martes, 13 de octubre de 2026

La sabiduría de los confesonarios.

 En una de las novelas más famosas del siglo XX "El nombre de la Rosa" el narrador Adso expresa el profundo sentimiento de expolio que produce a su alma el saber que una biblioteca con obras únicas ardió y se perdió todo aquel pensamiento.

Modestamente yo, no sé si antes o después de haber leído ese libro, lamentaba, en un relato sobre el cura de mi pueblo, todo lo que no ha ganado la psicología -o la ciencia del conocimiento de las debilidades humanas- a causa de que los sacerdotes estén sujetos al secreto de confesión y no hayan podido volcar científicamente los conocimientos recibidos a través de los confesonarios.

Hay confesores famosos de reinas y de reyes, que luego hicieron carrera política, tal es el aprecio que les tenían los poderosos, sea para contarles sus tribulaciones más íntimas, o para entender que en el diálogo o en los consejos que los clérigos les dieran o bien en la hucha de los datos y dudas confesados por otros a ellos iban a ser muy útiles para conducir sabiamente las cosas públicas.



Me encuentro leyendo una de las obras capitales del siglo XIX español "Los Pazos de Ulloa" de Emilia Pardo Bazán y no me resisto a compartir estos párrafos, pero antes pondré en antecedentes:

Un noble quiere casarse con unas primas suyas de Santiago de Compostela y desea obtener información sobre ellas preguntando a un cura, sirviente suyo que es hijo del ama de llaves de la casa de estas primas, sobre el asunto de cómo son ellas moralmente, porque no quiere que le suceda:

Don Julián, aquí no valen misterios... Si he de casarme he de saber, al menos, con quién y cómo... Apenas se reirían si, como vengo de los pazos, me dieran de buenas a primeras, gato por liebre. Con razón se diría que salí de un soto para meterme en otro.

Julián no quiere contar, dice que no ha tratado con las primas, a pesar de haberse criado en las dependencias de la servidumbre de esa casona. A él su madre solo le permitía jugar con el niño de la casa; después le metieron al seminario, así que no suelta prenda y su interlocutor insiste:

Harto estará usted de saber cosas de las chicas. Basta su madre de usted para enterarle. ¿Acerté? Se ha puesto usted colorado...¡Ajá! por ahí vamos bien. ¡A ver con qué cara me niega Vd. que su madre le ha informado de algunas cosillas.

Julián se tornó purpúreo. ¿Qué si le habían contado...? ¡Pues no habían de contarle! Desde su llegada, la venerable dueña, que regía el llavero de la casa De La Lage no había cogido a solas a su hijo ni un minuto sin acceder a la comezón de tocar ciertos asuntos, que únicamente con varones graves y religiosos pueden conferirse. Misia Rosario no lo iba a charlar con otras comadres envidiosas; eso no; por algo comía el pan de don Manuel Pardo; pero con la gente grave y de buen consejo; verbigracia, su confesor, don Vicente, el canónigo, y Julián, aquel pedazo de sus entrañas elevado a la más alta dignidad que cabe en la tierra ¿Quién le quitaba el gustazo de jugar a su modo la conducta del amo y las señoritas de alardear de discreción, censurando melosa y compasivamente algunos actos que ella, si fuese señora, no realizaría jamás, y de oír que personas de respeto alababan mucho su cordura, y se conformaban en todo con su dictamen?

Bueno, pues esto ha sucedido históricamente que muchos saberes sobre la naturaleza humana (la cotillería es lo más natural) se han enterrado en los oídos de los clérigos y nunca han aprovechado al conocimiento de la humanidad en forma de ciencia.

Supongo que los psicólogos de diván están sujetos a secreto profesional concreto, pero creo que nada les impide escribir y teorizar sobre ello, eludiendo o enmascarando los nombres de los examinados. Habrá miles de libros con experiencias sicológicas, pero no hay ninguno que yo sepa con experiencias salidas de un confesonario. Así los escritores nos los tenemos que inventar, no trabajamos con material real.


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