Hace ya más de una semana pudimos disfrutar en Ávila de él, junto al también extraordinario músico argentino, Fernando Egozcue.
Ara Maliquian es un músico tridimensional; no se conforma con hacer brotar a su tiempo las justas notas de su instrumento, como logra con este paquete rojo de lo mejor del violín solo: Bach, Paganini, Ysaye;
en directo él mismo suena y hace sonar todos sus músculos y todos sus cabellos; transmite, llena el escenario, cautiva: es como un especial mamífero violinista llegado de un recóndito bosque para seducir.
No sólo llena todo el escenario, también todo el patio de butacas, seguramente es un rey Midas de las taquillas, y aunque toca con mucha gente diferente y todos sean tan buenos músicos como él, todos le han de querer como partenaire porque todo lo que toca Midas Malikian llena todos los teatros y así le pasó a Fernando Egozcue, que si como músico es parejo, como seductor no llega al tacón de la bota de Ara.
Con decir que siendo Fernando argentino, el que hablaba era Ara (y su gracia vale también para monologuista). Enmudecer a un argentino, marginarle en el concurso de seducciones es algo que muy pocos seres humanos pueden permitirse, por eso este violinista armenio es tan excepcional.
Ara Malikian lo toca todo: clásico, jazz, flamenco, música zíngara, kelzmer, new age ( si eso existe todavía) tango y rock.
Entre en tango y el rock sinfónico, aparte de la guitarra clásica, vuela el arte compositivo de Fernando Eguozcue, que era el autor de todo lo que nos brindaron. Otro Piazzollez (hijo de Piazzolla), -que hay varios entre los que destacaré a Máximo Pujol-. Yo eché en falta alguna melodía conocida del ubérimo bandoneonista, pero todas eran originales. La música era de gran calidad y todos salimos deslumbrados, aunque no nos cautivó ninguna melodía pegadiza de las que dejan el perfume toda la noche.
No es que no las hubiera, muchos quisimos recuperarlas. Los artistas se hincharon a vendernos discos.
miércoles, 20 de noviembre de 2013
domingo, 17 de noviembre de 2013
REFLEXIONES SOCIOLÓGICO-HISTÓRICAS
Yo nací en el
año 1964. En menos de un año tendré medio siglo. Esto de poder empezar a
medirme en siglos no sólo me hace viejo, -que procuro, sin éxito, evitarlo-,
sino que me hace histórico.
Hace unos días
vi por la tele un programa de música de los 80, de cuando yo tenía alrededor de 20 y
bailaba aquellos temas, de cuando veía gente con aquellos pelos y aquellas ropas.
Me fijé en
varias cosas, en esos momentos algunas mujeres llevaban todavía falda, mientras
que el domingo vi en el periódico "El País" una foto de 20 mujeres socialistas, y sólo una
llevaba falda. La falda ya es una prenda excepcional.
Cuando yo era
niño en mi pueblo casi ninguna mujer llevaba pantalones; las niñas tampoco, es
más, existía la frase “llevar los
pantalones” como índice de autoridad en el matrimonio. Ahora es una frase que
habrá que explicar a mi hija, como aquello de quedarse en casa para esperar una
llamada de teléfono.
Volviendo a
las faldas, estoy pensando que las españolas habrán sido de las últimas
europeas en empezar a sustituirlas por pantalones, no porque fueran más
adelantadas que las griegas o las portuguesas: supongo que fue por la guerra
civil.
Prematuramente
las milicianas quisieron luchar “en pie de igualdad” aunque fuera de modo
propagandista. En el mes de agosto de 1936 hubo al menos tres mujeres jóvenes de
Santa Cruz del Valle que suben al frente de guerra que se formó en el puerto de
El Pico, para servir como enfermeras o cocineras en el irregular ejército de
campesinos que había allí. No hicieron nada más (y no sé por cuantos días).
