Leo en un libro de historia sobre el siglo XVI que, por bula de Juan II, que era el papa que hacía los encargos a Miguel Ángel Buonarrotti, los portugueses poseían el derecho de patronato en todo el océano Índico y mares de China, con la fundación de obispados el nombramiento de prelados y el monopolio de la evangelización (...) los sacerdotes, demasiado escasos, realizaban conversiones en masa. Una vez congregados los indígenas a millares, les decían en muy pocas palabras lo que debían creer y los que querían ser cristianos eran bautizados enseguida.
Yo, cuando tuve uso de razón (aproximadamente siete años) iba a las catequesis preparatorias de la primera comunión. La lectura que acabo de copiar me recordó cuando el cura nos explicó el sacramento del bautismo. El anzuelo que contenía aquella explicación es que yo, un niño de siete años, podía llegar a bautizar a alguien si estaba en peligro de muerte. Incluso podía bautizar con agua normal, si no había cerca una iglesia donde, en la pila, habría agua bendita, la barriga prominente de una embarazada, si esta moría, diciendo Si estás vivo, yo te bautizo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, amén.
Claro, yo con mi uso de razón recién estrenado, con la responsabilidad de que ya podría condenarme por mis pecados, también podía hacer lo más valioso: dar a una persona la SALVACIÓN ETERNA, y no eso de que ese niño o feto fuera aparcado en el todavía más aburrido "limbo de los justos".
El hecho de que yo con mis siete años, pudiera hacer no algo tan enorme, sino hacer simplemente "algo" me llenaba de euforia y de satisfacción: sabría estar a la altura si se presentaba la ocasión, podría ser un Juan Bautista, un Juan Salvador.
Pero nunca surgió esa aventura. Luego cuando me dieron la primera ostia, y regresé a mi reclinatorio a arrodillarme, y todas las siguientes veces que quise sublimar el acto de ponerme en la cola y recibir a Dios, no llegué a ningún puerto místico. Creo que ahí, en el cielo de mi boca, con aquel pan sin levadura, se derrumbaron mis creencias. Otra vez, en torno a los quince años, por influencia de otro chico que ya lo confesaba abiertamente, me declaré ateo: ninguna media tinta, ni agnosticismo unamuniano, ni entre dos aguas, yo crucé el río completamente hasta la otra orilla.
De los siete a los catorce tampoco me llegué a imaginar con sotana, no penséis.


















































