miércoles, 11 de febrero de 2015

Réditos


Réditos (por ser vos quien sois)
Vargas Llosa puede permitirse debutar en el teatro en la temporada regular de Madrid, a punto de cumplir 79 años. No dudo de que el texto, su adaptación del Decamerón,  tendrá mucha calidad, pero la gente irá –y a mí me gustaría ir- a verle a él. Independientemente de si la obra es interesante desde el punto de vista teatral y si objetivamente rinde lo que se debe esperar de una obra de teatro que se estrene en el Teatro Español de Madrid. Lo que es claro para mí es que, resulte como resulte, se llenará y la gente se hinchará a aplaudirle. Hay suficientes lectores agradecidos que garantizan ese resultado. Eso son réditos.
Lo mismo sucede con la obra que estoy leyendo El héroe discreto (2013), de la que sólo oí excelentes críticas cuando se publicó –más réditos- y que el profesor de Lengua de mi hija ha recomendado y nosotros hemos comprado a 12,95, es una segunda edición más barata que la primera pero a un precio trece veces superior al que yo compro libros(más réditos, por ser vos quién sois).
La obra para mí es entretenida y la estoy devorando gustosamente, pero lo hago como lector resabiado de una quincena de novelas del peruano, y puedo hacerlo porque tengo los réditos o recojo los frutos de lecciones o lecturas anteriores. Conozco su estilo y estoy habituado a los peruanismos, me son familiares los tics de los personajes, muchos son un compendio de bastantes novelas anteriores; conozco la biografía y parece que voy de la mano del admirado escritor. Además, también me apetece hacerle un homenaje, y con todos esos réditos de los lectores, Vargas Llosa se garantiza una edición y vuelta al ruedo. Lo mismo que en el teatro.

Cuando se está por encima del bien y del mal, cuando se es una figura del Olimpo, ya no es necesario demostrar nada nuevo, basta con recolectar los réditos. No creo que esta novela gane ningún nuevo lector de Vargas Llosa, aunque reconozco que la trama es interesante y tira de mí como lector viejo; no creo por sí misma merezca o gane lectores nuevos. Carece de la alta literatura que el autor nos ha proporcionado siempre. Es una recapitulación de novelas y personajes del  Elogio de la Madrastra, Los papeles de Don Rigoberto, todas en las que sale Lituma, La casa Verde, incluso sale el servicio militar al que un padre obliga a hacer a un hijo: de su biografía y de La Ciudad y los Perros.


Personalmente no me siento defraudado, estoy contento de contribuir: así estoy –sólo dos años después- al corriente de la última novela del Nobel a quien debo tanto. Pero es puro rédito.

lunes, 9 de febrero de 2015

REGALAZO DE LA AFICIÓN


Amo el arte, eso parece que fuera amar el arte de los creadores, pero este domingo estoy más agradecido del amor al arte de los amantes, a su pasión altruista por erigirlo, por comulgarlo con el público, para que seamos todos Zoon Politikon, el animal político de Aristóteles que se agrupa para construir activa o pasivamente el espectáculo, esa ceremonia que desemboca rompiéndose en aplauso agradecido, en el amor correspondido, algo así como el orgasmo social.

Yo sólo fui capaz de ser miembro de una coral cinco meses. Sé del sacrificio, el estudio, la ilusión, los malos rollos que tiene uno que superar para acudir sufriendo a los ensayos que conduzcan en componer un simple recital que suene más o menos bien. Pero hay gente que es mejor, más sabia, más generosa, mejor artista que nosotros, y con ambición máxima se proponen construir el mayor espectáculo del mundo, una comedia musical, que tiene no sólo canto, interpretación, coreografía, vestuario, atrezzo, luminotecnia, maquillaje, asuntos legales, transporte, logística, hotel, dinero, -bastante dinero a fondo irrecuperable-, todo sincronizado para conseguir regalar dos horas y media de un musical, cuya entrada a precio de horas de tanta gente es, sencillamente, impagable. Y la de todos aquí en Béjar fue de tres euros. Cuajó bien, emergió ese arte grande al que uno se abandona sencillamente, con el tiempo suspendido en la magia, a disfrutar.

