miércoles, 30 de octubre de 2013

Pintar un cuadro.


Lo he hecho en unas cuantas tardes de sábado del pasado verano en Cardeñosa. Como se puede deducir, son mis padres. Me lo he traído a acabar en Béjar: esta semana pinté la camisa de mi padre, demasiado chillona, pero aquí no tenía, ni siquiera para mezclar, otro color que este verdón, que me resultara "aparente".
Recomiendo la infantil experiencia de jugar con los colores, -ya os lo he contado aquí-, y digo que es infantil porque si uno lo hace con libertad y sin presiones, es como aquella actividad ancestral de jugar con el barro; uno se sumerge en la materia, creando un universo para el que vive en ese momento. La pintura es más espectacular: los tubos de colores son rotundos, preciosos, rutilantes... y siempre se hace para mostrarla a otros. Mi barro y mi arena de niño nadie los vio, pero como ahora tengo un blog, os exhibo mi resultado.
Lo hago mediante fotografías que es lo que puedo, virtualmente, transmitiros. Mi propuesta, también en este campo, no es convencional porque mi cuadro tiene relieve: los crucificados los esculpí en altorrelieve con pintura; además, aunque muchas fotos no parezcan realistas, lo son de mis sensaciones, porque yo no he pintado siempre de frente, y tampoco con la misma luz,  y la mayor parte de las veces, lo he hecho concentrado en detalles. 




Mi padre me salió bien desde el principio: se parece a él y también se parece a sus familiares, y eso me gusta, porque eso significa un mayor reconocimiento. A todos, quienes conocen a nuestros familiares nos reconocen así y este es un reconocimiento más completo.

Mi madre ha sido más difícil, tiene muchas arrugas y es muy pálida, tampoco es ni la mitad de fotogénica  que mi padre. Mi padre es capaz de posar, como de ver la tele tranquilamente o salirse a dar un paseo sin objeto; mi madre es incapaz de estarse quieta: por ejemplo, no podría ver la tele  sin hacer ganchillo.


El juego del color.
La pintura es muy diferente y algo superior a la fotografía, donde, sólo jugamos con la luz, el movimiento, la profundidad de campo, la velocidad de exposición, la óptica. Los colores, que son tan importantes, los ponía el carrete, (a mi me gustaban los de Agfa).
A mí no me da tiempo ya más que a ser fotógrafo y reconozco que le debo mucho a esta afición. He aprendido mucho a mirar con los resultados de las fotografías, pero creo que  llegaría a aprender más aún con la pintura: construir los colores, la luz, el ritmo, la composición... Cuanto más interviene uno, llega a un compromiso mayor.

Es una lástima no tener más que una vida; hay tantas cosas por vivir.

viernes, 25 de octubre de 2013

Una reflexión urgente. Antes de que se publiquen los 35 nombres.

http://internacional.elpais.com/internacional/2013/10/24/actualidad/1382640063_178177.html
Creo que es lógico suponer la casi omnipotencia de la tecnología de Estados Unidos o, al menos, la impotencia de la tecnología española para contrarrestar aquel poder.
Por lo tanto, si quisieron espiar en los móviles de nuestros dos últimos líderes mundiales, Zapatero y Rajoy, como hipótesis de reflexión, yo voy a dar por hecho que lo hicieron.

El problema es dar por hecho que son o hayan sido dos líderes mundiales del Top 35.

¿Qué debe desear la autoestima de los ciudadanos españoles?
Esta la tengo clara: que Estados Unidos no nos considere tan "poca cosa" en el mundo que no se moleste ni en controlar a nuestros líderes.


Y ahora el gran dilema. ¿Qué preferirán éstos dos señores?
1-que les hayan espiado sus conversaciones privadas, y después ponerse a pensar que alguien atesora también las bobadas que habrán dicho en todos estos años.
2-o que les ninguneen, y no salgan en la lista y después ponerse a pensar si la inteligencia de Estados Unidos los considera acaso en el número 36, acaso en el número 136, acaso en el 1036...

