Nunca miro los lugares que vamos a encontrar en nuestros viajes. Quiero la sorpresa de descubrirlos, que me deslumbre lo que la naturaleza o los hombres construyeron.
Además soy un hombre con dos ojos y dos piernas; no sé volar, veo solo lo que está a mi vista, subo a los tejados que me permiten subir, con mis propios pies.
Que el viaje me da mucho a ojos creo que está probado aquí, que merecen la pena, el tiempo, el riesgo y el dinero.
Pero ahora me ofrecen por internet fantasías creadas por la inteligencia artificial, me regalan puntos de vista cenitales creados por drones desde decenas de metros de altura. No quiero verlos antes de tiempo, solo soy un hombre.
Un hombre que entiende que Pogacar es un hombre y Usain Bolt, y Armand Duplantis, por lo que no me interesa ver a un ciclista que suba a cien por hora a Alpe d'Huez, ni a un velocista que corra los cien metros en cinco segundos, ni a un pertiguista que salte un listón puesto a 8 metros.
Pero me lo pueden dar visualmente, como una visita a un monumento distorsionado, o con un dron que me da las vistas que contemplan los vencejos.
Por eso empiezo a estar harto de tanta fanfarronería digital. La realidad es suficiente para mí y la prefiero.
Acepto que por cinco euros me dejen subir al tejado de la catedral de Évora, como aceptaré que, si un día voy, me dejen subir al Duomo de Milán. Me gustó mucho, pero no me hubiera impresionado tanto de haber visto escenas cenitales y drones rodeando este monumento como murciélagos. Tampoco que lo agrandaran e hicieran más vertiginoso de lo que es.
Porque la vida real es suficiente sin adulterar.










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