Os contaré que al final de la novelita "Hania" de Henryk Sienkiewitz hay un duelo. En el siglo XIX hay montones de duelos en la literatura. Estúpida forma de resolver temas de amor o de cuernos: el honor era machista, testosterónico, de embestidas con un órgano como la cabeza, que debería servir para razonar.
Creo conocer que en la historia de mi pueblo hubo peleas por mujeres y los que triunfaron se casaron con la objeto de la disputa; objeto, digo bien.
En algún momento de este blog he escrito que yo aprendí el sexo de los perros, que antes lo conseguían después de derrotar en duelo singular a los competidores; nos gustaban las peleas de los perros a los niños, aunque salieran heridos. No he visto en directo pelear a otros animales, había solo un gallo en cada gallinero, y había un solo semental para todas las marranas que quisieran criar. De mi generación no sé que haya habido peleas por mujeres. Puede que en algunas agarradas estuviera el tema de trasfondo pero directamente no llegó a suceder que yo me haya enterado. En los años ochenta las muchachas ya trasnochaban, y se permitían muchas cosas, que ahora a mí no me caben en la cabeza, como las baladas de bailes agarrados en las que uno podía tener una erección. Quedó una canción: "Bailar pegados: es bailar" pero eso no era bailar, era rozarse y girar muy poquito, la música no tenía relieve, no se necesitaba para su fin.
Pero volvamos a las luchas: en mi larga trayectoria de juzgados de lo penal, he notificado autos de procesamiento por violencia machista, aunque el expediente más fuerte que he visto fue el asesinato de una mujer mayor a su marido a finales del siglo pasado, que terminó con una herramienta de podar olivos llamada azolijo, clavado en la cabeza como Trotski con aquel piolet de Ramón Mercader. Pero aquello no fue un duelo.
El único duelo femenino que recuerdo, y el último que notifiqué su auto de apertura de juicio oral, fue en la segunda década de este siglo. Una pelea entre chicas por un chico en una fiesta, que degeneró en tumulto. No olvidaré la cara de la hermana mayor que se metió a defender a su hermana pequeña que es la que había iniciado la pelea contra la nueva novia de su antiguo "maromo". El cabreo de esta hermana mayor, que además era estudiante universitaria, al recibir la notificación fue tremendo hacia su hermanita peleona y a mí me tocó ver solo el principio.
Os aclararé que un auto de apertura de juicio oral, es que se va a ir a juicio: que ya hay que gastarse dinero en abogados y que seguramente habrá que pagar daños (suele haber un parte de lesiones, y el hospital que prestó el servicio sanitario reclamará además el coste de la atención recibida por la lesionada, que no es barato) luego están los días de impedimento por baja que da el forense, la multa, los costes de abogados propios y los costes de abogados ajenos si se produce la condena en costas. Salen muy caras las rabietas y los malos perderes en el amor. El que pega paga.
Luego hay que tener en cuenta de que el que arregla las cosas pegando puede que termine, en los infinitos conflictos de una convivencia marital, queriendo resolver o dejándose arrastrar por esas pulsiones tan poco deportivas. La violencia es muy peligrosa, me pregunto cuántos accidentes de tráfico se habrán producido por un ataque de violencia transmitido al acelerador, cuántos accidentes domésticos o laborales habrán tenido esta causa, y por supuesto la violencia doméstica típica, un 95% producida del hombre a la mujer, porque es el más fuerte, el que ha visto películas más violentas, el que ha tenido más peleas de chico...
En el último atentado a Trump, parece que el magnicida se dedicaba a elaborar juegos informáticos violentos, que puede que sea el sucedáneo actual de las peleas de perros que yo me entretenía en presenciar en mi niñez...
Aunque yo no he salido violento.
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