Lo ideal para ellos es que sea mentira que les han espiado y así no preguntarse cuántas bobadas han dicho, pero que les saquen entre los 35 espiados.


PD. En estos momentos varias cancillerías del mundo, con España a la cabeza, están llamando a quien corresponda para que, si no estuvieran, hagan el favor de incluirlos en esa lista y que ésta salga en orden alfabético para no  preguntarse sobre las consecuencias morales y económicas sobre la "Marca España" de ser relacionados en el número 34. Estoy seguro de que Zapatero y Rajoy están de acuerdo.



POSDATA SEGUNDA: Para hoy tenía escrito un hermoso artículo sobre el Oskar Sindler de la memoria del Barranco de las Cinco Villas. Será para mañana. 

martes, 22 de octubre de 2013



Hace tiempo que escribí sobre la superwoman Elvira Lindo, una mujer garbosa y lista, una literata con un oído especial, con un humor de champán, incluso como locutora de radio o actriz; que para todo vale. 
http://guerracivilenlas5villasdeavila.blogspot.com.es/2012/06/munoz-molina-y-la-superwoman-diana.html
Entre risas hemos leído con nuestra hija toda la colección de Manolito Gafotas, que satisface, aunque esté muy pegada a la realidad española de los 90 y haya que explicar alguna de las muchas cosas que han cambiado.

Muy pegada a la realidad de los 2.000 está esta novela Una palabra tuya: una sórdida exploración de unas mujeres sin clase, ni estilo, ni glamour, de una horripilante bastedad,  que discurren en los márgenes de la femineidad y la masculinidad, justo a las antípodas de esta mujer fascinante, que sin duda fue niña fascinante, y joven fascinante.
Y me clava en mi sentimiento de piedad una duda metódica: cómo se introduce, cómo pega la hebra, esta mujer de alta clase intelectual y social con unas cutres trabajadoras, que imitan al lumpen macho proletario para sentirse respetadas, cómo las escruta arteramente y cómo las escucha..,  porque lo hace, tiene que hacerlo: son personajes reales, laten en las hojas del libro.
Cuando las estimuló o las escuchó ¿estaba Elvira tomando nota desde la igualdad de los seres humanos o desde la superioridad entomológica? ¿No es esto traidor?, ¿Es piadoso, es lícito en lo moral, desvelar esas interioridades?
Porque Elvira Lindo no sólo levanta las faldas de estas pobres mujeres, no sólo las baja las bragas: son cosas muy vistas;  pero Elvira se mete dentro de la vagina de ellas y nos retransmite todos los ruidos internos y externos que resuenan en sus vejados cuerpos. Sórdida, llega y desborda lo  lenguaraz, lo indiscreto, lo humillante, pero le salvamos sus cómplices. Ciertamente, no tendría sentido tal acopio de sensaciones si no fuera para publicarlo, para que nosotros lo leamos.
¿Es la gracia de la señorita que se ríe de las catetas?Sí, porque todos sabemos que las representadas no son ella, ni puede haberlo sido nunca, que además está casada con el educadísimo futuro candidato al Nobel de Literatura, melómano, militante ciudadano, civiquísimo él: Antonio Muñoz Molina. Porque sabemos quien es, Elvira la glamorosa, no se mancha de la vida que nos ha contado, como sí se manchó Julián Herbert. Ella es parecida a Martínez de Pisón, http://guerracivilenlas5villasdeavila.blogspot.com.es/2013/06/el-inmenso-placer-de-dejarse-ir-leyendo.html navegante del batiscafo de los vericuetos del sexo femenino, lavando con sus manos enguantadas de literatura  la  ropa sucia de esa gente para nosotros.
Me preocupa si es lícito, si como lectores debemos aprobarnos y aprobar que esta mujer utilice los residuos orgánicos de la subhumanidad ajena, sacando del batiscafo un arpón para ensartar y mostrarnos los últimos animalejos abisales que nos quedaban por conocer.

