Cuando en septiembre de 1978 salimos de mi pueblo para irnos a vivir a Ávila mi padre empezó a comprar periódicos. Tenía avidez de saber cosas, esas que en un pueblo no podían conocerse en profundidad porque había que resignarse a la información de una radio de onda media, -un transistor a pilas-, y a las dos limitadas en el tiempo, cadenas de televisión. Coincidía todo esto con una explosión de periódicos y revistas de todo tipo, por la Democracia. Era ansia de saber de mi padre, unida a que en la ciudad no teníamos corral donde limpiar, entretenerse, porque siempre hay que hacer cuando hay herramientas en una casa de pueblo.
Mi padre quería saber de política, y de todas esas cosas que se le negaban al conocimiento como si fueran misterios. Compró Diario 15, El Independiente, El Imparcial, El País... estaba probando, pero también tuvo una temporada que compró El Caso.
El Caso era un semanario de sucesos, en él no salían los abundantes asesinatos de la ETA y del GRAPO, -o quizá sí pero yo no los recuerde-, lo que sí salían eran los crímenes comunes, más sucios, con lujo de detalles y un tufillo defensivo, porque daban miedo. España era un país que caminaba hacia los cuarenta millones de habitantes, y había muchos atracos a bancos y muchos navajeros, fue la época de la heroína, que se cebaba en los barrios de gente como nosotros que había emigrado del pueblo a la ciudad, y los jóvenes explotaban en la libertad y el deseo de descubrir todo, y ahí hizo estragos la droga y la consiguiente inseguridad ciudadana. Los yonkis rompían los cristales de los coches para robar radiocasetes extraíbles, que se revendían bajo cuerda. (Mi hermano adquirió un coche de segunda mano y nunca se compró un radiocasete (los llamaban "loros") en una tienda.
Mi padre, y yo, que también quería saber, leíamos El Caso de cabo a rabo, porque todo interesaba. Pero era obsesivo, violento, y alteraba el sueño, como me está pasando a mí ahora que estoy leyendo este estupendo libro "Crónica de la España Negra". Pero estoy empachado de detalles de maldad y temor, y no es bueno eso para el sueño, donde prima el despreocupado sosiego y la paz. Esta antología de la maldad donde se comprimen multitud de detalles truculentos que, además, son reales, y también conocidos, porque han sido casos famosos que he vivido como ciudadano informado, con cierto pavor. Encontré la palabra: con pavor no se puede dormir tranquilo.
Por eso mi madre prohibió a mi padre que siguiera comprando "El Caso" porque era una lectura obsesiva, fecal, podrida, es como querer alimentarse de fruta tocada o de carnes o pescados a puno de podrirse, uno sale asqueado, recalcitrante.
Y eso me ha pasado esta noche: quería acabar este libro, pero me ha rebotado en los sueños, y sobre todo en el insomnio. Tengo agujetas mentales, aunque no tenga miedo presente porque el libro habla de crímenes de hace más de 30 años, aunque algunos quedaron sin resolver, y los asesinos sueltos, que eso escocía y atemorizaba.
Recuerdo muy especialmente el "Crimen de Los Galindos" un reportaje de "Informe Semanal", o un programa especial que pusieron en la tele, que escuché en mi pueblo (los crímenes sucedieron en un cortijo, en medio del campo) y mi casa linda directamente con el campo, con la negrura y la incertidumbre. No teníamos teléfono, ni armas ni nada para defendernos si hubieran saltado asesinos por el corral. Por supuesto, que sale en este libro: además quedó sin resolver.
Por cierto, el libro es muy interesante, pero no para leerlo todo seguido. Los editores obligaron a que cada suceso tuviera cinco páginas, de manera que resulta muy respirable; aunque te inocula avidez, quieres leer el siguiente y "enfermas" o te empachas, como yo.
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