Estos días se recuerdan los treinta años. Mi novia obtuvo un trabajo por un mes en Salamanca y creo que cuando llegamos a arrendar una habitación la Guardia Civil liberaba al funcionario de prisiones José Antonio Ortega Lara, capturando a sus secuestradores. Pocos días después, enrabietados, los terroristas secuestraron a este pobre chico y dieron un plazo de tres días para que el gobierno acercara a todos los presos a las cárceles vascongadas.
Era tal la injusticia del órdago que la sociedad, imagino que conducida por los medios de comunicación, (yo por entonces oía la SER y compraba El País) originó una catarsis de emociones y un deseo de esta vez "hacer algo". Estoy casi seguro de que era sábado. No nos podíamos quedar en el piso y por la mañana fuimos a la Plaza Mayor, no sé cuánto tiempo estuvimos ahí quietos, religiosamente, pero sentimos que era importante estar haciéndolo.
Nos he buscado en la foto pero no nos encuentro. En algún momento fuimos parte en esa hermosa plaza, de ese corazón que latía generosamente, esperanzados, echando un pulso.
Después de comer volvimos allí. No estábamos a gusto en ningún otro lugar. Además, el plazo iba a vencer. Creo que el plazo venció y no había noticias de que lo hubieran matado, porque había gente con transistores y audífonos, creímos que habíamos ganado, que no lo iban a matar, que no podían ser tan inhumanos, pero quizá media hora después alguien comunicó la noticia de que había aparecido con un tiro en la cabeza, (y también de que aún vivía), pero murió.
Después vendría el atentado de las Torres Gemelas, el terrorismo en su máxima expresión, suicidas, verdaderamente aterradores, consigo y con todos los demás: esos que han conseguido que en el mundo tengamos que perder mucho más tiempo en esperar a tomar un avión para que nos revisen bien.
El terrorismo de ETA se convirtió en una cosa gili, de juguete; siguieron matando, rompiendo treguas, pero desde aquella tarde estaban muertos, eran zombis, habían perdido. La cabeza reventada de un joven que decidió dar un paso contra ellos apuntándose de concejal con el PP los salpicó definitivamente y los corroyó.
Aquella familia perdió a un hijo y a un hermano, la novia que tenía habrá rehecho su vida y puede que tenga hijos que no hubieran nacido sin ese crimen. Pero los hijos de ese muchacho tampoco nacieron nunca.
Lo enterraron en Ermua y los filoetarras se iban a cagar a su tumba; les estorbaba ese símbolo que tenían tan a mano. Al final la familia se tuvo que llevar los restos del muchacho a enterrar definitivamente en paz al pueblo gallego de sus padres.
¡Vergüenza!
Vergüenza que el gobierno de España se apoye en esta gentuza que asesinó. Recuerdo el apoyo incondicional de Otegui la noche de las últimas elecciones.
¡Vergüenza! Menos mal que existe el recuerdo, la memoria democrática.

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