Este año cumpliré 62 años y ya me los apunté el uno de enero. Quizá sea una forma de apremiarme a vivir porque ya descuento casi nueve meses que me quedan por vivir hasta mi muerte a los 85, por poner una buena cifra. El secreto de mi vida debe ser tratar de vivirla intensamente, de llenar cada día de conocimientos o de inversión en bienestar, en cuidar mi imagen, en reflexionar, en inventar historias y apuntarlas.
Aparecen días malos, contratiempos, dolores, pequeñas catástrofes, errores: pérdidas del tiempo bueno de vivir en sufrimientos o en preocupaciones. Mi experiencia me dice que estas cosas pasan en los dos sentidos: que tienen que ocurrir, aparecer, estadísticamente; y que el tiempo -aún- las diluye y las supera.
Que no soy viejo todavía, que la salud se mantiene y se recupera; llegará un momento en que habrá que resignarse a la impotencia o al dolor crónico. Pero aún no, aunque me adelanta mucha gente andando, -con el vigor que he tenido yo siempre para dar pasos- y además, sospecho que la gente con la que me cruzo ve un sesentón, y las chicas guapas ni me miran, como hacía entonces yo con las mujeres de sesenta años.
Lo bueno de la vida es la experiencia compensadora, la que ayuda a regular la ira y la impaciencia. Confieso que quisiera haber vivido más, pero también confieso que he vivido lo más importante, lo fundamental, y algunas cositas singulares; no debo quejarme.
También mi experiencia me enseña a morigerar la euforia. Hay muchos días en los que todo sale muy bien, y además contemplo a mi alrededor todo lo que tengo. Entonces me podría venir muy arriba, pero trato de apaciguarme, de templarme. Ya soy medio sordo, no oigo bien los agudos, tengo que poner mucha atención en donde dejo las llaves, la cartera o el teléfono... y vendrán días peores, porque los mejores pasaron.
Aunque aún tengo bellas fotos del año pasado, poco después de cumplir 61 años.
Yo me conformo.




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