Nosotros, los afortunados bejaranos que elegimos emplear el comienzo de la noche de ayer en ver un incierto musical, (seguramente pensando que no podía ser “ese gran musical”, sino algo muy aguado) que hacía un colegio de monjas de Sevilla. ¿Qué podía ofrecer un espectáculo cuyo programa de mano encabeza sus agradecimientos Al colegio Santa Ana de Sevilla; a su directora, la Hna. Pilar Omella y a todas las Hnas. De la Caridad de Santa Ana?. -“Qué buenas son, que nos llevan de excursión”- Sería un espectáculo monjil en el que un grupo semiparroquial,  voluntarioso que sacara sus guitarras de la funda de tela de cuadros y remedaran vagamente números del gran espectáculo.

Nada de eso. ¡Viva la Caridad de Santa Ana! que nos dio la función profesional, montada por artistas indistinguibles sobre las tablas de los profesionales; los que vimos ayer no  sólo no cobran, sino que se sostienen con su ilusión y su dinero, trozos de piel, cicatrices, callos, muertos, (en todas las catedrales de la humanidad hay muertos, yo no sé, pero imagino que en esta también los habrá habido).
El milagro de la  Caridad es el completo espectáculo artístico, seis toros seis, profesional al 100%, pero hecho con la pasión de aficionados, que nos sorprendió a los habitantes de la “ciudad estrecha” una noche en la que nos conformábamos con una faena de aliño, a ser posible no muy larga, que nos permitiera ir a ver la Gala de los Goya que pasaban por televisión a partir de las diez de la noche.  

El grupo Toma Teatro tenía casi todo, sólo faltaba la música instrumental en directo y sobraba el humo, el despilfarrador y nada caritativo humo químico que no sé como la física de estos artistas soporta, (espero que no termine produciéndole a estos aficionados una enfermedad profesional) que hacía que el público a veces tosiera, aunque no fueran esas toses aburridas que tanto abundan en la música clásica (éstas eran pura asfixia), mermaron un poco el disfrute de algunos solos.
¡Qué voces, qué interpretación, qué cuadros!, los artistas además, eran idóneos: guapos y guapas, feos el característico y el malo, graciosos y dulces los  niños prodigio..., todos no sólo con voz, memoria, afinación y aptitudes teatrales, sino además, -estoy seguro-, selectos. Imagino un universo de aspirantes y el comité de selección dudando en las pruebas sobre quién elegir entre los sobresalientes que se presentaron, estudiantes y profesores de música, sospecho, la inmensa mayoría.
Destacar: al equipo; a Jean Valjean, quizá porque oímos tanto ese nombre; pero imposible decir cual de las tres solistas femeninas era menos deliciosa; a Marius, el aseadísimo yerno ideal; al malo de Javert, el sabueso que lo hace tan bien y termina por caer tan antipático, que se lleva un rabioso aplauso popular al suicidarse; al pícaro y a su consorte... Escenografía, vestuario, composición carpintera, todo tan generoso, tan Caritativo de Santa Ana.



Tanto regalo que nos dieron y eso que eran LOS MISERABLES   

viernes, 6 de febrero de 2015

Tiempo de silencio, un clásico pendiente

El año 1964 aparte de nacer un servidor y Dracen Petrovic, Induráin y Sabonis y publicarse Rayuela, la literatura española perdió a Luis Martín Santos que vino a morir de modo prematuro como suele suceder en un en un accidente de automóvil como Albert Camus
Este libro es un clásico de los que mandaban leer en el Bachillerato. Yo sólo recuerdo un comentario de texto sobre la descripción de las chabolas que hicimos en 1º de BUP, pero nunca me obligaron a leer la obra completa. Desde entonces supe de su valor, incluso intenté leerlo. Hace poco pude comprarlo. Así que lo tenía pendiente. Estas vacaciones fue mío.
Es un libro exigente para un lector poco avisado, así que agradezco mucho que no me obligaran a leerlo prematuramente. A los 32 años, saldando cuentas, leí el Quijote con provecho. Aún no he leído La Celestina, que fue obligación que solventé como pude a los 14 años.
Este libro contiene mucha cosmología, mucha ciencia, (su autor era médico de profesión Licenciado por la Universidad de Salamanca, además), contiene no poco inglés, palabras "estirajadas" mucha digresión y una trama sórdida dibujada sólo con una fina línea. A seguirla me ayudó que haya visto dos veces la adaptación cinematográfica que se hizo en los 80 ó 90.
Pero es un libro imprescindible de la literatura en español, de la literatura universal; aunque ya no creo que en la universal se lean historias tan abigarradas, (en cualquier caso las rayuelas, los ulises...) y menos para descubrir algo que no fue bien descubierto en su tiempo. Pasa algo así con la música contemporánea, o la pintura la de los 60: eran mucho más atrevidas que la actual.
Yo recomiendo este libro publicado en 1961 porque, aunque no sea sencillo, es muy bueno.  