Leyendo en Una palabra tuya la nihilista cita de la Biblia que lo inicia, uno, que tarda mucho o quizá no llega a  encariñarse con los personajes, no sabe si también las recomendaría vivir – y no apearse- de esa vida que, ni Elvira, ni ninguno de sus lectores fuimos, ni somos, ni seremos, por muy bajo que caigamos.

Pero, precisamente, esta es la ventaja absoluta de literatura, que nos proponen los grandes escritores implicándose en primera persona en la inmundicia: podemos recrear en nuestro magín interno, sensaciones casi extrasensoriales llegando a la mixtura por ósmosis adentro de subalmas que viven subvidas. Ningún otro arte como la literatura necesita tanta complicidad del lector, y sólo con ésta se puede  llegar tan hondo. 
¡Pobres mujeres desnudadas! Pero nadie que continúe leyendo puede rasgarse las vestiduras: somos cómplices de esta intromisión.

sábado, 19 de octubre de 2013

FAGOR Y YO

Fagor es una gran empresa que nació en Modragón. A esa localidad guipuzcoana emigró una rama de la familia Mayo. Invitado por un primo, que además trabajaba entonces en  la filial de investigación y desarrollo de esa empresa (Ikerlan), pude conocer la realidad de esa zona en el año 1992. En Mondragón, aparte del independentismo a cualquier precio, (votantes acérrimos de Herri Batasuna, destructores violentos de todo símbolo español), veneraban al cura fundador de las cooperativas que dieron lugar a Fagor, Eroski, Caja Laboral, la Univesidad técnica de Mondragón, una mutua de accidentes laborales llamada Lagun Aro y a más cosas que no me sé. La avenida del cura  José María de Areimendizarrieta  estaba, como homenaje, en el centro de todo aquel conglomerado.
A mí me parecía, por eso estoy tan sorprendido con su crisis, la forma ideal de economía: cooperativismo, autogestión, democracia empresarial, por tanto casi nula "explotación del hombre por el hombre". Su fuerte motivación política: nacionalismo, acicate para consumir y defender esa marca, construir su nación desde ese postulado económico; es decir cooperar trabajando y consumiendo para independizarse de la odiada España. Si a ello le unimos la tradicional simbiosis de los vascos con la metalurgia y algo parecido con la ingeniería, me parecían imbatibles.

Mi relación personal con Fagor fue años más tarde y se limitó a descargarles tres camiones. En 1999 escapé a trabajar a Zaragoza "de lo que fuera" y lo primero que me salió fue un empleo de de dos horas en una nave donde llegaba todos los días un camión de electrodomésticos Fagor apretado como un tetris: venían grandes frigoríficos en posición abajo vertical y arriba horizontal, que había que descargar a pulso y con mucho cuidado. Descargué aquel camión sólo tres días porque conseguí otro trabajo ya a jornada completa.

La marca, sabiendo sus concomitancias, me caía mal y siempre procuré no comprarla. Pero durante la última tregua de Zapatero con ETA, fecha en la que amueblábamos mi casa, como apoyo al proceso de paz me compré un frigorífico Fagor.

Todo hubiera debido irles mucho mejor ahora, desde la tranquilidad que la derrota  de ETA ha supuesto para todos, especialmente a los vascos.

Se me ocurre, y no me he documentado,  que su crisis ha sido arrastrada por todas las demás que nos aquejan a los españoles:  mucho crecimiento para satisfacer la demanda de amueblar todos los pisos que se construían en España, y darse cuenta de que ahora tras el estallido no venden nada, porque por un lado los pisos se quedaron sin construir o vacíos, y por el otro, la gente se va y deja nuevos la lavadora o frigorífico que se ha comprado; tampoco hay créditos al consumo, ni a casi nadie se le ocurre cobrar con letras de cambio y además está la competencia asiática.
El problema de Fagor es que por muy independientes que quisieran ser, dependían de España para que les compráramos cosas.


miércoles, 16 de octubre de 2013

UNA FOTO ELOCUENTE


Podría escribirse un libro sobre esta foto. Un nuevo amigo que estoy haciendo ha arrancado el motor de  un viaje de 600 páginas sobre otra parecida.