Nadie lo recordaba; lo vi en una declaración escrita después de la guerra para
delatarlas. Quizá su subida al puerto sólo fue testimonial, aunque
a causa de ello a algunas las raparon el pelo y tuvieron calabozo, quizá otras, (no lo sé bien) prisión: tengo documentadas en diversas prisiones entre otras la santanderina
de El Dueso a varias mujeres de Mombeltrán.
En “los
madriles” y en otras grandes ciudades hay constancia fotográfica de milicianas
con mono, es decir: “con pantalones” subidas en coche, haciendo la instrucción
o en una trinchera disparando. Creo, aunque Miguel Hernández escribiera un
poema a una mujer mutilada, “Rosario la dinamitera” que esto fue excepcional;
meramente propagandístico.
Pero la
propaganda tendría el efecto negativo en la “nueva España” de asociar la
comodidad de los pantalones a esas “rojas marimachos” de ahí el retraso de
décadas.
El ser histórico que soy recuerda que el año 1975 fue el año internacional de la mujer y se atreve a suponer que desde aquel momento empezaron las mujeres a ponerse desde las ciudades hacia los pueblos, esta prenda tan práctica y abrigada. Así, en la adolescencia, que yo iniciaría en unos pocos años, podría ver las curvas femeninas embutidas en ceñidos pantalones vaqueros que empiezo e evocar de mi adolescencia.
Por aquellos
tiempos un amigo mío las decía “para que queréis bragueta, si todavía tenéis bragas”.
Y una chica le replicó:
-¿Y tú que
sabes, idiota?
miércoles, 13 de noviembre de 2013
El lunes 11 me quedé a ver por la tele el partido del "masters" entre Nadal y Jokovic. Nadal se esforzó tanto como siempre, pero Jokovic tenía un rifle en lugar de una raqueta: apuntaba y disparaba, seco y directo, casi siempre pasó la red y botó dentro de la línea. Ayer, Nadal, que es el número uno del mundo, parecía un conejillo corriendo de un lado a otro de la pista, mientras el otro pegaba tiros.
Esa misma tarde me había salido mal algo que intenté con el ordenador; eso, como las averías o los ruidos raros del coche (también tengo uno) me pone de un humor fúnebre sin culpa; "sin comerlo ni beberlo". Al unirle un disgusto innecesario (sufrir porque perdió con toda justicia el deportista que quería que ganase), me fui a la cama con un malestar inexplicable y me levanté el martes como con una deuda que no supiera pagar.
Soy un blandengue: es lo que tiene la empatía; me meto en la piel de los otros. Por eso antes no quise ver imágenes de Filipinas: no quiero ponerme en la piel de un filipino masacrado por un tifón. No quiero sufrir por las noches, quiero descansar en paz.
Nadal es un triunfador, aunque jugaba en la pista que menos le conviene contra el actual mejor jugador del mundo, digan lo que digan los escalafones. Porque pierda la final a la que llegó dejando por el camino a otros casi tan buenos como él, nadie debe apesadumbrarse. Y yo menos, que aborrezco a los deportistas multimillonarios. Creo que dejaré definitivamente de ver deportes por la noche, para evitarme pesares y también porque tengo mala conciencia -real- por los pobres filipinos amontonados, sin nombre, sin cara, sin vida, que no fueron capaces de causarme pena ni solidaridad, porque quería ver un partido de tenis en el que ganara un deportista al que admiro.
¡Qué injusto es ver la vida por televisión!.
lunes, 11 de noviembre de 2013
EL SEGUNDO PLANO DE LA MEMORIA
EL SEGUNDO PLANO DE LA MEMORIA
Algunas veces mirando en las
estadísticas de lo que se “visita” en este blog, encuentro títulos de entradas
que no me suenan, que, en un principio, no reconozco. Cuando la curiosidad me
lleva a abrirlos, veo comentarios a obras literarias que me impresionaron y que
referí muy favorablemente, y tampoco me termino de reconocer. NO es que me
arrepienta, quizá me recrimino un poco el ser tan impresionable y enamoradizo.
