martes, 20 de agosto de 2013

HAGO MIS VIAJES DE TRABAJO CON LA CÁMARA DE FOTOS


La primera vez que transité desde el pueblo de Lagunilla hacia Montemayor del Río me encontré con este paisaje, pero no llevaba la cámara en el coche. Ayer no se me olvidó. Ambos son dos pueblos a mi cargo y espero que durante mis trabajos tenga ocasión de fotografiarlos en invierno y primavera, aunque, sobre todo, en otoño, además de que me gustaría tener que hacer algún viaje por la tarde para no tener el sol tan de frente. (La vista general se me ha  polarizado un poco y se me ha colado un globo).






Me remonta a la época de los cuentos, bosques donde me perdí con  Pulgarcito, la Bella Durmiente o Hansel y Gretel, y luego con Robin Hood y El Capitán Trueno. Y todo esto lo he retratado porque parece mentira en el siglo XXI, el 19 de agosto (77 años después del asesinato de Lorca).

Montemayor del Río que es el pueblo donde se asienta ese castillo, tuvo en su día un señorío y yo ejerzo mis funciones en varios pueblos “de Montemayor”.
En Horcajo de Montemayor una amable señora me permitió hacerle estos retratos.






(PD. Hacía calor. Dejo para otro día escribir sobre las matanzas egipcias)

lunes, 12 de agosto de 2013

Largos tragos de rebosante prosa.



En algún momento, ya lejano, cayó en mis manos este libro. El nombre del autor no me decía nada, aunque su nacionalidad colombiana era, es, debe ser siempre garantía suficiente, a eso debemos unir el que la editorial Destino sea de las de prestigio literario.
Hice muy bien en comprarlo, porque van más de veinte días que ando paladeando sus graciosas imágenes, su labor preciosa, su empecinada cultura, desplegada en una narración sin acción: un puro anecdotario casi plano de una saga de diplomáticos colombianos, todos ingeniosos  admiradores de la lengua y cultura griega clásica y también del ombligo de la carrera diplomática.
Llevo tanto tiempo porque me pierde la inacción, tan solo es el placer de darme largos tragos -pero tragos, no lectura continua- de rebosante prosa. Los tragos son imposibles de resumir en una historia, pero muy agradecidos al paladar en una segunda o tercera lectura, a las que voy recurriendo para tomarle el pulso y poder pedalear sin caerme en la escasez argumental. Todo esto tiene más mérito en un caluroso julio.
Por si os entra alguna duda, declaro que recomiendo encarecidamente este libro y a este autor desconocido, y que nunca lo será, porque murió en 2005 y a ninguna editorial se le va a ocurrir reeditar y publicitar a estas alturas de la -ya historia- de los libros de papel, algo tan invendible como esta familia de diplomáticos colombianos que, lejos de grandes espionajes o influencias en el devenir universal, se dedicaban a cultivar pruritos filológicos y a  tener alguna amante, entre canapés, cambios de legaciones  y penurias administrativas.  Poco se puede esperar de apasionante en los asuntos exteriores de un país como Colombia, actor internacional de tercera división, tanto política como comercial.
La vacua diplomacia de nuestros países aprovecha mucho a la literatura; ahora me acuerdo que tenemos a Pablo Neruda, y a Ángel Ganivet, y habrá unos cuantos más que ahora mismo yo no tenga presentes.

 Seguramente los diplomáticos ingleses o franceses, norteamericanos o rusos,  alemanes o japoneses, tienen suficiente trabajo para no tener que inventarse floridas literaturas, pudiendo escribir libros de memorias que interesen al público por la sustancia que cuentan.

Hace tiempo que no os copio nada aquí. Creo que me colma copiar como tercera lectura: es como hinchar los pulmones de un desconocido aire fresco. Aunque creo que lo que más me apetecería, es leérmelo en voz alta y grabarlo para después escuchar y alimentarme con su música. Esto se acercaría al colmo de la petulancia, un gesto de masturbatorio orgullo arqueológico por haber tenido la paciencia y la fortuna de desenterrar a un muerto orillado en la literatura, como lo estaba en mi biblioteca, anegado por el gran follaje de su compatriota, -y por lo que he leído en un artículo de Internet, amigo y compañero de quimioterapias, (que eso une muchísimo)-, García Márquez.

