Hoy es el día de Santiago (25 de agosto) y estoy leyendo la novela del premio nobel islandés Halldor K. Lakness La base atómica. Cuenta en primera persona la historia de una chica joven de pueblo que va a servir de criada a la capital.
Vivía en mí una vida especial que apenas podía controlar aunque la llamara mía. Si me besaban o no, la boca de un hombre es un beso o al menos la mitad de un beso.
Todos los días de Santiago suele venirme a la memoria que esa noche de 1983 encontré la primera mitad de mi beso. Se me ofreció más bien ella, girándose hacia mí con los labios apretados. Por supuesto, no era su primera vez. Fui muy torpe; luego cuando cogí confianza y me enseñó a besar, se rió de mí imitando lo que hice en ese primer beso. Yo quería meter la lengua porque lo había oído. Para mí, ya con experiencia, los besos ricos son solo de labios, en los que termina por circular una corriente de electricidad de manso voltaje.
Fue la primera vez que besaba a alguien no para saludar, recibir o despedir; era puro placer verdadero, ilícito, vicioso, adictivo. Los besos no se cuentan, afortunadamente cuando una chica se quiere dejar besar hay una generosidad compartida por encima de los números. Al día siguiente pude besar sus pechos desnudos, a discreción, me pareció increíble que me despachara ese banquete simplemente quitándose el sujetador. Fue, como aquel primer mítico beso, un avance inesperado, un regalo que tampoco me atreví a sospechar. El Capitán Trueno no llegó nunca a besar los pechos de su Sigrid: eran novios y todavía tenían que dormir en tiendas o en camarotes separados.
Pero no voy a ser pornográfico, ella, un amor de verano que había aparecido en mi vida esa misma tarde, tenía en su boca la mitad del beso que a mí me hacía tanta falta a mis dieciocho años. Me proporcionó la autoestima, la realización, la convalidación de mi hombría: podía ser un hombre querido. Aunque luego he sabido que había varias chicas enamoradas de mí, eran un poco más jovencitas y de mi pueblo; otra categoría menos apreciable, no como esta aparecida que llegó de la comunidad valenciana y tenía casi mi edad.
Por supuesto que me enamoré de ella. Por mucho menos me hubiera enamorado de cualquiera, porque era y quizá todavía soy enamoradizo (aunque no ejerciente, solo para la fantasía).
Me gustan las mujeres, sus curvas, sus sonrisas, sus labios cargados de la mitad de un beso.
POSDATA. No me había dado cuenta de que también fue la noche de Santiago y casi sin compromiso, le pasó a Lorca, o fantaseó que le pasaba en su celebérrimo Romance de la casada infiel.
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