jueves, 21 de julio de 2011

Indignado

Quiero declarar que para mí era muy importante comer chorizo o chocolate, y helados o cerveza en verano, pero éste he prescindido de estos alimentos ya durante un mes. Con ayuda de ejercicio y una dieta mesurada, he reducido 6 kilos entrando en la normalidad de los parámetros. Puedo, a partir de ahora, decir adiós y gracias a las medicinas que han eliminado los triglicéridos que me acosaban.
No he seguido a fondo el movimiento de los indignados. Pero como a ellos, me indigna el salario anual de la señora que ahora preside el Fondo Monetario Internacional, que es de más de 450.000 euros anuales.
Pero más me indigna es algo más cercano e importante para los españoles: muchos conocidos y desconocidos jugadores de fútbol y algunos entrenadores ganen en España, ese país de 5 millones de parados, de hipotecados a punto de ser echados de su casa, de padres avalistas de gilipuertas hipotecados, también a punto de perder su casa... de negocios cerrados, jornaleros sin jornal, funcionarios sin función...
Hay futbolistas que ganan 6 millones de euros, y más.

La situación económica es grave, pero nadie en España reniega del fútbol como, de sus pompas y vanidades. Es un trastorno bipolar: el próximo Real Madrid-Barcelona llenará, hasta la bandera, un estadio de 100.000 personas, aunque las entradas cuesten cien euros de media (y aún habrá gente que pague 300 o más en la reventa). Es indignante; notoriamente indignante.
No me voy a indignar con los jugadores que cobran todo lo que pueden y, si están en racha, se los rifan para ganar más. Además, ellos no son indignados de nada, sólo a veces declaran sentirse “poco valorados” y les suben el sueldo. ¡Qué desvergüenza!
Ni siquiera me indigno contra los dirigentes del fútbol que tampoco son indignados y que gastan esos dineros para mantener a esos asalariados multimillonarios porque si no, no ganan títulos o bajan a segunda división.
Yo me indigno contra el pueblo llano que paraliza el país y no habla de otra cosa que del fútbol, yo me indigno contra el estúpido asalariado que gana 700 euros al mes y le regala una camiseta de Cristiano Ronaldo o de Messi, o de Iniesta, a su hijo por su cumpleaños, y paga 70 u 80 euros por ella. Me indigno contra nuestros medios de comunicación privados o públicos, que hablan tanto de “eso” durante los nueve meses que dura la liga, más sus postrimerías y antecedentes.
Yo propongo que para salir de la crisis, pongamos a España a dieta de fútbol durante un año. Pongámonos frente a frente con nuestra propia realidad, sin drogas duras que nos distraigan. Se puede vivir, yo he resistido sin chorizo, sin chocolate, sin helados y sin cerveza mes y medio. Se puede, y ha sido muy pedagógico para mí.
Abandonemos la frivolidad del fútbol, sólo un año, nuestra moral lo agradecerá.
POR TANTO:
Desde aquí me atrevo a incitar a que os manifestéis a la puerta de los estadios, afeando y ridiculizando a los insolidarios que mantienen ese espectáculo. Sé que será duro pero alguien debería demostrar que el nuestro es el país de Don Quijote.

Pero se pueden tomar una actitud cosas más sencilla: autoprohibirnos hablar de fútbol, comprometernos a cambiar de conversación con un contundente sermón pedagógico a quien la proponga, proclamando las cifras de la indignación.

viernes, 15 de julio de 2011

Leyendo las memorias de Gabriel García Márquez.


Estoy amordazado por la potencia creativa de las memorias de Gabriel Gª Márquez. Son la primera entrega, que corresponde a su niñez. Pensaba que no tendrían por qué interesarme teniendo en cuenta que no sale nadie famoso, que parece que es lo más interesante de estos libros. Pero sí sale gente bien interesante: salen todos sus personajes mágicos, esta vez narrados como si fueran reales. Igual de bien narrados que en la ficción, con cada palabra esculpida a su medida. También los leo teniendo presente su voz; al leerlos evoco mi niñez y mis mitos y los cuentos de mi padre y pienso que todos me los ha robado ya el maldito Gabo, me ha despojado también de las palabras con qué narrarlos, ahora cuando hablo me entra una mudez y una gana de reírme estúpidamente, porque quiero decir las cosas como él, pero no puedo.
Es un libro nocivo, su perniciosidad asfixiará sin duda como un gas letal los cerebros de muchos que queremos ser escritores, porque en el libro te muestra, cómo eran la mesa, los cubiertos y los alimentos que hubo de comerse Gabriel García Márquez para ser él mismo y cómo sólo puede haber uno; porque es tarde para todos; nadie comerá de aquellos alimentos porque ya no se crían en ninguna parte, y nadie puede consagrar con esa naturalidad su vida a la recreación, porque –también- parece que él no creó nada. No sé si él u otro es quien ha escrito “para escribir lo primero es saber escuchar”. Y las palabras rurales, las frases contundentes que encierran toda la verdad de una vida, han muerto, con todas las historias que perdimos o que han malrecogido otros.
Hace tiempo me fui con un folio de preguntas a ver a una tía abuela que estaba en una residencia, me las contó, me supieron a poco, pero me dijo que se cansaba, así que no pude repreguntar. La señora cría malvas desde hace dos años. Es una lástima porque mis personajes de Gabriel García Márquez han estado por ahí y ya han muerto o son alzementes(1). Lo que más me jode es que pronto me moriré sin llegar a ser ni siquiera un personaje. Mi hija me verá como un extraño padre que era tacaño y se asfixió en su cobardía. Me siento muy mal escribiendo, porque no puedo encontrar, no tengo tiempo de labrar, y sólo debo terminar, dar pedales para llenar un folio, sin hallazgos: las frases de García Márquez son música: a la vez que las oyes ya están evocando, otras cosas mías, íntimas, y esa conmoción me aturde, y me hace mirarme como un pobre hombre que mira su instrumento viril de escribir como una cosita muy chica y encogida, mientras el maestro avanza pegando saltos  y cabriolas y dibujando con una enorme manguera con alas, maravillas.




