lunes, 15 de diciembre de 2025

UN DUELO DE HONOR EN 1980.

Leí hace tiempo "Los Maia" un novelón saga decimonónica del portugués Eca de Queiroz. Es una delicia pasear de vez en cuando la prosa de esa época, sus minuciosas descripciones, su amplia penetración de personajes. Lo lamentable es no tener más tiempo para hacerlo y leerse toda la que haya en todos los países Rusia, Alemania, Italia, Inglaterra, Francia, España, Portugal.

Casi nunca falta en esas literaturas un duelo de honor, jóvenes que despilfarrando románticamente una herencia familiar, tropiezan con deudas, un marido, o con otro joven, y se ven en ese lance al amanecer.

Yo tuve a los quince años un duelo singular en el que salió a relucir una navaja, en un lugar apartado, fuera de las murallas de Ávila. No hubo sangre y por eso lo había olvidado, aunque en su día lo conté bastante a los amigos. Puede que alguno lo recuerde porque siempre hay alguien que se acuerda de cosas que dijiste o hiciste, mejor que tú, por el lujo de detalles con el que adornan ese recuerdo, y no estoy hablando de mi actual cuesta abajo en la crisis de la memoria: eso de que se acuerden de frases mías que yo no di importancia me lleva pasando hace décadas, pero también sucede que yo me he acordado de frases o actitudes que otros no recordaban o decían no reconocer. Les creo: la memoria de los veinte a los cincuenta es así. A partir de los sesenta ya veremos.

Pero no os hurtaré el relato de mi duelo.

Ignoro la causa, fue una agarrada verbal de lo más tonto, estoy completamente seguro, y fue en clase al final de la mañana, los dos estábamos en segundo de BUP, él era mayor que yo, ya se afeitaba, y tenía la barba negra, oscura, yo tendría esa sombra de bigotillo adolescente, pero era más alto y fuerte que él, además de que no le recuerdo jugando al fútbol, era un poco maricón en en sentido de que las chicas hablaban mucho con él, tenía una voz grave pero no viril, estoy concluyendo ahora que quizá tenía pluma. Aunque no he sabido de él desde hace más de cuarenta años.

Estamos en 1980, o en 1979, nos hemos desafiado, él me ha dicho delante de otros, "a la salida te espero" mejor quedamos fuera de la muralla, donde no nos vea nadie, para que nadie pueda separarnos. 

Sin ningún problema; yo siempre, hasta ahora, he ido sobrao físicamente por la vida, era invencible. Como el Capitán Trueno o el Jabato, nunca me venció nadie de mi edad o inferior en mis escasas peleas, los mayores sí, pero este muchacho aunque era mayor, era bajito y yo no tenía ni para empezar.

Él lo sabía. No se achantó públicamente, (yo siempre la he sostenido, tengo mucho tesón en este campo) pero tampoco dejó de acudir a aquel solitario lugar. Yo tenía claro que iba a agarrarle y le tumbaría en el suelo hasta que se rindiera, y si me llevaba algún golpe o arañazo, él se llevaría el doble, y además la derrota y el escarnio.

Nos faltaban padrinos garantes, que siempre están solemnemente presentes en el siglo XIX. 

Llegado el momento del duelo va y me saca una navaja. Yo nunca he llevado navaja, ni tampoco mis amigos, pero este muchacho sí llevaba y la abrió. Le dije que yo no tenía navaja, pero que no se preocupara que en cinco minutos iba a mi casa a por un cuchillo y así lo hice. Pero no encontré ninguno que sirviera para pinchar, no iba a llevar un podón de esos de los cubiertos, aunque sí encontré un tenedor sólido con cuatro pinchos que me metí en el bolsillo y supongo que diría a mi madre eso de "ahora vuelvo". Era la hora de comer.

Entonces volví resuelto a pelear con mi tenedor, pero en aquel momento el muchacho viéndome resuelto a clavárselo si empezábamos, se echó atrás: Le perdoné la vida o la integridad física al menos. Al día siguiente lo narré con más lujo de detalles que hoy, para que lo escucharan los que presenciaron el desafío, y seguramente me hicieron gruesos comentarios de quinceañeros durante unas semanas, y al chico que se achantó, le harían más, durante más tiempo.

Reflexiono ahora en lo estúpido que hubiera sido herir o quedar herido por aquella porfía. Incluso morir o haber matado, pero uno no se tomaba entonces la salud ni la vida en serio. Sinceramente creo que siempre supe que aquel muchacho se acojonaría. Las armas son para los cobardes y aquel muchacho no estaba seguro de su capacidad para hacer frente a una amenaza, necesitaba hacerse valer, o disuadir con esa desesperada artimaña de subir la apuesta. 

El farol le salió mal conmigo, supongo que al llegar a casa guardaría su navaja en un cajón para siempre porque mi tesón le había puesto en evidencia de que subir la apuesta alguna vez puede llevar a que te la acepten.

Recuerdo también  que un mocito que trabajaba en la piedra con mi padre un día enseñó, por fardar, a un viajante que también la llevaba, una navaja ofensiva, a lo que mi padre le reconvino "lo que tienes que aprender, si algún día se te ocurre sacarla, es a no dejártela quitar, porque entonces te van a hacer mucha pupa con ella, y va a ser por culpa tuya".

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