martes, 3 de febrero de 2015

Tres días de enero


Recuerdo vagamente que existe una película de Juan Antonio Bardem en la que se narran tres días críticos que sufrió la democracia española hacia 1980. Se juntaron atentados terroristas de ETA, ruidos de sables, (conspiraciones militares como la que cuajó en el intento de golpe de estado del 23 de febrero de 1.981) un secuestro de la Banda Grapo y la matanza de Atocha, perpetrada por utraderechistas que mataron a varios abogados y empleados de Comisiones Obreras que estaban reunidos en un despacho. Al cabo de esos días el gobierno respiró porque la policía logró solventar los secuestros y siempre se habla de la responsabilidad del Partido Comunista, con gran músculo organizativo, todavía clandestino, que se conformó con manifestarse en silencio en el entierro de sus abogados.
Hay veces, escribí aquí en noviembre de 2012 mis primeros días cuando trabajé en un juzgado de Salamanca, en los que se junta todo y uno se sumerge en una negrura de la que parece que no va a ser capaz de salir indemne.
Yo he disfrutado del resto de mis días de vacación en este enero de 2015, pero unos días antes de que las tomara se me estropeó, (se quedó bloqueado el zoom), mi querida cámara de fotografiar Fuji. Sin encarrilar todavía esta situación, el primer día de vacaciones -jueves 22, por la mañana-, perdí mis gafas bifocales que hace cinco años me costaron 450 euros, en el huerto. No fui capaz de encontrarlas a pesar de convocar la joven vista de mi hija al rastreo, pero ya no soy nadie en el exterior sin mis gafas y de anochecida decidí el día siguiente ir a encargarme otras. En ese mismo día la compañía del seguro viejo de mi automóvil me amenazó por carta con cobrarme la prima del año entero, amparándose en que debía haberles preavisado que no lo renovaba con dos meses de antelación (lo hice con mes y medio). Sin gafas, a tientas y de mal humor, no dejé por la tarde de buscar las lentes perdidas, pero no las hallé y tampoco pude trabajar a gusto en la  poda de maleza del huerto por temor a pisar las gafas. Para más INRI  se me partió el tornillo de las tijeras de podar. 
Esa noche dormí fatal, pero me levanté a las cuatro a escribir una carta a la compañía de seguros. Me satisfizo cómo había quedado la carta y, de momento, me quedé liberado del peso de la inacción.  También pude reparar chapuceramente las tijeras de podar, aunque se estropean constantemente y habré de comprar otras porque, definitivamente, tienen unas piezas desgastadas. Resultó bastante más sencillo de lo que parecía (y totalmente gratuito al estar en garantía) el enviar la cámara al servicio técnico de Fuji.  Pero lo que empezó a remontar la fatalidad fue que ese viernes pude adquirir un par de gafas por 67 euros que me parecieron tan baratas, que  además compré, por 20 € más, un suplemento de gafa de sol para poner encima de una de ellas, mi mayor sorpresa es que como decidí hacérmelas sólo “de lejos” y no bifocales, al final de la tarde tuve mis gafas nuevas.
Empezar a ver bien, es como salir de cualquier enfermedad, o de un dolor de muelas, superar una limitación tan importante. No obstante, ni con las gafas nuevas era  capaz de encontrar las viejas, seguí palpando y rebuscando, y en la desesperación llegué a pensar que como son tan ligeras, se las habría llevado una urraca. Me olvidé de ellas y seguí trabajando en otros lugares del huerto, pero en un plan de perseverancia decidí podar palmo a palmo toda la vegetación del entorno donde las perdí. Mi fe se reducía, porque no aparecieron hasta el final, prendidas en la base de un arbusto de hiedra. En aquel momento recuperé 450 euros y unas gafas bifocales que me permiten ver la televisión y mirar el mando sin tener que levantármelas como tengo que hacer con las que son exclusivamente de lejos, si no quiero hacerlo “a tientas”. Tres días perdidos en búsquedas y la desazón de creer no encontrar nunca algo tan valioso. Había momentos en los que pensaba como aquellos a los que secuestran a sus hijos, por lo menos encontrar el cadáver, es decir: pisar las gafas de una vez para olvidarlas.
Todo ello me ha retrasado mis proyectos vacacionales, que eran, aparte de limpiar el huerto, iniciar seriamente una novela, e ir al dentista para lo cual la merma de presencia de ánimo que me supusieron esos contratiempos han hecho que lo deje, para mejor ocasión. Debo hacerlo, pero... un poco más adelante.
Y en esto, se me acaban las vacaciones.