(1)  a pesar de esta demostración de impotencia creo que he creado un neologismo. Ojalá sea cierto y tenga suerte.

miércoles, 13 de julio de 2011

ocasos bejaranos

OCASOS BEJARANOS
Cuando, hace más de ocho años, vinimos a vivir a Béjar, quedamos deslumbrados por sus vistas. Esta ciudad está un promontorio situado a más de 900 metros de altitud sobre el nivel del mar, desde el que pueden observarse: la sierra que lleva su nombre, los hermosos bosques que la circundan, los altos roqueros de Valdesangil... entre otros parajes sobresalientes, pero en mi familia tuvimos la suerte de, en el primer piso que vivimos de alquiler, descubrir cada atardecer las hermosísimas puestas de sol que se producen sobre el perfil de la Sierra de Francia.
Años después, cuando elegimos vivir definitivamente en Béjar, pudimos escoger para comprarnos una casa desde donde presenciamos, muchas tardes al cabo del año, valiosos minutos de emoción cromática.
(No hay truco, ni filtros en la cámara, ni modificación por ordenador; pero sabed que lo que mi cámara ha recogido es sólo un reflejo de lo que vieron mis ojos. Podéis envidiarme.)










lunes, 11 de julio de 2011

Declaración de amor.


Hace tiempo (por lo que leo, sería muy poco después de una espeluznante matanza en una escuela o guardería de la antigua Unión Soviética por terroristas caucásicos y el bruto ejército). Bueno, el caso es que Ovidio Pérez Martín, un amigo poeta que no quería renunciar al gustazo de seguir eligiendo y comprando literatura, me regaló tres bolsas llenas de libros que ya no pensaba releer, y que no le cabían en sus anaqueles. Desde entonces adornan mi biblioteca. (la única lástima es que no he leído todo) Y escribí esto.

amor con amor se paga (José Martí)

Cargada en mis lomos voy aproximando, con las pisadas quedas y arrastradas de un costalero, mi vida al precipicio de la cuarentena, y desde este borde ecuatorial donde razonablemente habría de haber germinado yo algo de lo que, preñado de amor, regado de amor, abonado de amor, he ido succionando, sin aún brindar a mis deudos el fulgor de las corolas que hubieran correspondido a mi genética y alimento, manifiesto:
-que tengo ánimo para declarar que no fui ni soy egoísta empeñándome y deseando como deseo el triunfo en las artes. Porque soy buena gente, sólo buena gente agradecida, y el aliento que han recibido mis pasos, de parte de los vivos y los muertos, me ha inoculado la pesada losa de la gratitud, de la que sólo veo ya que pueda redimirme con este triunfo que tanto merecéis por mi mano. (Bien es cierto que ya es bastante corola la que brindo a mis acreedores con mi hermoso e inteligente retoño, pero no es cabal depositar ya en mi hija de cuatro, la losa de cuarenta años  de esperanzas irredimidas que tanto me abruma)
-que sólo he podido salvar del naufragio de vuestras esperanzas la quimera de escribir en papeles sentimientos e historias masando las palabras duras, rancias, pero auténticas y sin truco, como la leche de cabra  que mamé, con las nuevas que me edifico para mí aprehendidas en el discurrir de los libros  o pescadas en los remansos de los diccionarios. Porque yo lo que hubiera querido es ser músico como Bach o Piazzolla, o Paco de Lucia  o Schubert o cualquiera otro de los muchísimos que han calentado o calientan el aire con vibraciones de su corola del arte más puro y efímero. Que se me escapó.
-que voy a seguir sin desmayo buscando para mí la luz en la que podáis ver reflejados los buenos deseos que  he merecido siempre creerme a mi alrededor, y con este ánimo voy a seguir nutriéndome de lo que otros escribieron y sobre todo echando un ojo a la vida, para encontrar las emociones que serán mías para poder brindarlas en lomo triunfal y descansar tranquilo esa noche, sabiendo que empecé ya a pagar la deuda.
- que, en resumen, no soy ni inmodesto, ni acaparador, y que yo no necesito el triunfo para mí -bastante alimento recibió mi estómago- pero quiero que ésta sea la renovación del pagaré de la gloria que me debo para brindaros,
            - y que todo esto fue escrito dos días después de la antepenúltima torpe carnicería rusa, esta vez contra niños de por medio, y uno de haber recibido tres bolsas de libros  que ratificaron con amor una vez más eso de quien tiene un amigo tiene un tesoro.

