Miro el envase de una medicina que me estoy tomando y cauca en enero de 2029, año en que se cumplirá el centenario del crack de la bolsa de Nueva York y de aquella crisis mundial que originó. ¡Cómo pasa el tiempo!
Recuerdo la primera vez que fui consciente de que el famoso año dos mil estaba cerca. Era 1996 y yo trabajaba en el Juzgado de lo Penal de Ávila, entonces me llegó el expediente de un muchacho que había sido vecino mío y que se encontraba en la prisión de Segovia, había que calcularle la liquidación de condena y no saldría hasta 2000. Ahí me di yo cuenta de lo cerca que estábamos de tan mítica fecha.
No recuerdo el nombre del muchacho, seis o siete años menor que yo; vinieron a vivir al piso después que mi familia , que llegamos en 1978. Al poco de comenzar a residir, su padre, que trabajaba en un aserradero, murió atrapado por una máquina. No tengo recuerdo físico del padre pero sí de su madre, bajita y enlutada, con una hija bastante mayor y este muchachillo en el que yo casi ni me fijé. Supongo que alguien me comentaría que andaría en la droga: en ese barrio y en todos los barrios de España en los años setenta, ochenta y noventa, cientos de miles de muchachos se engancharon con la heroína, y a miles de ellos los remató el SIDA. Muchos pasaron por la cárcel, entonces se robaban radiocasetes extraíbles: en todos los aparcamientos había cristales rotos. Y los más avezados atracaban bancos. Nadie de los nacidos en este siglo comprenderá esas cosas, que había tiendas de discos, tiendas de fotografías, bancos acristalados, acorazados, y muchos atracos a bancos cada mes y a farmacias y gasolineras. Había hasta atracadores minoristas, los navajeros, aunque algunos que te amenazaban con una jeringuilla ensangrentada, presuntamente infectada con SIDA.
El muchacho murió, no sé si salió de la cárcel, seguramente de SIDA. Curiosamente su madre viuda necesitaba ponerse una inyección intramuscular y mi madre, generosa y buena vecina, se la iba a poner a su casa, con una jeringuilla de cristal que teníamos en casa y que hervía en nuestra cocina. ¡Qué paradoja! al poco el hijo sabría de ponerse inyecciones en las venas más inverosímiles de su pequeño cuerpo.
En este siglo ya no existen las jeringuillas reutilizables de cristal, los hervidos de mi madre fueron más útiles que las jeringuillas desechables de plástico que los yonquis compartieron por coleguismo o por necesidad.
¡Cielos! cómo ha pasado el tiempo, en menos de tres años caducarán mis pastillas, aunque en 28 días habrán pasado por mi cuerpo, y cuatro años más tarde de aquella liquidación de condena que yo calculé a lo mejor caducó la vida de aquel muchachillo como de tantos otros de su tiempo.
Mi hermano tuvo dos amigos íntimos que murieron por esa adicción los dos estuvieron bastantes veces en mi casa, a uno incluso lo llevamos al pueblo en unas fiestas y durmió en la misma habitación que yo. Esto del SIDA fue tan increíble que parecía hecho a posta.
Con el tiempo cuesta creer que viviéramos cosas así. Con el tiempo pasa todo.























