Hace unos días escribí sobre los "disgustos" . Cuánto dolor e insomnio, cuánto odio, que es una energía destructiva, (sobre todo autodestructiva) pasa por nuestras cabezas a lo largo de la vida, cuánta parálisis de felicidad, atenazamiento, frustración, hasta fantasías criminales.
Nada de esto alivia, sino que enferma: lo necesario de la vida es mecerse en un sueño placentero, envuelto en felicidad, lo que viene a ser la paz. No sé si paz puede tener algo que ver con pacer, una tranquilidad de herbívoro frente a un prado verde y extenso; esas vacas que después de comer veinticinco kilos de hierba se acuestan a rumiarla. Qué distinto de la angustia de los carnívoros furtivos que han de acosar y matar para devorar en pocos minutos las proteínas y grasas que ha de llevarse en su cuerpo antes de que vengan otros carnívoros, o les descubra el hombre.
Paz o placidez, que también es pariente semántico, es lo que necesitamos todos los días para dormir que viene a ser renacer a través de la fantasía y el descanso. El tormento del malvivir, la guerra agarrándose dentro de uno es también impaciencia, (no sé qué tenga que ver la paz con la paciencia, y con el pacer, pero ahí está la medicina mejor, elevarse en la ingrávida felicidad, mecerse, creerse amado, admirado, rodeado de bondad. Puede ser que eso sea el aburrido cielo, un mundo sin noticias, puro placer que no empalaga, un nirvana; lo que buscan los que toman opiáceos (según me han dicho algunos que lo probaron brevemente).
Recuerdo los cólicos de mi hija con pocos días de vida. No olvidaré aquel pasillo de aquella casa de Salamanca donde vivíamos cuando nació. En ese momento yo andaba con ella en brazos, -ahí me quedé sordo- era horrible la guerra de chillidos que vivía su cuerpecito recién nacido, y solo cabía entretenerla andando, tratar de calmarla ¿sería que extrañaba el cielo de donde venía, el claustro materno, con su temperatura constante y su alimento perfecto?. Creo que nadie que no haya sido padre puede entender lo que son aquellos días de aguante.
Porque todo se olvida, la vida, o la muerte de ese experimento de sensaciones que es un dolor de muelas, una gripe angustiosa, un dolor de riñones (para mear y no echar gota), el dolor de una torcedura de tobillo, de una quemadura... todas esas guerras corporales son sanadas por la paz del tiempo que restaura y yo ahora mismo puedo evocarlos pero no revivirlos.
Todo en la vida se va, los desamores, el ruido, las heridas. Es asombrosa la capacidad del cuerpo de recuperarse físicamente, de lograr la paz después de la guerra. Lo mismo le sucede a la humanidad: hace 90 años España era odiosamente guerracivilista, y se mataba y se destruía el patrimonio de los otros y el de todos.
Mientras hay fuerza para vivir se puede salir adelante. España, por ejemplo, es hoy uno de los países más pacíficos y seguros para estar. Hace 90 años era un infierno irresoluble, parecíamos un pueblo irremediable.
Claro que quedan enfermedades sociales como el nacionalismo de Berriozar o de esos lugares donde se ha tratado de boicotear e impedir la alegría de reunirse para celebrar la españolidad de la selección de futbol. Siempre hay que estar atento a la salud, también a la paz.
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