Sola, fané, descangallada, la vi esa madrugada, salir de un cabaré
(...) triste venganza la del tiempo
que le hace ver desecho
lo que uno amó
Y este encuentro me ha hecho tanto
mal que si lo pienso más termino envenenao
esta noche me emborracho, me mamo bien mamao,
pa no pensar...
Supongo que esto le habrá pasado a alguien, que se enamoró de una mujer ideal, pero ella se estropeó, se fue con los peores, se emborrachó, se drogó, se casó con un maltratador que la pegó, que la emputeció, y un mal día uno se la encuentra ajada y le duele, porque aún piensa en aquella chica ideal.., y él no tiene la culpa.
Así me siento yo al mirar las escenas de Francia. Siento este maltrato como propio, ese pisoteo, esa destrucción.
Me dolieron también las Torres Gemelas, y me duele ver viejas películas o documentales donde salían. Tampoco tengo la culpa de nada, pero me compadezco del sufrimiento humano, de la desilusión.
Podía haberlo visto venir, porque ya lo vi en París, en los mismos Campos Elíseos donde había muchas mujeres musulmanas (magrebíes) ociosas con sus hijos, sentadas viendo pasar a la gente rica del mundo concretamente a mujeres árabes del Golfo con sus criados que salían llenos de paquetes, probablemente algunas con "las joyas de Zapatero". Francia ha subvencionado tener muchos hijos y estas mujeres humildes, que debían estar "con la pata quebrada y en casa" criaron a muchos, animadas por el machismo de sus maridos y por la remuneración.
Pero también vi que los hombres-armario de seguridad de esos establecimientos: eran negrazos subsaharianos ebúrneos, imponentes, que parecen mas sumisos, y sencillos. Por el contrario, la mirada de un "moro" siempre nos parece -a los españoles como a los franceses- como reivindicativa, como insolente, como peligrosa, desconfiamos, tenemos miedo de su traición. Será racismo pero está ahí, yo lo vi, o lo imaginé. Tienen un sitio más complicado en cualquier sociedad europea.
En el viaje del año pasado, todas las limpiadoras de los hoteles con las que nos cruzábamos mientras hacían las habitaciones y nosotros salíamos eran de razas oscuras, solo vi una "blanca" en Bourges, lo recuerdo bien porque llamó nuestra atención y lo comentamos.
Los hijos de esas mujeres son franceses de segunda o tercera generación, y no beben vino ni comen cerdo, y van a esos institutos sabiendo que sus madres se dedican a eso de las limpiezas y sus padres a recoger basura y trabajos así, mientras que las de sus compañeros de instituto son funcionarias, ingenieras o se dedican al comercio.
El componente racial es una parte, luego está la mala educación, la glorificación de la Revolución, tan iconoclasta de 1789, con su guillotina, su terror, y luego la de 1830, y 1848, y la Comuna de París. No sé cuántas veces han tirado y reconstruido la columna de la Plaza Vendome, epitome del lujo, que también disfrutamos en aquel viaje de 2015. Joyas, lujo, perfumes, alta costura... Educar en la destrucción revolucionaria como algo francés quizá tenga estas consecuencias.
También recuerdo que en París no residimos, fue en un hotel de Montrouge, y nos metíamos en la ciudad en metro, (mi hija iba cantando las estaciones que nos repetía la voz mientras las atravesábamos) París es muy cara; deslumbrante e inasequible para el público normal, y también para los franceses pobres; pero todos podemos entrar en metro a su corazón, para admirarla o para destruirla, pero nunca será nuestra.
Escribirlo me extrae un poco de la depresión del enamorado que ve el triste destino de su objeto amado.
Creo que no me escuecen tanto las inundaciones, ni los terremotos, ni los accidentes, ni los incendios no provocados.
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