martes, 5 de julio de 2011

Discurso del violinista.

Discurso del violinista.

Parte I

Entró en la sala envuelto en aplausos. Tomó el centro del escenario y, después de extraer unos sonidos y hacer unos breves ajustes en al clavijero de su instrumento, no comenzó el recital de inmediato, sino que dio un paso adelante y se dirigió al público de esta manera:
Señoras y señores: les felicito por la acústica de este teatro; creo que con mí violín podría lograr momentos muy hermosos aquí. Les vengo a declarar que entiendo la música como comunicación y que amo de verdad el calor que me prestan los públicos atentos. Les aseguro que entonces me entrego, con casi toda mi alma, a dibujar en el lienzo blanco del silencio,  excitando estas cuatro cuerdas. No sabría describirlo, pero si tenemos suerte, lo verán.
A veces, me he sentido tan a gusto y compenetrado, que percibía como mis oyentes dibujaran conmigo Bach sin intermediarios y esa comunión me produce la sensación de que se para el tiempo y  ascendemos juntos los escalones hacia algo así como una escalera de nubes crepusculares.
Me gustaría alcanzar hoy, con ustedes, esa ingravidez.
Tengo que decirles que también he percibido demasiadas veces, en demasiados públicos, degradación de la atención y hurtos de silencio. Como consecuencia, sé que  se abre  un conflicto entre los que quieren escuchar a Bach y los que pasan el tiempo deseando que pase, boicoteándome inconscientemente y provocando las iras de sus vecinos silenciosos. Les aseguro que se siente.
  Aquí arriba se siente mucho.
Casi siempre sigo con la música, bien porque estoy muy concentrado en ella, bien por mi propia experiencia profesional encallecida para sortear esas piedras que lanzan a mi discurso. Me defiendo consumiendo notas; concentrado en la técnica y el oficio, que son los que me sacarán de ese momento. En esos momentos no soy feliz.
Porque entonces sé que hubiera preferido aislarme oyendo hipertrofiada mi música con la ayuda de este micrófono, aquel amplificador y esos altavoces. -Señaló con el arco los tres elementos. -  En ese caso, mis notas serían proyectadas por este músculo electrónico, y así los que quieran escuchar tienen la sala llena de música dominando el espacio; y, los que se rebelen pueden seguir haciendo sus pequeños ruidos, que ya no conseguirán ensuciar la interpretación.

De cualquier manera, siendo esto de usar micrófono lo más cómodo y prudente, a mí me gustaría intentarlo directamente con el violín. Les propongo un pacto: si me siguen abriré, como el profeta Moisés, las aguas que pueblan sus oídos para llevarles a la tierra prometida del placer musical como yo sé encontrarlo. Me gustaría confíar en ustedes. Ojalá tengamos suerte en esta travesía.
Si me prometen que no se rebelarán y que puedo prescindir de estos artilugios, láncenme un “si” que yo pueda interpretar como unánime.

Y el publico dio el “si”. Cuatrocientos síes asumieron siseando el compromiso de silencio. Aquel artista, con su sosegado exordio, había conseguido afinar, después de hacerlo con su violín, al público.

 Parte II

Entonces dio un paso atrás y zambullose en la partita BWV 1004. Sumergido en aquel silencio cómplice sentí, desde el principio, la Allemande con una contundencia prístina. Al destilar cada uno de los timbres del instrumento, yo sentía entre los dientes el principio de un alambique que depositaba gotas de miel en mi cerebro. Pero todo era una corriente continua, mis dientes no cesaban de masticar las vibraciones de aquellas cuerdas. Ordenado el desván de los sonidos, el violinista destejía aquel entramado de nudos bachianos y los volvían a trenzar sus dedos con una facilidad tan inteligible y bien colocada, que hacía creer que aquella música se había ido decantando a través de todos los músicos anteriores hasta llegar a esta desnudez virginal que sólo pudo ser la imaginada en el cerebro del genio de Eisenach. Efectivamente Bach estaba entre nosotros y transpiraba orgullosamente su música como un dios panteísta, y nosotros respirábamos fervorosamente.
El público trabajó sosteniendo aquella música de tal manera que en la pausa nadie tosió ni se movió; parecíamos hechizados como las ratas de Hamelín.
Atacó la Courante, con más viveza, cantándonos redondamente un cuento sencillo. Nunca lo escuché tan bailable.
La zarabanda se hacía comestible, muy clara, como una gruta iluminada; húmeda, pero nunca sombría.
La gente presentía la monumentalidad del cuarto de hora de la chacona, pero aún nos quedaba la virtuosa giga en la que, ya dominado todo nuestro silencio, subía y bajaba el volumen de su instrumento. La resina del arco patinaba por las cuerdas, arrancando trozos de hielo en trinos tirabuzones y velocidades  mortales, arqueándose con vértigo la muñeca del músico, mientras los caramelos de las señoras permanecían hipnotizados en el bolsillo y la claridad de la música se comunicaba simpáticamente con las gargantas.