Pero más allá de la prosapia y la senectud, fue en su decadencia cuando el viejo se portó con la dignidad de un patricio herido y así un día se ganó la admiración de sus amigos al confesar lo que nadie en este país se atrevía. Sin que lo apremiaran a hacerlo el viejo declaró que por cansancio, exceso de alcohol o miedo, había sido incapaz de cumplir la víspera como Dios manda con la señora Montoya, cuyo apellido le servía para hacer bromas baratas a costa suya. ¿Montó ya? Sí señora, pero de nada sirve. Con gallardía inusual confesó su inapetencia, su flaccidez, su fracaso, pero lo hizo con una altura filológica que pronto ganó sitio en las antologías. Ante la sorprendida mujer, que se echaba a sí misma la culpa del fiasco sufrido por el viejo león, éste le dijo que no se preocupara, que el rapto de impotencia que acababa de sufrir no era más que una contradictio in erectio. Félix, al escuchar la historia, sonríe complacido y hasta orgulloso de los recursos semánticos del abuelo -una salida airosa gracias al eufemismo-, aunque él prefería en tales casos emplear la sonoridad ática del vocablo amenènós, que también significa quedar en la estacada ante las señoras, sonoridad escoltada por un suave chasquido con la lengua como si de esta forma se insinuara que, pese a la falta de vigor, en el debate del amor no todo está perdido.


R.H. Moreno-Durán. Los felinos del Canciller. Editorial Destino. Mayo de1987 

viernes, 9 de agosto de 2013

Nagasaki: la infamia de los segundones.

Hoy, 9 de agosto de 2013, se cumplen 68 años de esta masacre. Pero los recuerdos de repulsa y condolencias, salvo para los de aquella ciudad, se los lleva la primicia de Hiroshima: la primicia es la primicia, Hiroshima era una ciudad mayor, los muertos fueron muchos más, (300.000 frente a 140.000). La primera bomba, de uranio, también fue más cara, y eso tiene más caché, pero a los de Nagasaki los arrasaron con otra, parece que más económica, de plutonio.
Además Hiroshima ha generado grandes películas: Hiroshima mon amour de Alain Reisnais, Lluvia Negra de Shohei Imamura y Rapsodia en agosto de Kurosawa, entre otras; también, una canción discotequera que bailábamos en los años 80, llamada Enola Gay, que era el nombre dado al bombardero que la arrojó.
El nombre del avión segundón que arrojó la bomba de Nagasaki, sólo está al alcance de los más avezados crucigrameros, y quizá también de la élite de los mejores competidores de los concursos televisivos de cultura general. Yo lo acabo de buscar y os informo que el nombre es Bockscar, por si a alguno de vosotros le preguntan.
Nagasaki, para mí, se lleva la palma, por su gratuidad, como la peor masacre instantánea de la historia universal; “no tiene un pase”. Un pase puede ser un papel que permite entrar a un sitio que no es de acceso libre, normalmente un espectáculo. Pero creo que en España se usa más con una connotación taurina: toreros como somos, para nosotros un toro no tiene un pase cuando no embiste en la plaza, es manso, está ciego o tiene algún defecto por el que no sigue al capote; es un inútil.  Dentro de la "lógica", (no me gustan mucho las comillas, pero tampoco es lógico llamar lógica a la idem de la guerra) tiene un pase lo de Hiroshima. Sería demostrar al enemigo que se tienen armas desproporcionadamente destructivas e indiscriminadas y que se alberga la voluntad y de usarlas: intimidados por la barbarie se rendirían.
Eso lo hubieran entendido, en unos pocos días, hasta los empecinados samurais japoneses, al parecer, resueltos a resistir la invasión de su país hasta el último hombre  matando a todos los estadounidenses que pudieran. Pero en las 24 horas de estupor y confusión, los americanos les propinaron este segundo golpe.

¿Y por qué, si cualquiera puede entender que estaban a punto de rendirse, asesinar a 140.000 personas más?.
Parece que la tesis dominante defiende que "era un gesto": mandarles el mensaje a los rusos de que Estados Unidos tenía preparadas más bombas, incluso de diferentes clases. Esto entra dentro del despiadado poker que jugaban las superpotencias para quedarse con sus zonas de influencia tras la II guerra mundial.  Otra tesis defiende que era para "probar" la bomba de plutonio, ya que estaba hecha, pagada, y preparada ¿por qué desperdiciarla sin masacrar?
Voy a descartar -y no sé por qué lo hago- la venganza por la venganza, es decir, por devolver más daño al enemigo. (A este respecto se suele aludir que el bombardeo con bombas de fósforo de Dresde que realizaron los aliados al final de la guerra -se trataba de una ciudad histórica muy bella, sin industria relevante-, escapaba a la “lógica de la guerra”. Se apunta a que fue la simple venganza por las destrucciones culturales que sufrió Londres en los primeros años de la contienda).
Sea cual fuere la causa de la destrucción de Nagasaki, yo creo que no tiene un pase y, como humanidad, debemos recordárnoslo hoy también. 

miércoles, 7 de agosto de 2013

Talaván. Una rareza en peligro.