Alguien mira anónimo desde el pasado de una foto con protagonista, pero el figurante nos mira a nosotros y, sin haberlo previsto nadie, 77 años después, preguntamos a ese hombre ¿Quién puedes ser tú? ¿Qué hay detrás de esta mirada humana que reconocemos?


Ignoro quien es el autor de la imagen, no hay pie de foto en esta revista de los Hermanos Maristas monográfica sobre sus mártires en la guerra civil que beatificaban el pasado 13 en Tarragona, y que me ha enviado otro amigo. La fotografía está hecha con una cámara portátil, novedad entonces; puede que sea la Leica de Robert Capa o de Dora Maar, (no lo sé, ni importa ahora), pero el hecho de que ya no fuera un aparato enorme con trípode empezó a lograr que la gente no tuviera la obligación de posar, y la foto sorprenda, -relativamente, ya que estaba acostumbrado a ser fotografiado, a Hemingway-, y absolutamente al soldado de manos callosas que le está enumerando algo: los muertos, los kilómetros, los días que lleva de guardia, las comidas que le dan... seguramente este barbudo, de saber que le iban a retratar, también nos habría mirado.
No sé si el escritor visitó, como periodista, en algún momento el bando nacional. Creo que no. El “chato” que nos mira debe ser un soldado republicano. Tiene una insignia, que no distingo, sobre su gorra; (al principio me pareció un gorro como la que asocio con el Trotsky de la revolución del 17, pero le faltan las orejeras), si nos fijamos en los alrededores, cada uno tiene un tipo de gorro diferente; no hay “uniformes”, cada cual se ha abrigado la cabeza con lo que puede, con lo que le han dado o con lo que ha pillado.
La guerra española fue una guerra pobre de intendencia; a Valentín González de San Esteban del Valle le dieron una manta en el pueblo de Pedro Bernardo  (Ávila) y generosamente, porque eso es verdadera generosidad, la partió con un compañero y, durante los tres inviernos de la guerra, tuvo sólo media manta.http://guerracivilenlas5villasdeavila.blogspot.com.es/2010/12/se-llama-valentin-gonzalez.html
El joven barbudo de los dedos callosos tiene una manta arrollada al torso: no le sobraba en la guerra, incluso puede amortiguar algo la llegada de una bala; no la parará, pero puede que evite que le atraviese el cuerpo. De momento, la manta abriga, está abrigando, porque no dudemos que en este instante hace un frío de abrigo. Es invierno, los árboles están desnudos, Hemingway tiene dos camisas sobrepuestas, va muy mal compuesto (si le viera mi madre diría: Vaya Adán) y lleva un abrigo o gabardina en la mano izquierda. Su chaqueta es pobre, está sucia, sobada y además le falta un botón: cuelgan unos  hilos de donde se le ha arrancado.