Parece poco riguroso por mi parte y me preocupo sobre qué pensarán mis
seguidores de mi coherencia, cuando después he seguido alabando, y en esa otra
reciente impresión me sentía ajeno a las alabanzas anteriores que había hecho.
No es que entonces mintiera, -nunca suelo mentir-, lo que sucede es que yo ya
no soy ese, por mí han seguido pasando experiencias estéticas y de
conocimiento, y quizá –ojalá- todas me van dejando poso, aunque desaparezcan
del primer plano de mi memoria. Ahora estoy enamorado de La belleza convulsa
de Francisco Umbral y me siento
retratado por él.
La vida, admitámoslo de una
vez, no nos deja nada, salvo una experiencia que sólo es aplicable a nosotros
mismos (al “nosotros” que fuimos, ni siquiera al actual) y unas cuantas
instantáneas de lluvia o de sexo.
Las
instantáneas serían como esas fotos que llevamos en la cartera, o esas otras
que hemos mirado muchas veces, que sabemos que existen y que recordamos tener.
Pero hay muchas fotos en nuestros álbumes en las que aparecen gentes que
teníamos olvidadas, o sitios en los que no recordábamos haber estado. Todo eso
fue importante, y “si hacemos memoria” nos alegramos de haberlo vivido y nos
sorprendemos un poco de no tenerlo tan presente como esas películas, esas obras
musicales, esas personas, esos sitios, que tenemos en el primer plano de la
memoria. Existe, al menos, un segundo plano de la memoria, precario, frágil,
nebuloso, traspapelado, en peligro.
Es
estupendo tener ahora, en este siglo, atrapadores baratos de memoria, cámaras
de fotos, cintas de video, infinitas páginas de ordenador…
Llevo
ya cuatro años con el blog, cada vez pienso más y escribo mejor (1), más responsabilizado
a medida que sé que me sigue gente. Me alegro mucho de obligarme a publicar
cada tres días y recomiendo este ejercicio, porque con este compromiso uno se
fija más en la realidad procura aprehender esos detalles con los que construir
un artículo, ya sea en los libros, en los viajes, en la actualidad, o en la
vida misma.
De
otro modo estas cosas pensadas, vividas, serían quizá un poso, pero casi nunca un recuerdo que volviera a
aparecer.
Terminaré
recopiando a Umbral:
Y aquí está toda la doméstica
filosofía de este libro. En vivir/escribir, por penúltima vez, la fiesta
actualísima del presente, ese dragón azul y deslumbrante, que reaparece todas
las mañanas ....
Claro,
es dudoso pensar que cuando uno gasta tiempo en escribir (fija representación
de vida para que alguien la lea) esté viviendo vida de “alta intensidad vital”.
Lo mismo cuando lee. No sé hasta qué
punto el que seamos seres racionales, historiadores, que se paran al borde del
camino a mirar atrás, a contarse las heridas, a explicarse y a explicar, nos
resta o nos suma vida, al amasar recuerdos.
Yo
me alegro de escribirlo, aunque no viva demasiado.
(1) creo, aunque también me suelo gustar y a
veces sorprender en mis escritos pasados. Bueno, los que me seguís ya sabéis que
soy indulgente conmigo mismo.
viernes, 8 de noviembre de 2013
FRANCISCO UMBRAL
Dentro de unos años, -es demasiado joven para
eso, (aunque a Albert Camus se lo dieron con menos edad)- me sumaré a los que justamente pidan el Nobel
para Antonio Muñoz Molina, pero no podré reparar la injusticia de no haberme
sumado a la petición del Nobel para Francisco Umbral, que no sé si alguien hizo
pero que lo mereció, y quizá más de lo que lo vaya a merecer el de Úbeda.