En el centro  tópico de una tópica provincia de Cáceres, de una tópica región de Extramadura, de la tópica España, sureña y seca,  hice estas tópicas fotos.




Pero lo que me llevó hasta allí, fue la capilla del cementerio viejo de Talaván en Cáceres. Fijaos en el edificio, parece el sombrero de la bruja del Mago de Oz, Un lugar curioso que merece la pena hacer un urgente esfuerzo por conservar.
Nosotros lo vimos así el domingo 28 de julio.




Es tremendo pensar que con todos los profesionales de la construcción, historiadores del arte, pintores, químicos etc que hay en paro en 2013 en España, se nos vaya a caer una cúpula tan singular como esta. Hay muchos recortes, pero todavía existen organismos públicos dedicados a la cultura y de nada sirven sus despachos, folios, ordenadores, impresoras, publicaciones, funcionarios… si un bien cultural como este que tienen el deber de defender, se  nos desploma al suelo después de casi 400 años ahí erguido, con un extraño mensaje, que perderá una parte de su sentido con su desaparición física. 

Sería un gran fracaso y un tremendo despropósito que nadie hiciera nada con todo lo que hay para hacer.
Y me remito de nuevo al blog de Gabriel Cusac, su principal y desinteresado defensor. http://gabrielcusac.blogspot.com.es/2013/06/articulo-enviado-la-prensa-sobre-la.html


lunes, 5 de agosto de 2013

Alcántara. (de Caius Julius Lacer)

“Al kantara” significa en árabe el puente. Así que cuando decimos el puente de Alcántara estamos practicando una redundancia,  aunque se puede decir desde hace dos mil años en que el arquitecto del título lo ejecutó que es, al menos, en la Hispania Romana “el puente entre los puentes”. 

Arriba del tajo del Tajo está el pueblo de Alcántara que es un conjunto hermoso y tuvo 12.000 habitantes. Ahora tiene 1.000 y vive básicamente del turismo. Aguas arriba del puente está la presa del Alcántara, que en su día fue la más grande de Europa y que genera electricidad, que es la otra actividad productiva de este pueblo.
Fue la realización de la presa la que, según la mujer que nos guió en la vista a la conventual de San Benito, se llevó el grueso de la gente de aquí en los años 60. Cuando apareció un trabajo por cuenta ajena, con el consiguiente sueldo fijo que dieron a los que se emplearon en la presa, la gente dejó sus agriculturas y ganaderías para irse a seguir construyendo presas por España.



Es muy recomendable además del paseo por el  pueblo, la visita, -además gratuita- a la conventual de San Benito, un solar donde en La Reconquista se asentó una anterior orden de monjes guerreros que, seducidos por el nombre del puente, pasaron a denominarse la Orden de Alcántara. Durante el reinado del emperador  Carlos I de España y V de Alemania se inició la construcción sobre el que había, de un megaconvento. De ahí los grandes escudos que lo adornan. Luego, su hijo Felipe II lo dejó inconcluso, alicortado, por escasez de dinero, dilapidado en guerras (iba a escribir "inútiles", pero todas lo son: es una redundancia como el puente del Alcántara). Unos siglos más tarde, los invasores franceses lo terminaron de estropear y saquear; (para colmo destruyeron los archivos de la orden y de la iglesia). Arruinado se quedó este conjunto de edificios hasta que, en los años 60. la compañía eléctrica que hizo la presa lo utilizó como edificio administrativo y mandó reconstruir algunas partes. Allí dejó una Fundación, que instaló sus oficinas permanentes, utiliza parte del edificio para convenciones y actos  institucionales, y nos proporciona la visita guiada gratuita.
Todo esto lo sabemos por la labor de la guía, que tiene la gracia –exceptuando la difícilmente imitable voz cazallera- de Nieves Concostrina, la gran comunicadora de la cadena SER y de Radio Nacional.

Vengo, mediante el presente artículo, a llamaros a no desperdiciar la ocasión de ser instruidos por ella,  sí os dejáis caer por allí.




sábado, 3 de agosto de 2013

Alburquerque. El lugar donde nació Luis Landero.


Primero diré que existe en el estado de Nuevo Méjico (Estados Unidos) una ciudad de más de medio millón de habitantes con este nombre, pero nosotros sólo podemos permitirnos viajar a la Alburquerque original, que pertenece a la provincia de Badajoz.
Aquí nació Luis Landero, uno de los mejores escritores en español de la actualidad, del que he leído todos sus libros, menos los dos últimos, aunque cuando caigan en mis manos tardarán poco en ser devorados.
Después del entusiasmo por Olivenza, Alburquerque parecía prometer tanto en el folleto de la zona que encontramos en nuestro hotel, (la suelen recomendar junto a Jerez de los Caballeros, que ya nos entusiasmó hace 7 años) que casi nos defraudó.
En primer lugar llegamos tarde, hacia las tres y ya no encontramos para comer “de menú”. Nos tuvimos que conformar con un pollo asado para llevar, guarnecido con  las provisiones y frutas que solemos llevar en el coche, comido a la incomodidad de unas escaleras donde nos sentamos a la vera del castillo.