Llegaba el momento culminante, en la pausa el público ensayaba cómo contener la respiración ante la chacona. El músico decoró la sala como una catedral con largos tubos del órgano haciéndose espejo en los pedales del organista. El violín soplaba el aire, rasgando lienzos desde las bóvedas. Yo, hasta entonces, había presenciado, en directo o por la radio, no menos de cuarenta interpretaciones diferentes: violines, pianos, guitarras, orquestas…
También sabía que alguna musicóloga escribió que estamos ante una pieza fúnebre; pero no fue así en esas manos enamoradas. El público ya no contenía sus constantes vitales, jadeaba con sordina, después de seguir con la incredulidad de no ser digno de volar en las líneas de la música pidiendo tregua y prórroga a la vez, a tantos minutos de silencio constructor. El violinista no ha vacilado ni un instante, se ha crecido en cada parte, y sonríe en el esfuerzo mientras termina la ascensión al puerto de montaña doblándose como un ciclista con su minúscula máquina y llega a conquistar la cima entre largos acordes de triunfo. Si la chacona es una pieza fúnebre, no cabe duda de que en ella vive la resurrección.

Yo estoy casi completamente seguro de que Dios no existe; sólo Bach, a veces, me hace dudar.

jueves, 30 de junio de 2011

El viaje de los maestrillos

Esta narración trata de comprender el viaje de unos 70 km. que debieron realizar dos maestros, Goyo y Máximo, un aparejador -Pedro- y  un médico -Jose-  desde calabozos de la ciudad de Ávila hasta un recodo de la Cuesta de la Parra, en  el término municipal  de Mombeltrán (Ávila).


 11 de septiembre de 1936.  7 A.M. CALABOZOS DEL CUARTEL DE INTENDENCIA DE ÁVILA.

-¡Arriba España! Vamos, maestrillos rojos, que  “sus” van a cambiar de alojamiento. Salimos de viaje.
-¡Arriba!
Las cuatro personas que ocupan los dos catres de ese calabozo se estiran, se desperezan malamente.
-Poco lejos vamos –ha dicho Goyo -: a las tapias del cementerio.

Se hace el silencio entre los hombres. Llevan más de un mes compartiendo miserias y pedos, y también pan y tocino, y patatas con arroz reventado, pero sobre todo miedo. Un miedo que les sierra el cráneo cada vez que escuchan tan vecinos gritos, golpes, juramentos y quejidos de los interrogatorios, de los escarmientos. Todos los días traen gente detenida de los pueblos. Han oído frases como esta:
-¡Rojo de mierda, te voy a reventar el alma, te voy a pegar un tiro por la boca que te va a salir por el culo!
La segunda noche escucharon un tiro. Todavía les dura el estallido en las sienes. En ese estrecho calabozo la respiración se hizo definitivamente contrita y agalopada, como de un gorrión en la mano.

