Porque me gusta todo lo que escribió aunque no me concierna ni me interese. ¿Qué tiene que ver conmigo un presidiario americano encerrado injustamente, que sufre abusos carcelarios y temores por la fidelidad de su mujer?
Pues nada, pero me resulta tan verosímil que entro en la historia, aunque es morosa y van surgiendo ramas de personajes que los ves ahí de pie, con toda la maldad, resquemor, miedos, autodefensa... en un mundo como el carcelario. Creo en ello, y creo que no puede ser de otra manera; creo que la penetración de Patricia es magistral, como un relojero, como un cirujano; aunque no lo pueda saber. A veces leo otros libros pero no me convencen, siento que me hacen perder el tiempo, (he leído Todo modo, de Schiascia y mejor no hablar) pero lo de esta mujer no lo entiendo si no fuera por el enamoramiento intelectual del que hablo en el título.
La verdad es que ahora mismo hay muy pocas historias que superen mi natural escepticismo; la música casi siempre lo hace, pero es algo suprarracional. Highsmith vuelve aquí a mencionar la clásica, en esta novela de 1964 un recluso escucha a Mozart y a Schoënberg. Yo no comprendo ni he disfrutado nunca a este último compositor, pero el que ella lo saque en la novela me motiva a querer asimilar su vanguardismo de la Escuela de Viena, aunque sé que no tengo ni nunca he tenido tiempo ni ganas de invertirlo en su escucha atenta, (también le gustaba a Glenn Gould, y lo mezclaba con Bach que es lo que todo el mundo quería escuchar de él).
Vuelvo a esta agobiante novela del año de mi nacimiento, a sufrir con el personaje, porque solo me traerá sufrimiento muy verosímil, malestar real; actualmente en 2026 no quiero saber nada de las cárceles, aunque hubo un tiempo en que intenté ser funcionario de prisiones y pensaba que podía ser interesante literariamente conocer a esa gente de vida tan extremada. Pero hoy quiero tranquilidad, educación, nada de violencia ni resquemores. Conviví compartiendo piso con un presidiario, porque inmediatamente (cuando se le acabó el subsidio poscarcelario) volvió a atracar un banco con una pistola simulada y volvió a la cárcel a comer la sopa boba de su vida. No sé si lo he contado aquí, pero la única vez que quise haber vuelto a fumar fue en una conversación con aquel sujeto, que me contaba en la cocina sus mentiras y verdades en el piso que compartíamos a cambio del café negro al que le invitaba yo. En un momento me ofreció un Ducados, pero mi racionalidad me contuvo, a pesar de que si yo se lo hubiera aceptado compartiendo la exhalación de humo con él, probablemente se hubiera abierto a contarme todavía más cosas.
Ahora, que me he hecho de derechas, parece que es inverosímil que me interesaran aquellas vidas, Tenía la mitad de años que ahora y creía que debía de llenarme de experiencias, aunque fueran ajenas, para escribirlas algún día. Supongo que en buena medida lo he hecho, tengo muchas cintas grabadas y más conversaciones sin grabar, con gente diferente, pero a estas alturas confieso que nunca extraeré lo que Highsmith sacaba del género humano, jamás llegaré a tener la penetración al escribir que tuvo esta mujer, a quien me entrego con una pasión lectora digna de los mejores empeños.
Y casi me da vergüenza ser tan machacón con esta devoción. (Debería cambiar el nombre de "guerra civil en las cinco villas de Ávila" por el de viajero fotógrafo enamorado de Patricia Highsmith)

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