Aunque varios amigos míos a lo largo de la
vida le gustara con delirio, aunque yo
siempre haya encontrado y contado de un artículo en mi poder desde el año 1982
que contenía una de las más lúcidas disecciones sobre la Guerra Civil , yo
siempre vi, o quise ver, al hombre del
Spleen en Madrid, de El País, o las contraportadas de El Mundo, donde a base de
adjetivos de trazo categórico, pseudogenial y siempre remarcando los nombres en
negrita, describía a la remanguillé la actualidad más caduca de la gente
guapa o estruendosa de Madrid, pontificando desde el dandysmo de sus
innumerables poses: foulard rojo, botines, citas en francés, ostentoso pelo
largo, voz pomposamente grave. Omnipresente en los platós de televisión,
emulaba a Dalí, que inventó el modelo
de artista escaparatista, emputeciendo su profundidad con cualquier majadería
útil para llamar la atención.
Atesoro 11 libros de Umbral, otros los he leído de bibliotecas. Se me olvidó fotografiar "Las palabras de la tribu"
Umbral se hizo definitivamente famoso por, en
un Talk show, exigir vehementemente que se hablara de su libro: “yo he venido a
hablar de mi libro” y eso es lo que quedó en la recurrencia de las citas populares
que para siempre quedan en las cabezas más simples.
Umbral es uno de los mejores poetas de la
segunda mitad del siglo XX en mi idioma, y digo esto sin haber leído un verso
suyo, si es que los tiene. Es el mejor prosista poético que yo haya leído. Creo
que la poesía, o la lírica, es aquel fragmento que apetece releer inmediatamente,
aunque se haya entendido; precisamente porque se ha entendido y uno quiere
volver a gozar con su belleza. De este género, Umbral tiene a millares, porque
aunque escribió decenas de libros en prosa, no fue novelista. Ninguna de sus
innumerables novelas pasará nunca al cine. Si era narrador no tenía de
historias con argumento. Yo no le recuerdo argumento, ni siquiera, en sus biografías “Cela, un
cadáver exquisito” la de Larra o la de Lorca
(y mira que es difícil): son miradas poéticas, aunque también cotilleo,
y temo que puede que pase a la historia popular como inventor del cotilleo
poético.
Es un narrador personal, un bloguero de altísimos
vuelos y ya no me resisto más a copiar esto que escribió a los 49 años, mi edad
actual:
La vida,
admitámoslo de una vez, no nos deja nada, salvo una experiencia que sólo es
aplicable a nosotros mismos (al “nosotros” que fuimos, ni siquiera al actual) y
unas cuantas instantáneas de lluvia o de sexo. Me paro, a veces, a considerar
mi edad, y tengo la sensación de que el tiempo se ha acumulado injustamente sobre mí, como aquel cargador a
quien le han dado la carga más pesada. Lo malo del tiempo no es que pese, sino
que pesa inútilmente. Por eso resultan tediosos los predicadores cotidianos de
su experiencia. Somos intransferibles.
(...) El gran fiasco de la vida es que el
tiempo –eso tan sutil- se nos va transformando en peso mientras que las
sutilezas desaparecen. Algunos contra eso, que quizá sólo intuyen, tienen el
remedio de repetir y repetirse. Contar y cantar un momento afortunado de su
vida, para que todo el mundo se entere. Son máquinas tragaperras. Se les echa
una palabra amable, convencional y nos premian
con el lote completo de sus experiencias mecánicas, de sus recuerdos automatizados.
La edad no es un bosque sombrío y hermoso, visto a la salida. La edad es un
vacío y un peso, un vacío que pesa. (...)
El presente
es tozudo. El presente está ahí, aquí, como en la primera semana de la creación
del mundo, es belleza convulsa que no sabemos si se consolida o se disipa. Y
aquí está toda la doméstica filosofía de este libro. En vivir/escribir, por
penúltima vez, la fiesta actualísima del presente, ese dragón azul y
deslumbrante, que reaparece todas las mañanas, emboscado en el bosque de la
edad.