Pedro rompió el corrosivo silencio:
-Bueno, no tienen por qué matarnos. No tendría sentido; nos han dado de comer estos seis días.
-Lo que se dice comer..., -Dijo Goyo- ¡son las sobras del rancho del cuartel!
-No nos pueden matar ¿Quién enseñará a leer a sus hijos? ¿Quién los va a curar?, necesitan médicos; somos útiles, pueden destripar a todos los jornaleros que quieran, pero cuesta mucho dinero y bastante tiempo hacer un médico.
-Suerte tú, Jose, para maestro creen que vale cualquiera...
-Mira, nos traen desayuno.
-Hoy café, señoritos. Apartarse de la puerta, que entro.
El carcelero les entrega un puchero con café y unos coscurros de pan duro. Los encarcelados han de apañarse usando por turnos un único vaso de aluminio que queda permanentemente en la celda.
 -No me gusta eso del CAFÉ, significa en la jerga de los pistoleros fascistas Camarada Arriba Falange Española.
-Déjalo hombre, para una vez que se estiran…, nos lo vas a amargar.
-Me cagüenlá, está frío.
Cinco minutos después:
-Rojos, aviaros que vamos de viaje. Aquí no hay sitio, tenemos mucho trajín repasando a todos los rojos de los pueblos. Hay  que espulgar to la provincia. Os llevamos a Arenas de San Pedro, que hay un edificio grande, esa  va a ser vuestra prisión.
-Al Castillo, -dijo Máximo- nos llevarán al Castillo que llaman de la Triste Condesa.
-No, maestrillo, vamos a llevaros a una cosa mejor, a un palacio, me han dicho que a un palacio de príncipes.
-Sí, yo lo conozco: es el Palacio del infante don Juan; el medio palacio, porque le falta un ala, está inacabado. Dicen que allí estuvo Goya, y el Músico italiano Luigi Boccerini.
-Bueno, nos cambian de palacio -dijo con sorna Jose-. Aquí donde estamos, este cuartel, era el Palacio de Los Polentinos.
-No os creáis, -remachó Goyo bajando la voz- esa historia de Arenas de San Pedro, es para que vayamos dóciles al degolladero.
-Hombre, -dijo Pedro- se puede entender. Aquí es verdad que tienen mucho trajín. Si no han sido capaces de ganar ya, esto es una guerra…, y tienen que vencer a Madrid, a Bilbao, a Barcelona y a Valencia... No va a ser cosa de un par de meses, ahí hay mucha gente. Tienen que empezar a pensar en el futuro próximo, preparando cárceles, y en el futuro lejano: nos necesitan cuando se arregle esto, cuando llegue una paz. Todos tenemos familias relativamente pudientes, si pasan por encima de nosotros, pasan de alguna manera por encima de ellos. No creo que les interese. Además nosotros no hemos hecho nada, no hemos quemado iglesias, no hemos violado monjas, no hemos ocupado tierras... no hemos hecho nada.

-Hay que mirarlo bien, en Arenas hace mucho mejor invierno. No en vano llaman a la zona La Andalucía de Ávila.

-Venga, hacer vuestras necesidades, que arranca el camión.

El camión parte del cuartel cuesta abajo, en dirección a la Puerta de San Segundo. Se detiene para dar cuenta de su salida a los dos centinelas que vigilan esa entrada de la Muralla. El camión acelera cruzando el puente de piedra sobre el Adaja; este río en septiembre es una muda soga de humedad; desde julio no es capaz de llenar con sus aguas el alzud que hace funcionar las aspas de la Fábrica de Harinas. Por eso está parada y sólo ruido de motor los despide de las murallas que quedan a contraluz; los primeros rayos de sol rozan las almenas y se proyectan sobre los ojos de los presos que echan un último vistazo. Detrás se les agrega un coche con cuatro de hombres vestidos de civil. Llevan bien a la vista  fusiles Mauser.  Goyo no pierde de vista las armas, pero ya no se atreve a expresar su inquietud.
A las ocho sopla en el Valle Amblés un buen airecillo para la faena de limpia de las mieses de los que anden aún rezagados, porque ya la mayoría  de los labradores está cargando la paja trillada y barriendo las eras para el año siguiente. Entre El Fresno y  Salobral, el camión adelanta varios carros aparejados con redes barrigudas de paja.
-Estamos cruzando el Valle Amblés. ¿Veis como no nos llevaban al cementerio?
En la recta más recta que existe en la provincia abulense, la que va desde el pueblo de Salobral a la curva del  puente que vuelve a cruzar el Adaja, vigila como un escorzo de la Sierra de Ávila, el castillo de Manqueospese,  una mole granítica  perfectamente integrada con el fondo del cuadro, la verticalidad de la mampostería de sus muros envía un brillo que delata su poderío a decenas de kilómetros.
-Mirad ese castillo -dice Pedro-, parece que nos mira con indiferencia.
-Pues tiene una leyenda como de fantasmas -comenta Máximo- y precisamente tiene que ver con mirar. Un joven noble estaba enamorado y parece que era correspondido por la heredera de la Casa de los Dávila, que es el palacio adosado a la muralla que tiene un balcón renacentista que mira a esta sierra. Pero esta familia tan importante no le consideraba adecuado para su hija. Tras algunas peripecias en las que los jóvenes conseguían verse, al final al mozo le recluyeron en este castillo desde el que no puede contemplarse la acrópolis abulense, pero él  insistía declarando: “Manque os pese la veré” Para que triunfe el amor, el cuento termina con el empecinado joven, por medio de un largo mástil con una tela blanca, o espejos, o por señales de humo…, que siguió comunicando su amor. Pero ni desde lo alto de la muralla, ni desde lo alto del castillo es posible atisbar nada. En medio están los montecillos de Riofrío.
-La historia es deprimente. –comenta Goyo- Luego os quejáis de mí.

Pasado Solosancho, la vista a la derecha de la omnipresente Sierra de Ávila convierte a los ojos de los presos aquellas arrugas en  valles y cañadas por las que la imaginación se evade en huída hacia esa luz morada como tupida flor de cantueso, pero ya es tarde para la floración; es un espejismo. También es tarde para la escapada; es un puro sueño como el del mítico inquilino del castillo de manque os pese.

