sábado, 24 de octubre de 2026

Compadeciendo

 Nada humano debería sernos ajeno, aunque hay subhumanidades que nos dan de refilón, que es sobre lo que quiero llamar la atención hoy. 

Ayer fui a visitar a mi madre y, mientras ella se echaba la siesta en el sofá del salón que es su costumbre, salí a dar una vuelta andando por Ávila con el objetivo de, haciendo tiempo, entrar en un centro comercial a ver si veía algo. En los alrededores me encontré a un vecino, un muchacho de entre cuarenta y cincuenta años, soltero toda la vida, de mirada aviesa, que mora con su madre en la puerta al lado de la mía, con quien me saludo en la escalera de la forma más escueta, pero que fuera del edificio de pisos se muestra esquivo. No me dio la cara y no nos saludamos, aunque veinte minutos después nos volvimos a encontrar también esquivamente cuando llegábamos a los alrededores de su casa y de la de mi madre, de nuevo sin saludarnos porque yo hice por retrasarme un poco, para no coincidir en la entrada del edificio.

Nunca he intercambiado palabra con él, por su juventud y por su retraso, no demasiado aparente a media distancia, pero sí en primer plano, aunque no puedo asegurar cuánto porque nunca le oí hablar más allá del consabido saludo sin atención ni mirada a los ojos. Porque es un sujeto bravío, imagino que muy medicado para templarle: antaño gritaba a su madre o a su hermano y lo escuchábamos confusamente, pared con pared, y últimamente hace años que no le oigo: entiendo que estará atemperado por esos medicamentos, en cualquier caso, ante mí, se presenta acomplejado: yo tengo una mujer, una hija, un patrimonio, conduzco un coche y doy la cara, tengo conversación, soy normal.

Y me pregunté qué pensará él al verme, aparte de evitar confrontar impresiones anodinas sobre el tiempo o cualquier suceso que se pueda comentar entre vecinos. ¿Tendrá complejo de inferioridad frente a los normales? ¿Le pasará lo mismo que a mí en la piscina en relación con los buenos nadadores, que sé que no puedo, que no doy, y desisto, voy a lo mío, como un discapacitado? (que es la palabra que usamos hoy hasta que la desgastemos) Antes se diría como un minusválido, y más antes como un retrasado, o un tarado, o un deficiente. Quiero tratar de mirar un momento desde esa deficiencia; compadecer y tratar de contemplar. ¿Sentirá él que su razón es menor que la mía, que todos sus pensamientos sobre la realidad son inferiores, débiles, estúpidos, o sentirá que la sociedad le oprime y no le entiende? Porque él tendrá su verdad sobre todas las cosas o parte de ellas, aunque sea una verdad agazapada; timorata de que la aplasten los argumentos o la palabrería de una persona normal, aceptada en la sociedad como yo, como la mayoría.

En este compadecimiento me doy cuenta de la cantidad de gente que conozco así, porque conozco muchos, hasta en mi familia cercana, y resulta que hay mucha gente así.

¿Qué razones tendrán para votar o enfrascarse en cuestiones políticas de los informativos? ¿Qué ilusiones tendrán para seguir viviendo en este valle de lágrimas mantenidos a base de pensiones y pastillas atemperadoras?

He pensado, me he asomado a ese abismo de la razón, a esta gente no les podemos comparar con el ingenioso hidalgo, que eso es otra cosa aunque también hoy Don Quijote estaría sometido a las pastillas atemperadoras. Don Quijote tiene su gracia, mientras estos otros son simplemente desgraciados, que subsisten atrincherados en algunas pequeñas habilidades que tengan o que crean tener, porque seguramente todos necesitamos creer que servimos para algo, que vivimos para algo por pequeño, feo y titubeante que sea.

Pero yo ya he cumplido con este compadecimiento, no quiero aburriros ni aburrirme más; ellos pasarán sus años y nosotros los nuestros, cada uno con sus tribulaciones o su ausencia de ellas. Yo me atreveré a escribirlas y ellos las rumiarán a su manera o no, porque yo soy independiente y me harán caso en una notaría para comprar y vender, porque tengo capacidad, miro de frente y no estoy en un pozo, o eso me creo, porque habrá gente en el universo que pueda pensar ¡Qué estupideces más simples e irracionales las de ese humano que escribe estas cosas! A veces se dice que los extraterrestres están ahí mirando este mundo irracional nuestro como se puede estudiar un hormiguero o una colmena. Nadie habla con las hormigas ni con las abejas.

Bueno, aquí quedaron mis razones por hoy, mi conciencia de hombre que presume de bueno se ha podido explayar caritativamente, para que me queráis, para autocomplacerme ofrendando al mundo de mis lectores un compadecimiento. 

(No sé si debo sentirme hipócrita, o estúpido como ese pobre hombre del que he escrito)

VALE.

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