miércoles, 25 de septiembre de 2024

Al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volveeer...

Es un verso de una de las mejores canciones de Joaquín Sabina, y yo lo cito con frecuencia.

La primera vez que vi con mis segundos ojos, -que fueron los de mi hija-, el mar, fue en Huelva, en Mazagón, una playa que no nos gustó para debutar. Nos desviamos hacia ella porque, bajando, fue el cartel más próximo que se nos apareció, y que además nos alejaba de las humaredas que emanaba el polígono químico de Huelva capital. Aconteció en 2007. Recuerdo que era una playa pequeña con un gran espigón, donde no entraban aquel día más que olas flojuchas y se veía un mar estrecho, recortado: un gilimar.

Después fuimos a comer y a buscar alojamiento en el primer hotel que encontramos, sin entrar a fondo en la ciudad (ahora que he regresado de haber estado de verdad en ella lo sé). Supongo que al volver de Mazagón veríamos la dirección a Punta Umbría, palabras que yo conozco porque son el título de un tema de Paco de Lucía: allí teníamos que ir. Y allí fuimos, aunque hubo que dar mucha vuelta, rodear todas las marismas del Odiel, se nos hizo larguísimo; hace unos días se me hizo muy corto.

Fue fabuloso: un mar ancho, viril, con un poco de oleaje para que mis chicas jugaran a que les empujara su vigor. Nos encantó.



Desde entonces pensé que si algún día tenía dinero y una jubilación me gustaría pasear por allí muchos días al cabo del año, con los pies descalzos mirando a América, que debía comprarme alguna casita en ese sitio para tener cerca ese mar y esa playa.

La tercera playa que veríamos -al año siguiente- sería La Barceloneta, playa masiva, también de miras recortadas, con lo que el recuerdo de Punta Umbría fue haciéndose mítico, quizá la siguiente fuera Salobreña, que tiene piedrecitas quemantes, y después la de San Lorenzo en Gijón también masificadísima... a bocajarro de una gran ciudad.

El recuerdo del diálogo íntimo y la anchura de la arena se me atrincheró en el alma. Después vimos y disfrutamos muchas playas, ahora mi antología está en la playa de Guerro, en la santanderina península de Oyambre, la de La Barrosa en Cádiz, y las playas al norte de Nazaré en Portugal. Pero seguía aquel  recuerdo gozoso.

Así que volvimos a Punta Umbría, sin niña -que eso aporta mucho- y la objetividad nos venció, la arena tiene muchas conchitas rotas con lo cual nuestros pies sibaritas (la suavidad de mis citadas playas favoritas no tiene parangón) y había como demasiada gente y los horizontes no nos parecieron tan gloriosos.

A mí se me cayeron los palos del sombrajo, ya no me compraré una casita allí, No me importaría vivir en la urbanización de Santi Petri, que es lo más cercano a la Barrosa, pero aquello tiene pinta de ser carísimo con su seguridad privada y pijerío. Sobre la de Oyambre me da miedo que el invierno sea muy largo. y en Nazaré hablan portugués, aunque con el mar me entendería perfectamente.

Así que ajamos un recuerdo hermoso por no hacer caso a Sabina.



Y eso que ahora que la remiro: no está tan mal como la he puesto aquí. Defraudó mi recuerdo, una tercera visita resolvería el silogismo. Las ilusiones maceradas son peligrosas para el alma.





martes, 24 de septiembre de 2024

El centro de Huelva

  

Esta es la iglesia de la Purísima. En su interior se estaban celebrando unas bodas de oro en las que los protagonistas convocaban a sus amigos, todos muy elegantemente vestidos para celebrar que habían aguantado cincuenta años de casados.


un palacete burgués en manos de la UGT


                                   Un antiguo alcalde, (y dueño de algún palacete próximo)






Fantasías burguesas.





                                                     Neomudéjar

lunes, 23 de septiembre de 2024

Huelva sin fotos

POR ERROR DE PROGRAMACIÓN ESTE ARTÍCULO NO SE PUBLICÓ ANTES DE EL DE AYER, (pero es anterior y lo explica)

 Llegamos al atardecer. Prudentemente dejé el coche cuando empezaban a escasear los aparcamientos gratuitos. Todavía existían habitaciones libres en el buscador de internet, aunque pocas.