Mas adelante, en un bajo, hay un pueblo enfrentado a unas peculiares formaciones graníticas. El conductor del camión para a mear y se malencara con los cautivos:
-¿Sabéis como se llama este pueblo…? La Hija de Dios, y se va a llamar siempre La Hija de Dios. Dios triunfa; nunca va a ser nunca la hija de Lenin, enteraros bien, rojos de mierda.
No importa que los presos respondan que creen en Dios. De La Hija en adelante todo es cuesta. El camión barrita y va parándose en los cambios de marcha. Los piornos del páramo rodean los geométricos cuadros de pinos de repoblación. Pocas vacas están triscando los últimos pastos frescos de la temporada. Los vaqueros miran desde la ladera el camión como cosa rara.
La angustia del motor del camión se contagia los prisioneros, amedrentados en la contemplación de estos páramos incultos, casi desiertos, tan propicios para ese final tan temido. Goyo no tiene ánimos ni para ser agorero; con los ojos cerrados, está rezando pasar este trance.
Coronado el umbrío puerto de Menga, el camión coge velocidad bajando hacia el altiplano del Alberche. Todos se enfrían, alguno tose. El camión casi se detiene en el desfiladero de la Cueva del Maragato, una ciclópea garita de granito que lleva millones de años aupándose, soportando con altivez la erosión de la garganta de Navalacruz; y un par de miles de años viendo trashumancia, ejércitos y viajeros asombrados. El coche se adelanta  y alguno de sus ocupantes blande su fusil en precaución. No hay peligro, sólo se oyen pacíficos cencerros; un pastor en la ribera.
De la Venta la Rasquilla sale el ventero a ver pasar el convoy. Desde el coche se le saluda a la fascista y él responde solemnemente levantando el brazo plano; quien sabe si por  miedo o por empatía comercial. Puede que lo haga por la más pura convicción, ¿pero... alguien no lo haría?
Un kilómetro más adelante el convoy se detiene a beber agua y llenar cantimploras en la fuente de Los Serranos, que da buen agua y bastante fresca, aunque no tanto como la de arriba del El Pico, cuya frescura quiebra la garganta, además de resultar algo sosa. La cuesta se empina y serpentea entre nuevas masas de pinos. Los del coche vuelven a aprestar los fusiles por si acaso.
La guerra desapareció de estos pagos hace semanas. La caballería del Coronel Monasterio se paseó por aquí. La toma del puerto no llegó a ser ni una escaramuza. Dicen que al ver a los escasos defensores, los atacantes dieron aullidos a la manera mora y cargaron hacia ellos, y que  los rojos  perdían el culo  carrera abajo por la calzada romana.
Al culminar el puerto se contempla una vista de las más magníficas que brindan las carreteras españolas. Escoltado por la airosa cordillera del Torozo, existe un mirador que parece que sobrevuela en Barranco de las Cinco Villas; un cortado casi vertical. Además de abarcar al fresco valle, los días más claros se ven, mucho más allá de los llanos de Talavera, los Montes de Toledo. Cuando se asciende por su parte somera, viniendo de Ávila, nunca se sabe lo que depara este lado: unas veces el paisaje se torna luminoso, otras el cielo baldea con furia, algunas otras hay una apacible niebla que se tiende en el Barranco como una suave manta gris que oculta Las Villas realzando los altos del Torozo, Serranillos, La Rubía, La Seca, La Torreta, que rebosan ese  horizonte fantasmal.
Hoy encontraron un día claro que templó los cuerpos. El convoy vuelve a  parar porque uno de los ocupantes del coche baja a hacer de vientre. Goyo pide bajar también.
-Vale. Desátale. Que baje.
Uno de los ocupantes del coche sujeta horizontalmente el Mauser: 
            -Elige un sitio a quince pasos; maestrillo, espero que no se te ocurra desafiar mi puntería.
 Goyo acaba enseguida; tiene diarrea. Aunque pidió un trozo de papel del periódico de los vigilantes, no se lo han dado y no le queda más remedio que mal limpiarse buscando yerbajos. El que le apunta se mofa apremiándole y viendo como se afana. Goyo se ha manchado y al final se atreve a rogar acercarse “a ese venero de ahí” para lavarse las manos. Desde el coche sale una voz más autoritaria que ordena:
            ¡Venga, déjale!

Se lava. Vuelven a atarle. Otra humillación más, cuya impotencia impide reiniciar la conversación de los presos. El camión vira por las colgadas revueltas, en algunos momentos se embala por la pendiente. El que acompaña al conductor en la cabina sugiere que ponga una marcha más corta, a ver si van a quemar los frenos. En algunos recodos  se despeñan torrentes de agua. El vértigo, las nauseas que sienten los prisioneros no les impiden disfrutar del solemne paisaje. Pronto, cada vez menos ralos, empiezan a aparecer  pinos, castaños y prados de un verdor inconcebible en el otro lado del Puerto. Sintiendo el caluroso abrazo del Valle, ante tal magnificencia vegetal, Goyo recuerda una copla nostálgica de estos sitios:

Y al pasar el puerto El Pico

Volví la cara llorando

¡Ay los pueblos de mi Valle!

