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miércoles, 22 de agosto de 2012

Viaje a Cataluña. Por el Segre, por la Segarra.


Hace cuatro años preguntaba yo a Valentín González Blázquez, (uno de los pocos combatientes de la guerra civil en el Barranco de las Cinco Villas con quien pude hablar), por Zósimo Morales y me dijo:



Fue a dar la vida en el Segre, y con él cayeron:  Abel del Arco,  Antonio “el Oruga” que se había hecho cabo, y el hijo de Don José el Maestro, del que no me acuerdo su nombre.



río Segre a su paso por Balaguer

Fueron cuatro muertos de San Esteban del Valle, los que mi grabadora rescató de la memoria nonagenaria de Valentín González. Al entrar en la localidad leridana de Balaguer vi correr el río Segre y quise sentir la presencia telúrica de estos barranqueños. Volví a sentirla en los recuerdos escritos de las hoy demolidas torretas de vigilancia que hubo en las murallas medievales de Balaguer durante la Guerra Civil.
Fachada y portada de la Universidad de Cervera. Curiosamente este imponente edificio fue un "regalo" que hicieron los borbones en el siglo XVIII a la ciudad de Cervera por apoyar su causa, frente al resto de Cataluña que tomó partido por los Austrias que eran centralistas. De esta época de la Guerra de Sucesión viene la destrucción de la catedral de Lleida/Lérida y el himno catalán "els segadors". Hoy Cervera es uno de los sitios más antipaticamente nacionalistas de Cataluña.


Cervera, unos kilómetros más adelante en la Cataluña Profunda, fue retaguardia de esa batalla y tuvo instalado el Hospital de Sangre en el edificio de su Universidad. Allí estaba este panel. En la Cataluña Profunda no hallamos nada escrito en español, pero se debería poder encontrar la verdad aunque fuera sólo en catalán, que no es tan difícil para nosotros que la buscamos.





Nada de eso, los cuatro de San Esteban que dieron la vida en el Segre no existen para estos catalanes de hoy que se enorgullecen de su lucha contra el fascismo o el franquismo. No creo que en el Hospital de Sangre de Cervera se desangraran sólo catalanes, ni que en el Registro Civil de Cervera (que es la fuente de estas cifras) se apuntaran más que catalanes de la Segarra; porque no imagino que entonces los catalanes republicanos, auxiliados por muchos otros españoles que murieron luchando en su tierra, fueran tan negacionistas como ahora.

De lo que estoy seguro es que, en cualquier caso, las sangres de los que murieron solidariamente luchando codo con codo en la Segarra, eran igual de rojas, igual de antifascistas; iguales a las de sus camaradas de otras partes de España y del extranjero que se vertieron en la misma trinchera.

En su día habría aquí en la Segarra homenajes a los caídos en el bando nacional que también derramaron su sangre en el Segre. No sé si lo he escrito alguna vez aquí pero yo defiendo que debería permanecer también su memoria, como a los que mandaron fusilar las autoridades o los incontrolados republicanos, que también hubo.

Pero (uno siempre está con los más débiles) reclamo la de estos pobrecitos: el teniente Zósimo Morales, Abel del Arco, el cabo Antonio “el Oruga”, y el olvidado nombre del hijo de Don José, el Maestro. Incluso me hubiera servido que en el panel se hubiera puesto, otros muertos del Estado Español, pero ni eso.

Fuisteis a caer en una tierra, ahora de nacionalismo excluyente, que os quiere ignorar hasta como carne de cañón.







PD. Hubo bastantes catalanes que lucharon en el bando franquista, no sólo los que desde emisoras de radio invitaban en su idioma a la deserción de los catalanes republicanos. Se agruparon en el Tercio de Montserrat. Entre ellos estaba, lo he visto este año en la revista musical Scherzo, Xavier Monsalvatge, que se pasó al principio de la guerra al bando nacional. No sé si este extraordinario músico, autor de las famosísimas cinco canciones negras huyó temeroso de la barbarie anarquista que se apoderó de Barcelona, o porque era católico piadoso, o peor aún, porque fuera uno de tantos jóvenes ilustrados que se fascinaron con el falangismo de José Antonio Primo de Rivera.

