Llegó el momento en que no se podía estirar más el chicle y el presidente del gobierno español convocó elecciones surfeando en la ola de la indignación popular de que la vivienda es muy cara en los sitios donde prefiere vivir la gente.
Sucede que en España sobran viviendas en los pueblos, mientras que en las ciudades donde la gente joven quiere vivir no hay sitio, pues todo está construido. Va a ser difícil que esto se arregle, incluso que se palíe, porque tampoco tenemos un músculo de obreros de la construcción: la generación de mi hija, que la mitad son como ella, hijos únicos, no tiene intención de poner ladrillos ni ensuciarse con la cantidad de oficios: ferrallistas, gruistas, soladores, fontaneros, electricistas... que son necesarios para construir un bloque de pisos. Los pocos pisos que se construyan van a salir muy caros.
El problema lo tendrá quien entre en el gobierno. Hoy mismo, con inusitada prisa (pudo hacerlo en los pasados ocho años que ha gobernado) y arguyendo que representa al "sentir de la calle" que ha dado de lado la mayoría del parlamento al tumbarle el pasado viernes los decretos contra los propietarios de casas de alquiler, el consejo de ministros ha vuelto a enviarlos a la diputación permanente del congreso o parlamentito de guardia, para que esta vez los aprueben. ¿No será más lógico dejar que lo solvente la nueva representación de los españoles que va a salir el 29 de noviembre? ¿No reflejará más el sentir de los españoles que este presidente "detecta" lo que va a salir de las urnas dentro de un par de meses?
Pues no, pero de todos modos, alegrémonos: que nos libramos de nueve meses de este gobierno y de este parlamento en el que se juntaron separatistas varios de derecha e izquierda con la extrema izquierda y un PSOE que prometió traer a prisión a Puigdemont y luego lo ha admistiado y le ha perdonado los gastos de sus tropelías.
¡Albricias! El 29 de noviembre votamos por fin.
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