¡Qué lejos os vais quedando!

El pueblo de Cuevas del Valle tiene una fuerte tradición frutera; hay peras, naranjas, manzanas, además de olivos y vid; pero en esta época del año los higos están en sazón. Entre los preferidos, la variedad de higo morado destila por su ojo una miel de un dulzor que sobrecoge; hace levitar el paladar mientras los dientes muelen las semillas. La boca se llena de saliva al atacar este bocado, denso en los más animosos azúcares.
El coche desciende al valle y el olor dulce va sobreponiéndose al de la gasolina. Las higueras pletóricas son un reclamo que los del coche no van a ignorar; lo gritan sus estómagos.
Paran. Como niños, saltan una pared. -Aquí hay muchos, traed algo para llevarlos-. Con las hojas del periódico hacen cucuruchos en los que van recolectando. Mientras, se llenan la boca de higos reventones; los mejores,  los tocados por los pájaros.
Llega un zagal con un palo.
-¡Oigan! que estos higos tienen amo.
-Dile a su amo que esto es una guerra y que estamos dando nuestras vidas por Dios, y por La Propiedad. La Falange  lo está pagando con sangre.

El muchacho se calla. Hay mucha sangre cobrada en Cuevas.
Al llegar al pueblo los soldados nacionales, les salieron a recibir sus partidarios acusando que el día 19 de agosto los del Frente Popular se habían llevado a diez de Cuevas del Valle, que mataron en un sitio llamado Viña Esquinada.
Un oficial de caballería ordenó entonces:
            -En un pueblo tan pequeño…, diez muertos. Nadie los defendió; son culpables: ¡cuatro por cada uno!, que esta buena gente os haga una lista, y los que falten hasta cuarenta… ¡a matarrasa!  Digo más..., que si alguien quiere divertirse con alguna mujer de este pueblo, lo haga sin cuidado, que yo voy a mirar para otro sitio.

Cuarenta muertos, algunos acribillados en su propio predio; violaciones y también posterior ejecución de alguna violada. Demasiada sangre esparcida en un sitio tan pequeño.
El niño aprieta los labios. Los higos eran para Navidades. Conoce la sangre que se ha vertido. Su padre, que ha sido uno de los muertos, tampoco comerá higos este invierno.

El camión atraviesa la Calle Real de Cuevas del Valle. Los rústicos soportales serranos, los balcones pletóricos de tiestos, algunas enredaderas, dan un matiz humano apacible, acogedor entre tanta barbarie. El convoy sigue descendiendo hasta la Villa de Mombeltrán. Los de detrás del coche se zampan los higos que llevaban en los cucuruchos.
No tiréis el papel, que a lo mejor podemos vendimiar.
Mombeltrán es tierra más calurosa  y la más temprana en madurar de todo Valle. Por eso es posible que las uvas ya estén cuando menos pintonas. El coche pasa ante la prominente picota de este pueblo llamado por los lugareños “La Villa”. Las otras cuatro villas: Cuevas, Villarejo, San Esteban y Santa Cruz,  también ostentan este símbolo, aunque tienen el apellido “del Valle”  Mombeltrán no lo necesita: tiene castillo, tuvo hospital, conventos, palacios y muchos blasones de granito aún adornan sus casonas. La Villa tiene una plaza muy extendida, la Corredera, impropia de un pueblo serrano, apretado, como son sus pueblos vecinos.
Frente al Castillo de Alburquerque, está el Cuartel de la Guardia Civil donde se detiene  el convoy buscando novedades. Los presos miran los obesos cubos de la fortaleza en contraste con la panorámica de las airosas agujas del horizonte. Es un mediodía luminoso, hay gente por la calle, burros con aguaderas, mujeres que van a lavar al río, niños correteando...
  José, por entretener el tiempo, recordó en voz alta: “por el mil cuatrocientos, el señor de este Castillo, don Beltrán de la Cueva, se acostaba con la reina consorte de Enrique IV de manera tan notoria que a una hija la llamaban La Beltraneja”.
Uno del coche, lo ha oído:
            -Mu sabijondo eres tú, medicucho republicano. No escarmentaréis nunca esa boca.
 Dentro en la oficina del Cuartel, un mando militar dialoga con el jefe del convoy:
“Os lleváis a al maestro de este pueblo, que se llama Pedro; y a su hijo, que se llama Publio, que al ir a por su padre se empeñó: donde vaya mi padre voy yo.         
Os acompañan El Mariano y El Vainas; yo ya ni sé a cuantos se han cargao, seguro que ellos tampoco. No creas que pa esto vale cualquiera, si esos matoncillos de Falange que te acompañan no lo han hecho nunca.... igual, hasta se cagan o vomitan, pero de estos dos respondo, son unos fieras, bien pueden darles a los tuyos la alternativa. Verás que tampoco tienen melindres para rematar con la bayoneta; a estos no se los resucita nadie. Y luego, no tienen remordimientos: esta noche, como las demás, roncarán como cerdos”.
En cualquier bando de todas las guerras hay matarifes voluntarios, bien distribuidos por el terreno, es algo que brota sin saber de dónde; como las moscas verdes, a la mierda no le fallan.
Liando un cigarro de picadura, el militar pregunta al jefe del convoy:
-Oye, estos tíos… ¿por qué los traéis?
-Hombre, los maestros por ser maestros, ya no hace falta más explicación, la mayor parte ha entrao con la república y son de la cáscara amarga..., lo mismo que han hecho los rojos con los curas: sin más ni más. El Aparejador, además de ser de Barcelona, un día apoyó una huelga después de que se cayeran dos albañiles de un andamio.
-¿Y el médico?
            -Este médico dicen que ha dicho que el cuidado de la salud tiene que ser un derecho, que a los médicos los tendría que pagar un sueldo el gobierno y que debían atender a toda la gente. A todos, nada de pagar igualas, ni cobrar a los que no la tienen. Dice que la higiene y la buena salud de los pobres son necesarias para la salud de los ricos.
-Sí, -dice con sorna- es verdad; todos iguales…, no te jode... a ese rematadle bien que es un comunista de la peor especie.
El jefe de Mombeltrán tira la ceniza de su cigarro:
-¡Ah! si os cabe en el camión, llevaros  también al Bernardino, el carpintero. Que andamos mal de sitio en los calabozos.