Es el libro La belleza convulsa, quizá
tan bueno y sentido como Mortal y rosa. Es su muerte la que nos viene
narrando, columpiándose en la hipocondría:
Remolino
aórtico de mi ser, Gulf stream, de mi
sangre, ese nudo loco y rojo, heredado, hecho y deshecho en mi corazón,
siempre, a lo largo de toda la vida, por remotos esparteros de la muerte.
Un soplo aórtico. Ahora los médicos lo llaman
un soplo. La palabra se desliza sola hacia una gran variedad de imágenes
fáciles. La muerte que sopla en la llama de mi sangre, etc. Dejémoslo, no
sigamos por ahí. Lo difícil de la literatura es evitar lo fácil. Aparte de que
esto no es literatura, sino un electrocardiograma, prefiero (hasta en esto es
uno hijo del estilo, es estilo es uno) mi vieja noción de nudo, de agolpamiento
gordiano de la sangre, que un día vendrá el guerrero a cortar con su espada
vieja y nada victoriosa. He sido siempre el ahorcado de la soga roja de mi
sangre. Los padres, las madres me lo advertían. Nudo indesatable que nos hemos
pasado los hombres de la familia, unos y otros, como en una familia de
suicidas.
No me asusta ese nudo, sólo que ahora lo
escucho, lo siento y me deleito sintiéndolo, y en la juventud ignoraba su
punzamiento, sin dejar de estar punzado, vivía sobre una arritmia como el que
vive con el reloj adelantado o atrasado y el tiempo no le deja tiempo para poner el
tiempo a tiempo.
(...) Paseo mi corazón, como a veces mi gata.
Ya somos dos, en tanta soledad, en esta cima alta y desertizada de la vida,
donde se respira mejor, y el crepúsculo intenta cada día, sin lograrlo,
componer una alegoría de la muerte. Pero la alegoría es un género caducado y ya
ni los crepúsculos saben componer alegorías.
lunes, 4 de noviembre de 2013
PENSARES
Un día de estos estuve en en una sala del Hospital Clínico de Salamanca, esperando el resultado de la operación a un familiar. Apareció una sigilosa mujer con una trenza rubia y el aspecto de gitana rumana distribuyendo unos papeles. Yo ya la había visto otro día, en otra sala de espera de citas del mismo hospital, y, al apreciar que estaba mendigando, rechacé la tarjeta, pero alguien la dejó abandonada sobre su asiento porque le tocó el turno y, antes de que volviera la rumana a recogerla, pude examinarla.
Es claramente una estafa. Ese día la gitana pasó recogiéndolas y la gente se las devolvió, pero creo que nadie picó: estábamos en una cola de tramitaciones y la gente estaba deseando que le tocara el turno, pero nada más.
Por supuesto, me quedé con la decepción de no haber podido capturar el papel para ofrecérselo a mis lectores.
Pero el día de la operación, resueltamente, cogí la tarjeta con esta intención y aquí la tenemos. Lo que me disgustó entonces es ver que cuando volvió la mendiga tuvo un tremendo éxito: eran casi todos gente mayor, muchos de pueblo, preocupados por el familiar que tenían adentro, expuesto al bisturí, a la anestesia, a las infecciones, aparte del mal, siempre peligroso y algunas veces incierto, que ha provocado la intervención.
Alguno empezó a mirar su monedero y a poner monedas en la mano de la pícara. Otros, demasiados, se contagiaron; hay actitudes contagiosas; además, en esta sala de espera, a diferencia de la anterior, la superstición juega a favor de la mendiga: le ponen a uno en bandeja hacer una "buena obra" para influir en que el buen dios de arriba propicie un resultado feliz en la partida que se está jugando al otro lado de la pared.
Me indigné y me movía. Quería gritar, intervenir para evitar que se aprovechara de estos incautos. Pero no hice nada, el ciudadano que llevo dentro se conformaba con publicarlo y, además, no debía mostrarme egoísta y despiadado con esa pícara infinitamente menos agraciada en la vida que yo, no sea que fuera a "atraer desgracia" sobre la operación que me tenía a la espera.