En esta foto, Hemingway, por el pelo negro, se me parece a Gregory Peck. Detrás de él hay un hombre pálido con una boina de paño, que no parece tan raída por el sol y la intemperie como el resto de las indumentarias que vemos. (Ahora lo advierto y  espero que la foto sea de la guerra civil española, porque el casco que se ve en escorzo a la derecha parece del ejército francés).
Mi mirada más profunda va hacia quien nos mira, el que correspondió anticipadamente nuestra atención hace setenta y tantos años. Seguramente no sabía quien era Hemingway; sí que era alguien importante, porque había venido un fotógrafo con él, porque los mandos les habrían dicho que venía un “pez gordo”: quizá el pálido de la boina fuera otro periodista o un guardaespaldas, lo cual acentúa la importancia de esta visita, un extranjero de las gafas que ha preguntado algo al “barbas”. Pero “el chato” sí supo que alguien le miraría detrás del ojo de aquel aparato y quiso ser retratado, quiso sobrevivir; antes, que las imágenes eran tan escasas, era más importante. Tan importante que puede ser que no quede nada más de ese hombre que esta foto que hoy nos ilustra.
Nuestro hombre chato ha muerto ya. Quizá muriera en batalla y es fácil que no esté inscrita su muerte en ninguna parte, puede que acabara fusilado por los vencedores, -o hasta por los vencidos, si era troskista del POUM-, o puede que acabara luchando en la segunda guerra mundial o muerto de maltrato y miseria en los campos de Mathausen-Gusen. Pero también pudo alcanzar la gloria liberando París.
Quizá, aunque sobreviviera aquí y no fuera castigado por el bando nacional, nunca pudiera ver esta foto que, seguramente, no se publicó en España en vida de Franco. Es la primera vez que yo veo, conscientemente, esta instantánea. Pienso que no debe ser famosa.  Es una pequeña lástima que el chato probablemente nunca supiera que salió en una foto junto a aquel americano que terminaría siendo uno de los novelistas más importantes del siglo XX;  premio Nobel y santo de todos los narradores. El “chato” sólo quiso, como  un niño de los de antes, “salir en la foto” y yo debo hoy alumbrar para nosotros este soplo de vida que fue su mirada oportunista, desde el margen de la historia. 
Merece toda una fantasía de lucubraciones y preguntas.



sábado, 12 de octubre de 2013

La Guerra Civil en Cardeñosa.

              

Cardeñosa, mi pueblo, está 12 kilómetros al noroeste de Ávila. Por su término municipal pasa el tren que lleva a Salamanca. Fuera de lo relacionado con el ferrocarril en  la guerra no pasó casi nada: cayó en el bando nacional, muy lejos de los frentes, y alguno de sus vecinos murió combatiendo; forzoso, porque no se conoce que hubiera falangistas de primera hora. También hubo italianos alojados -un amigo mío conserva un juego de cubiertos de campaña que dejaron en casa de su abuela- y dicen que algún alemán (la Legión Cóndor improvisó un aeródromo en la cercana Ávila)
También nos trajeron a fusilar a los terraplenes del tren a tres hombres: probablemente un factor de la vecina estación de Mingorría, y gente de San Esteban de los Patos, donde dicen que les acusaron de sabotear un tren, aunque vete tú a saber. Los cadáveres me han contado que fueron llevados al cementerio en el carro de Tío Heraclio. Se les  enterró sin cruz ni señal, en la tierra llana. A principios de los 70, los niños jugábamos con los huesos amontonados en el ciprés de la izquierda que alguien había desenterrado para hacer alguna tumba nueva y legal. 
No sabía yo, con seis u ocho años, que me iba a dedicar a la memoria histórica.


   Panorámica de Cardeñosa desde el camino al ferrocarril Foto: Javier García Sáez

Pero también desde el ferrocarril, hubo esta:

¡ALARMA!
Disparos desde el tren empezaron a zumbar hacia el pueblo.
-¡Es la guerra!, ¡estamos en guerra!.
-Habrán llegado los rojos.

Era muy poco probable. El convoy viene de Salamanca y por ahí no manda la República; está el cuartel general del Franco. Antes llegarían por Ávila, o subirían de Zorita. El tren se ha ido pegando tiros. Una bala ha dado en la puerta de madera de la casa de Tío Catruche; esa casa con arco de piedra donde la tradición dice que paró el infante Alfonso en 1468 a comerse una trucha envenenada y morirse.
El balazo se ha quedado incrustado en un tablón de la puerta, pero el ruido del miedo ha traspasado todas las puertas y todas las paredes. Algún valiente sale a buscar sus vacas para que no se las quiten. Los soldados, sean amigos o enemigos, siempre traen hambre de rapiña y no reparan en daños.
Las mujeres: ¡todas quietas en casa! que el enemigo no respeta a viejas ni a niñas.
El tren se ha ido. Los ecos de los tiros se desvanecieron antes de que se metiera por el túnel. Algunos hombres resueltos se van juntando. Puede que haya que luchar; a lo mejor sólo dar una batida. 
El tren venía de Salamanca, así que es de nuestro bando, eso seguro; entonces los malos han de estar en el pueblo. Hostigadores, saboteadores, guerrilleros…, una avanzadilla como la que se tropezó Onésimo Redondo en Labajos (Segovia) y le mataron.
     Dicen que Tío…, que sabe que estaba señalado por no querer ser de la "casa del pueblo", se  ha marchado a esconderse en la Lobera llevándose un Jamón a las costillas, para, por si acaso, aguantar un par de semanas.