Es difícil que esta verdad se estudie y menos se airee o se recuerde, desde la Cataluña oficial.


lunes, 26 de marzo de 2012

Una necrológica urgente.

El pasado sábado, en Ávila, vimos una estupenda exposición de escultura de Nacho Martín, natural de San Esteban del Valle y taurófilo, de los que se arriman.
http://deltoroalinfinito.blogspot.com.es/2012/03/escultura-exposicion-nacho-martin-en.html
La exposición "transmite" como dicen los taurinos. Le felicitamos y le pregunté mostrándole una grabación de un poema recitado por Valentín González Blázquez y me dio la noticia: Murió hace mes y medio, habiendo cumplido o a punto de cumplir 99 años, nació el día de San Valentín.
Me dejó de un aire la noticia. Me siento importante, por haberle conocido y aprendido de él.

miércoles, 8 de junio de 2011

Víctimas de la Guerra Civil: Isidoro Rey

Historia de la familia de Isidoro Rey “Pijeta” fallecido en 2009.

Muchas familias son marcadas por el carisma del primogénito. La virtud del hijo mayor de Virgilio Rey Yestera, era la fortaleza física. Cuentan de él en Villarejo del Valle hazañas hercúleas como mover enormes piedras o levantar costales con una mano, que motivaron que a este muchacho recién regresado de Francia se le conociera como “brazohierro”
Máximo Rey “el Francés” “el boxeador” o “brazohierro”, había hecho sus combates de boxeo en Francia todos ganados por K.O. de manera que ya tenía un “patrón” (así me ha dicho su hermano Isidoro que se llamaba su representante, y me gusta más que “manager”) que quería encauzarle en esa profesión.
Precisamente fueron los temores de la madre hacia las consecuencias de este deporte y el pretexto de recibir una pequeña herencia hicieron que  los Rey retornaran de Francia a Villarejo para alejar a su hijo mayor de este deporte tan brutal, sin sospechar que escaparon hacia algo mucho menos saludable que el boxeo: la guerra. Pero es que también, el pequeño,  Isidoro, se estaba aficionando a eso de dar puñetazos en el ring. Como a todos los retornados del extranjero, las estructuras sociales del Valle y de España en general les resultaban caducas, depositaron sus esperanzas en la República como instrumento político para superarlas. Así Virgilio Rey, el padre de los hermanos boxeadores, entró a formar parte de la gestora nombrada en Villarejo por el Frente Popular en mazo de 1936.
 Una vez que llegaron las armas de Madrid en defensa de la República,  “Brazohierro” fue a luchar al Puerto del Pico. Allí le recuerda como “el boxeador”, Valentín González, de San Esteban del Valle. Su hermano Isidoro, siempre empecinado en seguir los pasos del hermano mayor, se escapó de Villarejo al puerto para luchar "contra los fascistas", pero no le dejaron empuñar un fusil porque sólo tenía 16 años, y además no había armas para todos. Isidoro recuerda al líder de las milicias del Puerto del Pico: Quintín, un Guardia de Asalto que estaba casado con una mujer de la villa de Mombeltrán.
La caballería de Monasterio dio hacia el 4 de septiembre, el empujón necesario para desmoralizar a los milicianos y junto con muchos otros de Villarejo del Valle, el joven Isidoro huyó a Arenas de San Pedro, la cabecera de comarca, que fue tomada casi al unísono por las fuerzas de Monasterio y las africanas de Yagüe, produciéndose el encuentro de los ejércitos nacionales del Norte y del Sur. Allí quedaron embolsados algunos republicanos que no quisieron o no pudieron retirarse hacia Madrid para continuar su lucha. Brazohierro se salvó por este camino y siguió peleando.

