martes, 10 de marzo de 2026

"Hania" de Henryk Sienkiewicz

 Encantadora novela romántico-juvenil que me retrotrae a las lucubraciones y galanterías de mis dieciséis a diecinueve años. Entonces el amor -o más bien el enamoramiento- era como una partida de ajedrez en mi cabeza, (pero sin saber jugar científicamente, aunque con desmesurado interés en interpretar cada avance o retroceso).

Celos, contracelos y recelos, creencias de que cada gesto o ausencia de él tenía un significado transcendental; yo tenía urgencias por ser convalidado por cualquiera, pero prefería mejor conseguir el amor inmortal con beso THE END. 

Me encuentro a los 61 años y medio en medio de la lectura de esta novela corta como estuve en medio de historias y fantasías que pasaron por mi cabeza sin llegar nunca a las yemas de mis dedos. (Y pasaba para mí y para otros, pues todos éramos confidentes y teníamos similares laberintos).

Luego el amor verdadero fue otra cosa, que evolucionó, desnudándose de dibujos, de pamplinas y de recovecos. Llevo cuarenta y un años de novio con mi mujer.

Ahora leo el libro desde la sabiduría de lo que era el amor una relación duradera de confianza y mucha vida: angustias, alegrías, triunfos, descubrimientos, fracasos compartidos, patrimonio común... y claro que me parecen estúpidos los lances de honor, los duelos, las ofensas fingidas, el orgullo... pero también me pregunto qué me hubiera enseñado este libro a mis diecisiete, porque lo hubiera leído de otra manera, tomando partido, o sorbiéndolo. ¿Quién sabe? a lo mejor me hubiera adelantado los tres años que necesitaba de maduración.



Claro que echo de menos tener diecisiete años atontolinados, vírgenes, ilusos. Nada de aquello tendría el sentido que tuvo sabiendo lo que sé hoy, todo lo que desaproveché y todo el tiempo que desperdicié en quimeras y en chicas que no valían la pena, aunque entonces era el "todo". Ahora en la lectura revuela mi cabeza a esos tiempos ridículos, ignorantes, patéticos. Creo que no me llega a "escocer" el pasado, pero tampoco estoy seguro de ello.




A mis sesenta y un años y medio a veces me pregunto por qué sigo pensando lo que pienso de personas que conocí solo hasta los veinte años, (o hasta los dieciséis o hasta los catorce) si yo he cambiado tanto de opinión y de certezas..., y es porque pienso que esas personas que entonces me "cayeron tan bien", que ahora pensarán lo mismo que pienso yo, -que sé que les caía bien, algunos fueron amigos- o aquellas personas que entonces me cayeron tan mal, que fueron "enemigos" ahora puede que me las encontrara y coincidiera con ellas en casi todo.

Por ejemplo, durante muchos años yo voté al PSOE y despreciaba a todos los políticos y periodistas de derechas y ahora me pasa aproximadamente lo contrario; sin embargo me refugio en pensar en mis amigos y "enemigos" de entonces, con una fidelidad y una confianza que no tienen sentido, pues el mundo y los partidos y las certezas e incertezas, han cambiado tantísimo en estas décadas.

Lo peor de todo es que mirando mis arrugas y mi calva, lo que me cuesta subir las escaleras de mi casa, mis insomnios y dolores de espalda, todas mis impotencias..., parece que algún demiurgo me ha estafado en la vida y ahora solo me queda caminar o reptar hacia el penoso final. 


Olvidé contaros que este autor polaco, premio Nobel en 1905, es muy famoso por su novela "Quo Vadis" de la que suelen poner película en semana santa, que nunca he visto entera. Porque entera solo he visto "Ben Hur" y fue porque la he visto en cine, y "La Vida de Brian", porque era obligatoria ya que todo el mundo se reía con ella y contaba sus "gags".

Las películas de semana santa tienen el defecto de ser muy largas y que más o menos conoces el final. En relación con la novela Hania, no sé cómo acabará, que era la gracia de la juventud de la que he estado escribiendo hoy. 

Si todos hubiéramos sabido el final la vida habría sido todavía más anodina.

No hay comentarios:

Publicar un comentario