde, o que se acuerde de mí mirando las cosas que hizo su abuelo y sus bisabuelos, que continúe la historia de mi familia. Seguramente no merezco nietos: no invertí más que en la vida de una hija, que es joven y todavía no se le pasan por la cabeza las grandes cuestiones de la existencia. Eso son cosas de viejos.


