-Hay que buscar si se nos han colao el enemigo en el pueblo como ratas. El que tenga escopeta o pistola que la traiga.
Se corren las voces hacia la plaza, donde reúnen horcas, hoces y guadañas; las armas de fuego las ha requisado la Guardia Civil en los primeros días del alzamiento.
Pero todo ya está tranquilo. El tren se fue a escape, disparando, y dos soldados bajan de la estación asustados.
-¡Viva Franco! ¡Arriba España! ¡Viva Cristo Rey! son las improvisadas contraseñas que se cruzan en son de paz. La partida de armados, capitaneada por el alcalde, y los soldados que bajan de la estación, se encuentran recelosamente. Pero las armas están bajas. Los reclutas se explican muy atropelladamente:
     -Tenemos que llegar a Ávila, a juntarnos con nuestra unidad, nos pueden arrestar, nos pueden hacer un consejo de guerra, nos pueden fusilar por desertores, necesitamos que alguien hable en nuestro favor. ¡Por Dios ayúdennos!
     -¿Cómo?
   -Nosotros sólo bajamos a hacer del cuerpo. Se lo juro por mi madre. El tren se había parao en la estación y a alguno le entró el apretón. A los primeros que bajaron a tirar los pantalones  les dio tiempo a subir. Yo, ¡maldita sea! me animé tarde porque el tren todavía seguía parado. Por culpa de los primeros a nosotros también nos entraron ganas de cagar y no nos aguantamos, y  bajamos, pero el tren arrancó; y corrimos, pero no paraba, nos quedábamos atrás. No se nos ocurrió otra que tirar un tiro al aire para que se detuvieran. Pero los del tren habrán creído que disparaban desde el pueblo y han respondido.
     -Pues buena la habéis armao.
    -Sí, porque ahora vendrán desde Ávila a ver qué ha pasao y lo menos que nos caerá será un arresto, o un batallón de castigo, o quien sabe si el paredón, porque estamos en guerra. ¡Dios mío!
     -Señor alcalde, ¡ruegue por nosotros!

     -¡Venga que rogaré!, pero antes terminad de tirar los pantalones o lavaros en ese pilón,  que todavía oléis mucho a cagao.


     Los reclutas  tardaron en cagar a gusto su miedo pero, en pocas horas, Cardeñosa se fue aliviando de esa cagalera que entró a todos.

viernes, 11 de octubre de 2013

Perder el móvil: ganar la libertad.

El pequeño secuestrador.
Para mi madre es el mejor invento que existe, porque si tienes alguna inquietud por los hijos, llamas y se ha terminado. No lo niego como padre y, desde hace tres años, mi hija tiene teléfono móvil por ese motivo. (Claro, que ahora quiere un modelo de los de última generación: con internet, whatsap y estas cosas nuevas -pero eso es otra historia-.)

Yo creo que el móvil es un artilugio comunicador que también, (además) empobrece y desgracia notablemente nuestra vida real: su timbre o su melodía irrumpe en conciertos o en ceremonias pero también interrumpe -y creo que es todavía peor-, infinidad de conversaciones.