La vida es perder el tiempo. Algo se aprende, y el escribirlo, como estoy haciendo yo ahora, ayuda a saber que, entre la zozobra y las pérdidas, se aprendieron cosas. (Aunque haya que perder tres cuartos de hora más como acabo de hacer ahora mismo yo).   

martes, 27 de enero de 2015

Volvoreta Wenceslao Fernández Flórez

Amo a este literato y ya he dado cuenta de ello en dos libros anteriores, El Malvado Caravel y El Bosque Animado. No es menos buena esta juvenil obra.
En ella está el nihilismo humildista que ya recogí en otra cita. Para él el género humano no es casi nada y toda gloria es vana. Creo que murió en el año 64 cuando yo iba a nacer. Prometo leer todos los libros que caigan en mis manos. Tendréis noticia de ello, pero ahora disfrutad. 

El gris del mar brillaba ahora herido de soslayo por las últimas luces de la tarde. Después se tornaría más oscuro y opaco; simularía en su quietud como una llanura donde los pies podrían asentarse y andar. Y la noche tendría también esos misteriosos matices que luce el mar bajo la suave claridad de los astros. 
Las montañas de la opuesta orilla iban sumergiéndose lentamente en sombras. La eterna y vieja belleza del crepúsculo, suavemente tamizado por las nubes, se mostraba una día más con su sencillez inmutable. Y los humildes hombres de la playa caminaron hacia su embarcación. El hijo del ahogado saludó, riente, y Sergio pensó en lo extraño de aquella risa, cuando entre las aguas que iba a surcar el mozo vagaba aún el hinchado cadáver del padre, esperando ser arrojado un día a cualquier playa, sin ojos, con los labios comidos por los cangrejos, con el vientre deforme... sin embargo era así y debía ser así...
En aquella hora de paz, atalayando los montes y el mar la curva línea de la gándara, imbuido por la gigantesca solemnidad de las cosas, Sergio tuvo un atisbo de comprensión: comprendió la pequeñez del cadáver marinero, invisible, perdido entre las aguas con la misma indiferencia que el del delfín; comprendió la naturalidad del amor... ¿por qué torturarse complicándolo con morbosidades? Para la muerte y para el amor, para las miserias que sabemos miserias y para las miserias que creemos grandezas, la Naturaleza tiene el mismo gesto dulce, la misma mirada candorosa de Volvoreta, la misma misteriosa tranquilidad. Las  fuentes brotan para los labios; del mantillo que forman en el bosque las hojas caídas y muertas se nutren árboles nuevos... Y todo en una gran placidez inmutable.

