viernes, 28 de noviembre de 2025

Vivir en el cuento.

 La Dordoña tiene sitios donde es prescindible parar, pero si uno no elige la autopista, ¿cómo no bañarse de belleza y armonía, restauración, jardinería, cuidados? En un tiempo todo sería agrícola, habría gallinas, y ocas, animales de tiro, carros, herreros, leñas apiladas. Pero aquel domingo por la tarde durante otro chapuzón de belleza -creo que no vimos a nadie más que a nosotros mismos boquiabiertos con la cámara acumulando colores y formas y texturas...- sucedió como la música clásica de autores "menores": hay mucha y muy buena y toda ella reclama que la reconozcamos y amemos, porque se hizo con oficio y buen gusto para el goce de los sentidos.

Solo sobra una señal de tráfico y el cartel que está detrás y disimular el asfalto reciente. Podemos comenzar a rodar una película de época.
Y esas laboriosísimas piedrecitas del tejado, y esos remates escultóricos en la cornisa que se hicieron para ser mirados e identificados, pero solo podemos fotografiarlos e irnos. No somos justos con todo lo que los franceses construyeron y reconstruyen para nuestros ojos.
¿Quién vivirá aquí? ¿Quién tiene obligación de mantenerlo? ¿Cómo de aburrida es la armonía? ¿Qué sentirá la gente que anda todos los días por este pequeño pueblo? ¿Qué pensarán de los turistas boquiabiertos, avariciosos de llevárselo todo en su cámara? ¿Tiene sentido la vida corriente entre tanta belleza excepcional?


Pues el sitio no viene en nuestro mapa Michelín de carreteras, y mi mujer no apuntó el nombre, y nuestra memoria no es comparable a la de nuestros teléfonos. Solo sé que está muy cerca de Montignac que es donde íbamos a dormir para ver el día siguiente las instalaciones de la gruta de Lascaux.


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