La conversación humana presencial es la manera con más solera y también la más rica de comunicarnos; consta no sólo de las ideas que llevan consigo las palabras: son muy importantes las miradas, las posturas corporales, la respiración, los gestos faciales, los acercamientos o alejamientos…, incluso hay gente que necesita tocarte mientras te habla. Todo eso es el relieve de la conversación.
 Creo que un póster gigante de Santiago de Compostela dista mucho de lo que yo vi allí hace unas semanas. Esa misma distancia habrá entre una comunicación telefónica y otra presencial, especialmente si se trata de una conversación personal. (Pero tampoco es esa la historia, voy a centrarme en las interrupciones)


Una llamada al móvil, puede interrumpir una discusión pero también una reconciliación. Una narración, un cuento, una hermosa declaración de amor, un razonamiento, la contemplación de un paisaje... Lo está haciendo constantemente, porque nadie apaga el móvil si no es por una causa muy justificada.

La perpetua disponibilidad a recibir una llamada hace que -debería escribirlo en mayúsculas- perdamos libertad.
Uno ya no puede ignorar una llamada, incluso deberá dar explicaciones sobre por qué no la atendió en el momento. Tendrá difícil inventar una excusa a por qué no ha llamado al teléfono que quedó registrado. 
Se abre otro tipo de comunicación; un hiper rechazo:
 “ni me coge el teléfono”.
¿Cómo es posible que no me coja el teléfono si la llamada la pago yo?

Creo que muchos tuvimos la suerte de disfrutar ininterrumpidamente muchas conversaciones profundas el siglo pasado, donde aún había la libertad para gozar de la intimidad. (Cuando yo nací ya existían Los Beatles y, ante mi hija, presumo de haber sido contemporáneo de ellos casi 6 años, parece increíble, pero fue cierto, como lo de las largas conversaciones sin interrupción)

Porque uno es una especie de troglodita si decide dar un paseo por ahí sin teléfono que le pudiera importunar sus reflexiones o sus percepciones. Todos los que marquen mi móvil pueden, cuándo y desde dónde quieran, y esté yo con quien esté, secuestrarme minutos.
Me parece muy mal trato el que, a cambio, yo pueda hacer lo mismo.



Como apuntó Cortázar: no te regalan un móvil, tú eres el regalado (a todos los móviles).



martes, 8 de octubre de 2013

Sepultado en un blog.

Hoy he descubierto el blog de Antonio Muñoz Molina. http://xn--antoniomuozmolina-nxb.es/
Es él; no cabe duda: su perspectiva, su tranquilidad, su raciocinio, su escogida cultura y su depurado estilo.
Yo, que quiero leer toda su obra, debía intentarlo, pero este blog es ingente. A pesar de sus obligaciones y devociones, Muñoz Molina escribe más de un libro al año, y también, semanalmente, en El País, mensualmente en Muy Interesante y Scherzo, concede entrevistas, va a cientos de conciertos y películas, da clases en una universidad de Nueva York...  escribe casi tanto en el suyo como yo en mi blog.
He tratado de llegar hasta el principio, solo leyéndole a él, (pues los comentarios suelen pasar de 100 y la mayoría tratan de emularle, incluso hay uno que hace sonetos sobre las entradas que le inspiran) pero no lo he conseguido. Será una labor de muchos días, -meses quizá- y con la voracidad de la ansiedad empezaba a parecerme muy igual.
No sé, creo que desisto de leerlo todo.

Yo le he leído todos los atrasos a Gabriel Cusac, merece la pena, pero también, en algunos momentos uno ha de apretar cuesta arriba sus músculos de lector. Seguramente yo me dopé con adrenalina de amistad.
Al contrario, el hecho de comprobar que tanta gente sigue y comenta al ubetense, me hace sentir celos; no me pasaba con sus novelas; sentía cercanía, y también la sentí cuando estuve en Úbeda, Pero ¡para qué trabajar  haciendo arqueología, si soy un seguidor más!
A continuación me pregunto, ¿quien me leerá los atrasos? ¿Alguien que me admire más de lo que yo admiro a AMM? No creo que lo logre, tendría que ser alguien que se interesara mucho por mí personalmente, y también que se sienta escogido, y siempre recompensado, al realizar este esfuerzo.

