Aunque habíamos salido con tiempo de Agén, nos entretuvimos lo que debimos en la "bastide" de Tournon. Preferíamos buscar las luces de Cahors, el meandro del querido río Lot, pero las cosas empezaron a torcerse y a retorcerse.
De pronto, quizá no quedaran más de treinta kilómetros, nos salió un desvío; parecía que sería de poca cosa, pero sentimos que lo de mucha. El tiempo es relativo a los sentimientos, y la inquietud lo hace más agobiante. Preciosas carreteras locales las francesas, cuanto más viradas más preciosas, pero cuando se echa la noche encima, especialmente en zonas arboladas ya hay que mirar únicamente donde apuntan los faros, a la carretera; mejor si está negrita y tiene rayas recién pintadas, pero estos desvíos no las tenían, luego era precisa más atención a la seguridad. A medida que cae la noche a uno, a dos, nos asalta el pensamiento de que los hoteles pequeños cierran por no mantener el personal, porque además no tienen fe en que haya por ahí cronopios que resuelven al final de la tarde dónde dormir. Los porteros de los hoteles te dan un código para que entres tú por tu cuenta y se van a su casa, la habitación que hubiere se queda sin vender y nosotros a dormir en el coche. Ese pensamiento ahonda, porque el desvío no te devuelve a la carretera recta, sino a otra más desviada ¿Dónde está Cahors? y ya es noche cerrada. Intentamos encontrar una "chambre d'Hôtel", que es lo que en España se llama casa rural, que estaba anunciada en uno de los pueblos que atravesamos, pero estaba ocupada este sábado. Su dueño, amabilísimo, hizo para nosotros alguna gestión por teléfono, pero tampoco; no nos quedaba otra que seguir un tortuoso camino hacia Cahors, que no terminaba de aparecer. Para colmo yo conduzco despacio y en un momento se me acopló una ristra de coches que conocían mejor esa carretera virada, y difícil para los adelantamientos. Uno trata de, no matándose, tampoco entorpecer y airar a sus seguidores, y procura no pensar en los juramentos que puedan estar mascullando, "este viejo, español, con un coche barato, ¡quítate de la carretera so inútil!". No soy capaz de traducir estas expresiones al francés ni tampoco estoy seguro de que se produjeran, pero soy considerado y considero esta opción.
Por fin llegamos a Cahors, y apuntamos al centro, sin ninguna duda y sin pensar; noche cerrada y ningún problema de presión para encontrar aparcamiento. Según nos adentrábamos mi mujer vio un luminoso cartel "HOTEL", había que aparcar por allí cerca, pero no se podía, entonces nos encontramos un corte para una carrera pedestre y hasta que no hubieron pasado los atletas no nos volvieron a abrir el paso a los coches. Al poco vimos el precioso Pont de Valentré y un lugar para aparcar con abundantes sitios vacíos frente al río.
Inmediatamente volvimos andando hacia el hotel que habíamos visto. Nos volvieron a cortar mientras pasaban grupos de atletas. La chica encargada de esa vigilancia y control resultó ser natural de Cartagena, aunque llevaba desde pequeña aquí, nos dijo que en Cahors había pocos hoteles.
En el Hotel de cuatro estrellas que habíamos visto no quedaban habitaciones, los franceses tienen una expresión un poco exagerada para estos casos "je suis desolé": estoy desolado, no será la misma desolación que en España; la que se siente desolada en estos casos en mi mujer que no quiere que durmamos en el coche, -yo tampoco, más por ella que por mí-, pero no me produce tanta desolación como a ella, que le pidió un mapa y el hotelero, muy gentil, nos señaló en él todos los hoteles, aunque nos contó de las pocas probabilidades de aquella noche porque era sábado y la carrera pedestre había traído a muchos corredores de fuera para darse el gustazo de correr en un sitio tan bonito.
No es aquí donde dormimos, ni tampoco es nuestro coche (ya lo sabéis), buscamos, -obviamente-, sitios menos iluminados: pongo esta foto para expresar desolación.Fuimos a otro hotel y nos dijeron que "complet", también muy amable el gordito que lo atendía, se puso a buscar por internet para nosotros; yo lo di por perdido, porque eso ya lo habíamos intentado, pero ella siguió -además hablándole en español- tratando de que consiguiera una solución a su desolación.
-Mira, no es la primera vez ni la última, vamos a dar una vuelta, a disfrutar de esta hermosa ciudad y mañana lo hacemos mejor- dije yo cuando salimos de este segundo hotel. Aún así mi mujer sigue sin ver monumentos, tan solo quiere escrutar posibilidades de habitación.
Volvimos a ver el reloj de bolas, muchas hermosas calles conocidas, un antiguo hospital con una parte de arquitectura de vanguardia, la catedral..., la explanada de Gambetta donde se entregaban los premios con los voceros cantando dorsales y animando a la gente a aplaudir, porque todavía estaban las calles cortadas para los rezagados y para los rezagadísimos. (Lo siento, creí que habíamos hecho fotos de la fiesta y la celebración, con puestos de los patrocinadores etc. así que no os las puedo poner)
Para mí se trataba de calmarnos y de cansarnos para que el sueño nos viniera cuanto antes, porque en un coche con los asientos delanteros bajados sobre los traseros, se dan muy mal las vueltas: mejor casi ni intentarlo, en cualquier caso no hacerlo mucho, por consideración a la partenaire, que podría interrumpir su sueño intranquilo, trabajosamente labrado.
Aquí os dejo fotos del paseo nocturno donde descubrimos un aperitivo de iluminación variable de fachada de catedral que, días después se haría grandísimo espectáculo en la catedral de Chartres.
Esta estatua que ya fotografiamos el año pasado de un hombre-mujer también tiene cara de desolación.














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