Estos viejos axiomas se insinuaron en el alma de Sergio, y la idea de su egocentrismo se diluyó y sintió un gran bien en advertirse ligado sutilmente a los montes, al mar, a las rocas, al río, a las nubes oscuras, como átomos de una obra gigantesca, de oscuro significado, en la cual sus sentimientos y voliciones eran como el estallido de una burbujita en el mar.

viernes, 23 de enero de 2015

La lealtad del General Rojo

He perdido la foto que tenía hecha de la portada por eso pongo un enlace de una entrevista aunque cometan la falta de conocimiento que es poner Mayalde con "ll"
http://www.laopinioncoruna.es/contraportada/2010/06/22/jorge-martinez-reverte-militares-deberian-reconocer-herencia-general-rojo/395750.html

Estoy leyendo un libro incompleto de esta figura, editado por Jorge Reverte en el año 2011. Recoge escritos de un escrupuloso militar profesional, que a pesar de ser católico y políticamente centrado, -aunque él no lo diga -, debía ser de las pocas personas de "centro" que hubiera entonces, no se sublevó el 18 de julio con la mayoría de sus compañeros. Su actitud no fue por querencias políticas sino por fidelidad a  a la palabra dada o a las instituciones democráticas, que había en la España de 1.936.
No sé si es porque todos siempre deben salir favorecidos en las autobiografías, porque siempre se aprovechan para justificar lo que se hizo, dejando en evidencia lo que otros hicieron u omitieron, pero a mí, este hombre me convence. España estaba en buenas manos si hubiera habido mucha gente así.

Los otros militares querían ser importantes, se habían sentido importantes en las guerras de África, y querían que España se gobernara como sus cuarteles. Se dejaron querer, excitar, por los partidos fascistoides y decidieron dar un golpe de mano.
No sólo era la Falange o las JONS, hasta la CEDA de Gil Robles era una derecha que tenía marcados tics fascistas: sus juventudes las JAP exhortaban al líder máximo como "EL Jefe". El signo de los tiempos, la revolución rusa radicalizó a los fascismos.

Lamentablemente, hubo militares leales como Rojo, que defendieron la legalidad y por ello en lugar de haber habido 2.000  ó 3.000  muertos y unos cuantos millares de presos, (lo que hubiera sido un golpe de estado medianamente cruento), hubo una guerra que causó casi medio millón de muertos y otros tantos entre encarcelados lisiados, añadidos a mucha destrucción, mucho exilio y muchos años interminables de autoritarismo oscuro, cuyas secuelas perduran en la forma de ser española.

Rojo y otros militares, no obstante, tenemos que reconocer que hicieron lo que tenían que hacer: organizarse y luchar defendiendo la legalidad frente a los insurrectos.

Rojo es un militar hasta la médula, en esta obra se duele amargamente del asesinato que en algunos buques de guerra que realizó la marinería de ideología republicana de los oficiales al mando de los barcos que se querían sumar al golpe. Se duele también de que un general italiano, invadiendo Guadalajara, llamara a los republicanos que se le oponen "aventureros desalmados". Con los italianos se despacha a gusto y  no se sujeta  de criticar. Lo hace profesionalmente y con argumentos sobre aquella operación prepotente que tan mal les salió a los fascistas. Señala, por ejemplo, que eran muy simples las encriptaciones de sus comunicaciones "secretas" y que los servicios de escucha republicanos enseguida los descifraban y adivinaban el golpe.

Rojo a pesar de su corporativismo militar, siempre que viene a cuento aprovecha para reivindicar por su nombre a los militares que se mantuvieron leales, se ve impresionado por cómo funciona la defensa de Madrid en manos de un ejército popular que se estaba improvisando, cómo se fortalecía el músculo de la resistencia. Es la única parte del libro en la que se le ve apasionado. El resto es una descripción muy analítica no sólo de los aspectos militares, también de las causas muy bien templadas. Aunque el libro, sin duda, refleja una madurez que se tiene 20 años después de los hechos, cuando el autor va a justificar lo más importante e histórico de una vida, que ya rinde sus últimos años.
El libro es muy recomendable y no es extraño que yo manejara la 6ª edición