Esta mendicidad está prohibida, el hospital tiene agentes de seguridad que deberían impedirlo. La mujer es de costumbres fijas, sucedió en ambos casos sobre las once, y va a los sitios, que no son tantos, donde hay gente sentada esperando. Me dio por pensar que los de seguridad no lo pueden ignorar, quizá tengan mucho que hacer; quizá hagan la "vista gorda" a secas o quizá, incluso, exista un acuerdo y la mendiga les "unte" por no intervenir. Es muy raro que sea la única mendiga que actúa, si vinieran varios a este panal de rica miel, la gente protestaría definitivamente y la seguridad del hospital tendría que tomar cartas en el asunto.
Según las teorías de microeconomía que estudié en la carrera lo que tiene que suceder cuando hay un excesivo beneficio marginal es que acuda la competencia y no he visto a nadie más en esta práctica tan lucrativa.
El que no ocurra me parece una distorsión económica: o hay una mafia que controla que nadie más pida, o el supervisor está permitiendo un monopolio.
Es claramente una estafa. Ese día la gitana pasó recogiéndolas y la gente se las devolvió, pero creo que nadie picó: estábamos en una cola de tramitaciones y la gente estaba deseando que le tocara el turno, pero nada más.
Por supuesto, me quedé con la decepción de no haber podido capturar el papel para ofrecérselo a mis lectores.
Pero el día de la operación, resueltamente, cogí la tarjeta con esta intención y aquí la tenemos. Lo que me disgustó entonces es ver que cuando volvió la mendiga tuvo un tremendo éxito: eran casi todos gente mayor, muchos de pueblo, preocupados por el familiar que tenían adentro, expuesto al bisturí, a la anestesia, a las infecciones, aparte del mal, siempre peligroso y algunas veces incierto, que ha provocado la intervención.
Alguno empezó a mirar su monedero y a poner monedas en la mano de la pícara. Otros, demasiados, se contagiaron; hay actitudes contagiosas; además, en esta sala de espera, a diferencia de la anterior, la superstición juega a favor de la mendiga: le ponen a uno en bandeja hacer una "buena obra" para influir en que el buen dios de arriba propicie un resultado feliz en la partida que se está jugando al otro lado de la pared.
Me indigné y me movía. Quería gritar, intervenir para evitar que se aprovechara de estos incautos. Pero no hice nada, el ciudadano que llevo dentro se conformaba con publicarlo y, además, no debía mostrarme egoísta y despiadado con esa pícara infinitamente menos agraciada en la vida que yo, no sea que fuera a "atraer desgracia" sobre la operación que me tenía a la espera.
Esta mendicidad está prohibida, el hospital tiene agentes de seguridad que deberían impedirlo. La mujer es de costumbres fijas, sucedió en ambos casos sobre las once, y va a los sitios, que no son tantos, donde hay gente sentada esperando. Me dio por pensar que los de seguridad no lo pueden ignorar, quizá tengan mucho que hacer; quizá hagan la "vista gorda" a secas o quizá, incluso, exista un acuerdo y la mendiga les "unte" por no intervenir. Es muy raro que sea la única mendiga que actúa, si vinieran varios a este panal de rica miel, la gente protestaría definitivamente y la seguridad del hospital tendría que tomar cartas en el asunto.
Según las teorías de microeconomía que estudié en la carrera lo que tiene que suceder cuando hay un excesivo beneficio marginal es que acuda la competencia y no he visto a nadie más en esta práctica tan lucrativa.
El que no ocurra me parece una distorsión económica: o hay una mafia que controla que nadie más pida, o el supervisor está permitiendo un monopolio.
sábado, 2 de noviembre de 2013
PINTURAS NEGRAS (escrito sobre gustos)
Para gustos se hicieron los
colores, dicen. Aunque la ausencia de color, el turbio reflejo de la luz,
también puede ser un gusto. Hace poco he leído que puede que no fuera su gusto,
sino que padecía de cataratas el Goya de las “pinturas negras”, esto para
explicar el mate oscuro sucio de estas obras con las que adornó las paredes de
su casa, la llamada “Quinta del Sordo” cuyas copias a óleo, -la casa se
destruyó hace más de 100 años para edificar- se pueden ver en el Museo del
Prado.
