Leo una vieja novela, La Sotana, de Rodrigo Rubio. Aunque no sea tan vieja de tiempo, -tiene cuatro años menos que yo, para mí es muy vieja-, es porque estoy alejado de los curas, de las iglesias, de las parroquias; desde los catorce o quince años y lo contemplo como algo periclitado, irresucitable, remoto en mi vida.
Antes, en mi pueblo iba a misa, porque era lo que había que hacer, porque me mandaban mis padres, porque allí estaban todos mis amigos, y también todas las chicas que podía haber en el pueblo. Hubiera sido mucha rebeldía (además de pecado mortal) no ir. De pequeños nos sentábamos los niños y las niñas adelante, en los primeros bancos. Compartíamos la salida de misa y los encuentros que podían propiciarse. La iglesia era el centro absoluto del domingo, que era el día capital de la semana: una vez recuerdo que tiraron desde arriba panfletos reivindicatorios; era la transición política y social y el lugar donde estaba todo el mundo reunido.
Por otro lado, lo que decía el cura en su sermón a veces se comentaba, porque amonestaba alguna actitud o a algunas personas, sin nombrarlas salvo cuando se metió con Camilo Sexto por cantar la canción "quiero saber, quiero saber.. seÑor...." Claro que eso era una comunidad, una parroquia: un rebaño regido por un pastor, un líder religioso que tenía un altar para expresarse y los demás, callados, le escuchábamos.
Pero a mis 14 años mi familia se fue a vivir a Ávila, una capital con más de treinta mil habitantes en 1979, donde no había una única iglesia, ni siquiera una única misa en cada iglesia como en mi pueblo. Y mucha gente andaba por la calle mientras se decían misas en las iglesias. Desapareció el control, yo no tenía rebaño, nunca pertenecí a ninguna parroquia, aunque los primeros años me seguían haciendo ir a misa con mis padres, íbamos a la iglesia de La Santa, edificada en el solar donde estaba la casa de Santa Teresa, donde a veces coincidíamos con el presidente Adolfo Suárez, era una iglesia como con más clase y siempre escuchábamos la misa de pie, porque a esa hora siempre estaba llena y nosotros no llegábamos lo suficientemente pronto como para coger sitio sentados. Yo hubiera debido ser de la parroquia de San Juan, que fue donde tomó la primera comunión mi hermana pequeña, pero pocas veces fui, quizá solo en la misa de su comunión.
La sotana me adentra en el mundo de un cura posconciliar que no tiene claro si debe abandonar esta prenda y todo el respeto y el testimonio que lleva consigo. Habla también de que los rebaños de católicos se desperdigan y que su propio hermano y su mujer poco a poco fueron atrasándose en los bancos de su parroquia hasta que han terminado de desaparecer. Cuenta de los niños que le rodean, de las catequesis, de las pesadas beatas, de las confesiones que recibe. Le emocionan, por su escasez ya en 1.968, las pocas confesiones de hombres adultos como él, que recibe.
Como entro en muchas iglesias francesas he observado lo que recuerdo ahora en la lectura que era una parroquia, "dejad que los niños se acerquen a mí". Los franceses, que son bastante católicos y tienen bastantes niños, todavía lo practican y cuidan la "cantera". Con ayuda de esta novela y aquellas imágenes he penetrado otra vez en ese mundo, y es porque conocí a gente en Ávila que tenía parroquia, y catequesis juntos los chicos con las chicas, y grupos de música, y de teatro, donde se formaban muchas parejas cristianas, y se hacían novios yendo a misa juntos y saliendo a pasear endomingados después de la misa mayor, cogidos de la mano hasta el centro de la ciudad a comer pasteles o compartir una bolsa de pipas.
bancos corridos en la primera fila para los niños en una monumental iglesia francesa de las que visitamos. Ésta fue en Châteaudum.decoración de una capilla infantil para cuidar a los corderitos del rebaño, la cantera de cristianos reproductivos.
Estas fotos son de una parroquia de Orleans. Me conmovió, y fotografié para vosotros el niño que ama en su pequeñez de corazoncitos a Cristo que es el amor de corazones más grandes.
Aquello que no viví murió en mí hace cuarenta y cinco años, pero es un mundo que soy capaz de reconstruir en mi cabeza con imágenes y con esta lectura; y lo hago con más fidelidad que una novela de Galdós o una policiaca de Raymond Chandler, porque he respirado el ambiente y he conocido a la gente.
La reflexión sociológica que sigue es que los rebaños son instrumento útil para prolongar la especie: las parroquias donde se juntan niños que se hacen novios y se multiplican o, al menos, se prolongan. En España queda muy poco de eso.
Una manera de parroquia de izquierdas son las manifestaciones, o las excursiones culturales o campestres, donde se suelen llevar los pocos niños que hay, pero seguramente son menos productivas que las parroquias; los rebaños, lo antiguo, eso que aún vive en los sitios vivos y que yo echo de menos porque me remite a una remota y rozada adolescencia.
Acaso fuera el futuro que perdió mi generación en España, tan rala de hijos, tan güera de nietos.




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