Luego, la hora de la siesta -de un sábado además- y la consiguiente paralización de la vida pueblerina terminó por enturbiar la inicial idea de pasar la noche allí, con lo que partimos con cierta premura para Valencia de Alcántara, donde descubriríamos que había un festival de rock, -actividad poco recomendable para conciliar el sueño-, que tenía ocupada la población, con lo cual continuaríamos hasta Alcántara, la del puente, de la que hablaré en la siguiente entrada.


Tuvimos suerte con las nubes, y con la sombra que nos proporcionaban a veces. 



Alburquerque tiene un castillo roquero que une a su esbeltez un buenísimo estado de conservación. Desde el adarve de su muralla se conquista con los ojos un amplio paisaje al sur. Sus calles típicas, con abundancia de arcos apuntados, hacen que sea un pueblo objetivamente encantador, pero a mi familia, que venía perfumada de Olivenza, le pareció un tanto inhóspita. (Pido disculpas por esta injusticia, causada por las comparaciones, las expectativas y la aletargante hora de la siesta). 



Pregunté, a la única  persona que vimos por la calle después de comer, si sabía donde estaba la casa natal de Luis Landero, pero resultó ser un turista como nosotros. Vi que la casa de la cultura de Alburquerque lleva el nombre del escritor, pero seguramente es más madrileño que albrurquerquino -si es que es así el gentilicio-. Opino que la adolescencia marca las inquietudes literarias más que la infancia y este extraordinario escritor ya la pasó en Madrid. (Seguramente quiero ahora opinar esto por haber desperdiciado la ocasión de encontrarme con él en su pueblo) 
¿Se me nota un poco de frustración?



jueves, 1 de agosto de 2013

Olivenza. Claro que merece la pena acercarse hasta allí.


Prefiero no conocer (y ahora con Internet es facilísimo) imágenes de  lugares desconocidos que puedo visitar. Quiero que me deslumbren o me decepcionen por sí mismos, que es mejor y también más justo.
Lo hice con Úbeda o Baeza el año pasado: no quise mirar nada, elegí que mis ojos perdieran la virginidad a lo grande.
Así ha pasado también con Olivenza, que no es tan espectacular. Pero, mientras uno se aleja de su casa y de los sitios conocidos, se pregunta si merecerá la pena hacer rodar tanto al coche; porque de ese lugar sólo conocía su nombre, que la ciudad tenía pasado portugués y una melodía popular: la jota de la uva.

Al llegar a Olivenza, uno entra, como en casi todos sitios, especialmente los llanos, por unas afueras anodinas; a veces un polígono industrial con su arquitectura funcional y sus recurrentes marcas. Más adelante, aparcamos dentro de la ciudad y nos ponemos a mirar. Poco a poco, uno va siendo conquistado por el arte público o por el popular.


Orgullosa de su pasado: Olivenza posee lo mejor del carácter portugués: limpio, cívico, silencioso, amable, cumplido, generoso, agradecido.., y ahora tiene las calles con los nombres españoles y los antiguos nombres portugueses.


Su joya principal es la buena educación, el civismo, que mantiene la blancura de sus casas. No vimos las estúpidas pintadas o firmas de los grafiteros, que tanto abundan. Casi todo era resplandeciente y acogedor. Aunque antes de la joya del civismo y esmero de sus habitantes, está la iglesia de la Magdalena con sus columnas retorcidas de estilo manuelino y sus cuadros en cerámica azul. Impresiona, es un arte diferente, y uno se alegra de que ahora sea española, aunque haya sido por la violencia de la historia.

Hay otra joya señalada, que es el sueño de Jessé, un retablo en la iglesia de Santa María del Castillo, pero siendo impresionante la iconografía religiosa, quiero llamar la atención sobre el completísimo museo etnográfico local. Por dos euros, uno no sólo recibe la subida a la torre y la información sobre un meteorito que cayó en esta localidad hace un siglo, sino que disfrutará del museo más completo sobre la vida de nuestros más cercanos antepasados, y es de una sobreabundancia y clase lo que allí se ha recogido, que  se van las horas en aprender y sorprenderse de lo que había antes en las casas o alrededor de los oficios de la gente.



El museo está constituido por donaciones de los oliventinos, por eso dije que la joya principal es la forma de ser de estos antiguos portugueses.