Probablemente desistirá, es posible que le empiece a parecer muy igual; pero no me preocuparé. Hoy mismo le acaba de pasar a Muñoz Molina.

viernes, 4 de octubre de 2013

LA FRUSTRACION DE LA VEJEZ


Me voy haciendo un año más viejo cada otoño. Ya irremisible, frustradas literariamente mi juventud y mi madurez, acabo de mentirme:  “qué bien escribe este muchacho”. Pero no es un muchacho Julián Herbert, un mejicano de 42 años que ganó hace un par de años el premio Jaén de Novela. Nadie es un muchacho a los 42 años si Franz Schubert murió a los 31 en la más plena madurez que pudo alcanzar artista alguno a cualquier edad. Lo que pasa es que yo quiero ser todavía una promesa y si leyendo siempre he competido con mis coetáneos, todavía más con los “muchachos” de 42 años.


Encontré de segunda mano este libro; reciente, nada manoseado y con una gran foto en la portada, lo cual no era un buen augurio. Cuando leí en la solapa que el autor es mejicano ya empecé a tomar interés, y releí el estupendo título Canción de tumba, que resulta una  bien hallada antítesis con la “canción de cuna”, y, efectivamente,  es su reverso amargo.

Ambos son  tiempos perdidos por la razón y la economía, enredada en las engorrosas fases anales de la vida. No me cabe duda de que es autobiográfica la narración de los trajines hospitalarios incomprensibles, o directamente absurdos en los que se manejan los cuidados paliativos, que si lo es toda medicina, más aún la inminente  a la muerte. El autor ha tomado nota literaria  intentando llenar su tiempo muerto al borde del lecho de su madre, donde aprovecha para repasar sus vidas, tratando ser justiciero y literato a la vez. Para que la narración sobreviva al tedio, Herbert se mete los dedos en la garganta para excitar hasta la última inverosímil bilis de tóxico estomacal, en esta borrachera de vida y muerte. Y parece realísima, en muchos momentos, pareciera hasta vengativa hacia su madre esta exhibición de ropa sucia y zurrapas. Todo sea por la literatura, que me anticipo a decir, gana esta batalla, aunque entiendo (y agradezco a quien lo hizo)  que haya personas que dejen el libro por las arcadas que les pueda provocar el continente y el contenido.
Para sacarnos del olor a heces y hospital, el autor  nos cuela de matute, a la manera del Quijote, narraciones sobre experiencias en congresos berlineses y cubanos de poesía, y otra, que es tan real como varias que yo he vivido y, obviamente, la que más me llegó: una entrevista de encargo sobre la memoria histórica de un episodio de la multípara violencia mejicana, con un viejo testigo. El hombre no quiere hablar de ello y se aprovecha de tener un escuchante para desahogar su soledad con el típico rollo del viejo solitario, pero en dos pinceladas al margen, lo hace comprender todo.

  
La novela agradece esas vistas hacia fuera de la habitación, (y yo sobre todo esta última, que “es mía”), que pudieran hasta haber sido motivadas por el fin de completar el número de folios necesario para cumplir las bases del concurso.
La novela está muy bien rematada y arranca mis aplausos y que me descubra en su vuelta al ruedo. Aunque me arrincone en la vejez este muchacho.

martes, 1 de octubre de 2013

Una convocatoria (Reivindico mi paternidad)

Declaro que soy el que tuvo la idea amorosa y lanzó los espermatozoides. Otros han hecho de madre, que es mucho más embarazoso, y hoy anuncian que en diciembre se producirá el alumbramiento de la obra reunida de este artista marginal abulense que falleció en plena juventud.
A ver si es un éxito. Diciembre es muy frío en Ávila.
http://www.avilabierta.com/PDF/Eventos%20EXPOSICIONES/enbuscadelavidayobra.pdf