El Vainas se sube a la caja del camión con los siete presos. No se inicia conversación. Goyo ve a la gente del campo que vuelve de sus labores a comer, los pámpanos están casi maduros, si no llueve en una semana habrá buen mosto, dentro de unos meses buen vino. La gente saluda con buena cara a los del camión, nadie repara en que ellos van atados. Ya están llegando a Arenas, parece que era verdad eso de la prisión en el palacio.

Él presiente que Arenas de San Pedro es muy bonito, un valle  cerrado completamente al Norte. No lo ha visto nunca pero ya sabe que tiene castillo, palacio, una torre de iglesia bien airosa y los mas afamados pinares de la provincia. Desde el palacio habrá buena vista, seguro que domina la ciudad y se  verán las montañas más altas de Gredos, seguro que son muy hermosas, sobre todo cuando las alumbre la nieve.
Pero en una curva cerrada el camión se echa a un lado. El Vainas arma el rifle, rápidamente han subido algunos falangistas del coche, y todos los que no están en la faena de desatarlos, los están encañonando.
-¡Venga abajo!, van tirando del camión a los que van desatando.
Goyo ha llegado el primero al suelo, aunque cayó de pie. Junto a los demás, le dirigen a empujones al terraplén de la curva. No se lo cree:
¡Bah! será un simulacro de fusilamiento. No son horas; lo va a escuchar toda la gente que hay en el campo. Quieren reírse de nosotros, darnos un escarmiento, otra humillación. No les voy a dar el gustazo de que me vean retorcerme. Esto es una farsa.
Goyo no llega a oír el disparo que le destroza la cabeza. Su cuerpo da espasmos involuntarios. Los músculos se contraen y se extienden en los últimos estertores reflejos, pero su conciencia se ha ido al instante; pensando que su muerte no era real, que ya no era lógica.




En las páginas 125, 126, 127, 128, 131, 139 y 234 del tomo diecinueve del libro de defunciones del Registro Civil de Mombeltrán están inscritos los fallecimientos por arma de fuego  de personas que tenían la misma profesión y  nombre de pila que los fusilados. Todos lo fueron en la cuesta de La Parra, y posteriormente he descubierto que hay más fusilados en esta saca.
 Lo demás es verídica ficción.

 No llego a comprender por qué se molestan en venir a fusilarlos tan lejos. Ocupan un camión y gastan un combustible del que no tienen que estar muy provistos (a pesar de los regalos de la Texaco al Bando de Franco). Lo único que se me ocurre es que perpetrando una matanza en esta zona tan díscola, y en un cruce de caminos, se trataba de dar un mensaje más de terror a los habitantes del Sur de la provincia de Ávila que siempre han sido más izquierdistas que los del norte y centro de esta provincia.

martes, 28 de junio de 2011

Para desmentir las noticias

que circulan sobre mi fallecimiento, después de que aparecieran en esta pantalla fotografías de penoso aspecto, unidas a una inquietante cifra de triglicéridos, vengo a dar una prueba de vida con estos dos videos que, unidos, forman la allemande BWV 997 de Juan Sebastián Bach interpretada por mí mismo esta misma mañana.