lunes, 19 de enero de 2015

DOMINGO 2015


Hoy domingo 18 de enero volvía de por el pan pensando en el periódico que hace mucho que no llevo. Durante muchos domingos compré El País porque era un aliciente y una manera de cerrar y abrir la semana, recapitulando y fijando las noticias, aderezadas con unos análisis sesudos (parteros socráticos de propio pensamiento elaborado) historias de investigación, entrevistas, deportes, y la final, artículos reflexión de alta calidad literaria.
Hace más de 30 años que empecé esto que duró, con muy pocas discontinuidades, veinticinco años. Yo siempre lo he bajado a comprar, había tanto que leer que quería empezar cuanto antes para no contraer la deuda de arrastrarlo el principio de semana. En los años 82 y siguientes  lo hice en mi piso de estudiante compartiendo las diferentes secciones que se separaban fácilmente con los compañeros. Después, cuando volví a mi casa, con mi padre; más tarde, yo mismo, con mi mujer. No sé, pero creo que la causa es que antes el periódico daba mucho por poco dinero y ahora da mucho menos por más. Supongo que lo básico es que tengo demasiados libros comprados a un euro sin leer en mi casa y es un déficit de tiempo que ya no me permite emplear gozosamente cuatro horas de lectura sin pensar culpablemente en la obligación de dar justicia a aquellos libros de segunda mano que compro a un euro.
Aunque ya no necesitaría cuatro horas, ahora viene un contenido mucho menor, casi nada de publicidad y las promociones ya hace tiempo que no son atractivas: en los 25 años  seguí bastantes colecciones que encuaderné y luego otras cosas. Tampoco me interesa tanto, creo que esto es porque me hago viejo y escéptico, diseccionar la actualidad. Y ya no me interesan casi nada los deportes, que con tanta calidad literaria trataban.
El caso es que hoy pienso fijamente en Manuel Vicent, cuya columna final yo leía siempre  la primera, de pie, andando, cuando de vuelta con la barra de pan en el sobaco y agarrando como podía el resto del papelaje, la consumía con una mezcla de ávido placer y de obligación dominical de origen religioso.
De escritura etérea y muy mediterránea,  no solía entrar casi nunca en la actualidad rabiosa y resultaba como un masaje estético y ético. Uno se imaginaba a aquel señor libando palabras por las alturas, con limpísima ropa de lino blanco y un sombrero de paja, descalzo, sentado en una mecedora de mimbre en una amplia una terraza que daba a un sol marinado, cerca un cesto lleno de frutas... oliendo a olivos. Cuajando esa excrecencia melífera que, cristalizada, nos ofrecía a los lectores. Todo caro y lujoso.
Ya no puede ser así. Probablemente Vicent sigue firmando el mismo hermoso artículo, pero ahora ya El País no tira dos millones de ejemplares cada domingo. No me molesto en calcular que no llegará una décima parte de eso; muchos menos lectores, porque yo nunca he leído en la versión electrónica a este escritor, no tengo internet y  el lunes no sería capaz de columpiarme dos minutos con su esteticismo. Creo que cuando tenga internet en casa tampoco lo leeré, cuando leo algo en electrónico no me cala igual que si lo leo en papel, y en este caso me parece necesaria esta cualidad osmótica.
Seguro que muchos españoles (con lo que por, peso específico, puedo afirmar que los españoles en general)  somos más pobres, más cutres, menos sensibles; porque hemos dejado de tener las periódicas referencias culturales y estéticas.  Seguramente las había análogas en otros periódicos. También pienso en Javier Marías, un gran reflexionador, más actual, con mayor recorrido de caracteres, en la página final de la revista de El País Semanal, cuyos argumentos la gente hacía suyos casi siempre sin citarle. Ahora, las referencias son acontecimientos virales como perros que se mean artísticamente haciendo equilibrios sobre las dos patas delanteras, gente que grita o se declara el selfie de Obama con la cara mosqueada de su mujer. (Me voy ahora a esto que debió de ser hace un año y yo pienso en la primera ministra danesa que  se convirtió viralmente para siempre en “la que se hizo el selfie con Obama”.)

¡Qué diferencia! Nunca fuimos el país culto que merecíamos por lengua, literatura y teatro. Ahora andamos perdidos por el universo, sin nutricias referencias leyendo sólo los titulares de periódicos y rebotando tonterías graciosas que nos llegan. Sin tener más análisis que los simplistas que proporcionan las radios -nunca la reflexión oral se acerca a la solvencia intelectual de la escrita-  o el titular que dan los políticos para sus seguidores en los acontecimientos artificiales que montan para llenar la actualidad del fin de semana.

Lo peor es que sigo acumulando déficit de lectura, y de relectura, que también me apetecería ya. Voy a acabar de escribir, porque ya son las 11 y 29.