Tardamos en llegar a los lugares de hoteles, que suelen ser el centro y alrededor de las estaciones de trenes. Entramos en el primero y no había; el segundo -un NH costaba 120 euros- pero tampoco había. Nos señalaron en un mapa el hotel Senator, (que suena "carillo") pero tampoco había así que no supimos cuánto costaba, aunque estuvimos en la cola escuchando la tramitación, que incluía cena y desayuno, de una señora pija que tenía reserva: 128 euros para ella sola. Después la vimos metiendo el Porsche en el garaje del hotel. Tampoco había habitación en el Tartessos.

Al final mi mujer mercó telefónicamente una habitación en el Marriott, que está en las chimbambas, en la zona de los grandes complejos hospitalarios: 121 euros, cantidad tan alta que no hemos pagado nunca pagado (ni cuando íbamos tres) y que a mí me duele especialmente. Fuimos andando desde el centro: tres cuartos de hora largos por una ancha avenida de edificios altos y anodinos. (otra gente tomaría un taxi, pero nosotros salvo urgencia o cojera severa, no nos lo permitimos) En el mostrador nos tomaron la matrícula de la tarjeta de crédito aunque pagué en dinero. Eso está de moda en los hoteles de alto estanding, otra razón para preferir los de bajo. Además el Marriott nos dijo que no disponía habitaciones para el día siguiente.

 Curiosamente en estos hoteles cuando les pides la factura tienen siempre un problema con la impresora, y te dicen que "para el día siguiente" con la esperanza de que se nos olvide pedirla. A mi mujer en estos casos no se le olvida nunca.

Por eso no hicimos fotos nocturnas la primera noche, el centro estaba demasiado lejos y era demasiado tarde. Además, al día siguiente, nos teníamos que mover pronto para encontrar habitación por la mañana porque si no hubiéramos debido abandonar la ciudad.

Nos dijo el del mostrador del Marriott, que sí, que eran fiestas, pero suelen estar llenos todos los fines de semana, así que al día siguiente bajamos y encontramos sobre las diez de la mañana una habitación de 80, nos gustó: era sencilla y céntrica, pero más nos gustó a la noche siguiente que costó 55 euros, y eso que de domingo a lunes también era festivo, el martes seguro que bajaba a menos de cincuenta.

Por el camino hacia el Marriott nos volvimos a plantear eso de si empezar a reservar como famas: yo no, aún no; me tienen que escarmentar durmiendo en el coche varias veces, incluso teniendo problemas por dormir en el coche (que nunca nos ha sucedido nada). No sabemos si por el camino no habrá algo que nos anime mucho a quedarnos y profundizar; podría haber sucedido en Niebla. 

Lo mejor es que haciendo la media de los días ya no quedó tan mal.  Es mi consuelo de cronopio. https://www.youtube.com/watch?v=qyZ92ozxtZ0

domingo, 22 de septiembre de 2024

Huelva a la mañana siguiente.

 Después de la ducha del hotel no nos dormiríamos antes de las 12,30. En la habitación había una cafetera de cápsulas pero perdía agua o es que no dimos con el funcionamiento. Teníamos que salir pronto para la ciudad a asegurar un alojamiento y a recuperar el tiempo no aprovechado en buscar belleza de la noche anterior. Retornamos toda la avenida y lo primero de mérito que encontramos fue la iglesia de San Pedro, pero toda la plaza a la que mira estaba en obras.


Asegurado el hotel para la siguiente noche, nos metimos a desayunar. Todavía me gusta la sonrisa de esta mujer, que siempre es muy feliz desayunando fuera.


Después vimos la plaza de Abastos, que en los lugares de puerto de mar ofrece hermosos puestos de pescado.


Esto más cercano debe ser atún rojo, que ni siquiera tiene precio de caro que debe ser. Dudo que alguna vez lo llegue a probar.



Subimos al muelle de carga de la empresa inglesa de las minas de Riotinto. Es uno de los símbolos de la ciudad y lugar donde se hacen botellones mirando las puestas de sol del estuario y las marismas del Odiel, recogí unas cuantas botellas y botes en la misma bolsa que las habían traído los incívicos jovenzuelos y las deposité en una papelera que no estaba tan lejos. 