Indudablemente, para la
valoración artística “objetiva”, la causa es independiente del resultado. Por
poner un ejemplo coetáneo: la novena sinfonía es la “novena sinfonía obra
maestra” por sí misma, no porque la hiciera un hombre que no pudo llegar a
oírla.
A mí no me gustan mucho las
pinturas negras de Goya, sí me conmueve el perro que quiere salir del estanque,
supongo que es por lo enigmático, pero no le admito el enigma a cualquiera,
sino al pintor aragonés; es más, creo que no se apreciarían, ni la mitad de la
mitad, las pinturas negras de Goya: el feísmo, los aquelarres, las procesiones
expresionistas de desharrapados desencajados, si no hubiera existido el Goya
“comercial” el luminoso de los retratos,
de los cartones para tapices, de las pinturas de guerra, de las majas. Es un
contrapunto, una evolución de visionario, para otros será una anécdota,
pero se aprecian porque en su conjunto
Goya es un genio, sean geniales sólo las últimas pinturas o solamente lo sean
las primeras, o ambas (que para gustos también están las atribuciones de
genialidad).
Personalmente no aguanto el feísmo
como tema central de una obra de arte, sí cuando se me cuela como un elemento
expresivo, pero nunca el feísmo por el feísmo: de momento soy así de sencillo.
Dicen que hay dos tipos de gustos
lo apolíneo y lo dionisíaco, yo, decididamente
estoy por concluir hoy que me
inclino más por lo primero, aunque tengo, al menos, un amiguete muy dionisíaco
que me ha prestado este libro.
Esta lleno de grotesca
escatología y no sale de ahí, pintura negra, comedores de patatas de Van Gogh,
olores a podrido, a vómito, a pus, a hez. Es la realidad, lo reconozco: la vida
humana se descompone. La naturaleza también descompone, pero enseguida, ya con
sus moscas esmeraldas, comienza regenerar otra belleza. Lo humano puede crear
pozos sin fondo, vertederos
industriales, ríos muertos, y también en lo moral: Auswitz, Stalin, Pol Pot, o los Hutus y los Tutsi. Para acabar
con lo hediondo: también hay quien practica juegos sexuales llamados “lluvia
amarilla” o “beso negro”. No sé, espero que no se me lea esto antes de comer.
El libro de Maurice Pons puede ser
adelgazante. La tarde que más avancé en él no sentí ganas de levantarme al
frigorífico a picar; a lo mejor que el que provoque náuseas o que contenga las
gansas de comer, sea una prueba de que es arte, estoy de acuerdo en que las
obras que no provocan absolutamente nada, no lo son. Literariamente tiene valor, arte hay, lo que yo no aguanto es leerlo, como no aceptaría tener pintada en la pared de mi salón esta procesión de San Isidro.
Personalmente no soporto el dolor
gratuito, no me gustan los boxeadores, ni los fakires, ni los tatuajes, y me
dan miedo los artistas de circo que se juegan la vida; tampoco quiero verlos.
“Hay gente pa tó”, dijo un torero
cuando le presentaron (no sé si a Ortega y Gasset, se cuenta de varios toreros
y de varios intelectuales) y en gustos
también.
Yo soporto la narración de la
realidad, no es que la soporte bien, es que quiero conocerla; para saber andar
por el mundo y también por el conocimiento puro. Pero una literatura fantástica
que se regodea en la creación de un mundo grotesco, feo, fétido,
espantoso, lo paso como especia, como
cata, como contraste, pero no puedo vivir zambullido en él. Me siento incómodo.
Nunca me he
preparado un bocadillo de ajos.
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