La moda de los candados que nació en el Pont Neuf de París llegó a todos los lugares metálicos con vistas.


Pedí permiso a este afilador ambulante que se desplaza a pedales aunque las muelas giran enganchadas a un motor eléctrico. No me quiso responderle cuántas fotos le hacen cada día. La verdad es que Huelva no es una ciudad muy turística; quizá no sean tantas.



Otra peste contemporánea son las colonias gatunas, servidas por (siempre) mujeres altruistas de mi edad, poco más o menos, con una abnegación digna de mejor empeño. Si les das conversación te cuentan la vida y enfermedades de cada gato.

Esto son los restos de la estación de tren de Sevilla construida en estilo neomudejar por orden o al servicio de los ingleses en el siglo XIX. Aunque este colonialismo económico duró hasta los años 50 del pasado siglo, no encontré ningún sentimiento britanicófobo sino todo lo contrario. Es más, entre el turismo que aprecié sentado en las terrazas me pareció distinguir rubios y rubias tipo británico, a lo mejor eran andaluces descendientes de aquéllos, o descendientes de ingleses que trabajaron y vivieron aquí que han venido a visitarlo.



Hermosa estatua de abordaje en procesión competitiva, puede que sea el Rocío, porque la imagen de la virgen de Cinta que vimos otro día es bastante más pequeña. Como muchas estatuas romanas, o los retratos corporativos de los holandeses, se ve que tomaron retratos de personas reales -seguramente cofrades- que así financiaron parte de lo que cobró el artista (así lo hacían los holandeses en el XVII) también es posible que en el cuadro del Entierro del Conde de Orgaz el Greco practicara la misma fórmula de mecenazgo.

Me gusta esta estatua


sábado, 21 de septiembre de 2024

Descartes de Niebla

 

Aquí está mi sombra fotografiando la muralla y la pieza artillera



Puerta sencilla
Puerta complicada para engañar a los asaltantes cuando creyeran haberla franqueado
Castillo, supongo que edificado en el alcázar de la fortaleza

Pegatinas de extrema derecha
                      que estaban en la señal de sentido prohibido de esta iglesia




esta cerámica me recordó a Oporto donde fotografié bastantes edificios así decorados




El puente romano que lo es; hay muchos "puentes romanos" en España que son medievales, pero es que un puente romano tiene un prestigio...

viernes, 20 de septiembre de 2024

El temblor de la falsificación.



 Acabé de leer esta novela cuyo final me parece excesivamente rematado. No obstante la recomiendo como todo Highsmith por todo lo que se agita dentro de uno al leerla. 

No puedo evitar compadecer con el protagonista y tener una sensación de haber cometido algo malo, habérselo ocultado a mi mujer, que, además, está a punto de adivinarlo. 

Sí, como Don Quijote, confundo la literatura con mi propia vida, y eso es algo que me gusta; involucrarme, no leer a distancia palabras que me dejen frío. Lo que me fastidia un poco de esta lectura pasional es que no me entero del mecanismo, ni de las figuras literarias, porque hay un momento vertiginoso en el que tengo la necesidad de acabar como sea, quizá para que no me líen más antes del punto final. 

Creo que sí me gustaría escribir con preciosas palabras, con una prosa que fuera para chuparse los dedos, pero preferiría atrapar al lector, conmoverle, embaucarle, atosigarle pero eso está al alcance de muy pocos pulsadores de teclas de ordenador. Ahora que escribo la palabra que en otras partes de nuestro idioma se tradujo o no se tradujo cumputer, computadora, (que es una contadora, del verbo contar con los dedos, aunque también podría irse a contar cuentos)... a mí me gustaría mandonear, ordenar desde arriba como hace la Highsmith con sus lectores. Es curioso, esta mujer nunca me defrauda, soy incapaz de encontrarle un fallo, aunque haya comenzado este artículo criticando el final, según lo termino pienso que el final es justo lo que en justicia debió suceder.

(lo que hace el amor verdadero -o mejor, el enamoramiento-: uno justifica todo a la persona amada)

Y ahora me atrapa la palabra enamoramiento. Efectivamente está en su interior, enamorarse es mentirse. La vida desvela con los años esa mentira que nos infligimos.