Tomada Arenas de San Pedro, habían comenzado los fusilamientos masivos en la zona. El mozalbete Isidoro presenció una escena que recordó vivamente para mí:
Se encontraba en la Posada del Sordo, que estaba en la Plaza de las Monjas. Allí estaba el famoso asesino “Quinientos uno” (1) y  cerca había varias mujeres llorando y gritando desconsoladas por interceder o por saber el destino de sus maridos o hijos. Salió “Quinientos Uno” y preguntó por alguien de Villarejo, que se les había escapado. Era el “Deme”. Sucedía que entre los 38 hombres que fusilaron ese día en la cuesta de la Parra, uno se le quedó vivo y pasó un carretero y le recogió y dio cuenta para que fueran a buscarlo. Hacia allí se dirigían los fusileros de “quinientos uno” pero en esos momentos apareció una unidad de las fuerzas de Monasterio y hubo una confusión y dispararon al grupo de 501 y esa aprovechó el Deme para escapar.
Volvía Isidoro con otros de su pueblo por la peligrosa cuesta de la Parra donde tantos fusilamientos se hicieron (2)  y fueron detenidos por otros soldados que les dieron el alto.
-Estos muchachos son rojos que al ver nuestras fuerzas, se han escapado para Arenas y ahora quieren volver a su pueblo.
Discutían sobre si fusilarlos o no. Isidoro pensó que de esa no salía.
Afortunadamente algún militar recordó que los frailes del convento de San Pedro de Arenas, primero habían sido escondidos en Villarejo y después fueron pasados por gentes de Villarejo al "otro lado" por senderos de en medio de la Sierra que sólo los villarejeros conocían bien.
Ese detalle les salvó.
-¡Venga, seguir pa vuestro pueblo!.

Isidoro Rey, el joven a quien a sus 16 años en el 36 no dejaron marcharse con los republicanos, los nacionales le obligan a entrar en guerra luchando para ellos.
Con el uniforme nacional acaba la guerra en Madrid. Siempre tuvo presente que su hermano se fue con los republicanos y confiando en que estuviera vivo, buscando se entera de que está en una cárcel de Alcalá de Henares. Isidoro no tenía ni una perra chica. Y se montó en un tren de mercancías, me dice que tardó tres horas en llegar a Alcalá. Allí pregunta por la cárcel. Un hombre con dos muletas (parece que le estoy viendo) le indica, pero al llegar a ese sitio le dicen que eso es una cárcel de mujeres. Es por ese motivo que anocheciendo ya, llega a la prisión donde está su hermano, que al parecer era una donde tenían sólo a oficiales.
Ha llegado tarde y le dicen que ya no se podía entrar, que ya no eran horas. ¿Y qué hago yo, que no tengo dinero?
-Pues si quieres, puedes quedarte a dormir aquí en el cuerpo de guardia de la cárcel. Y allí compartieron la cena con él y durmió, acomodándose entre ellos en esa pequeña dependencia.
Son actitudes de otros tiempos. Hoy sabemos que eso no sucedería. Nadie, de nuestros coetáneos españoles, lo ha pasado tan mal como aquella generación. Hoy tenemos demasiados miramientos higiénicos, de intimidad, de autosuficiencia, pero la gente de la guerra  estaba acostumbrada a dormir al raso, a compartir el calor humano, sus pedos y sus miedos, sus despertares angustiados, Una solidaridad en la desgracia que nosotros sólo podemos intentar comprender.

A la mañana siguiente los presos salían a cagar.
Fue a buscar a su hermano, pasó en un grupo y cómo estaría de delgado y demacrado que no le acertó a ver. Pregunto un preso ¿no está aquí Máximo Rey? Y le señaló. Entonces los dos hermanos se vieron y se abrazaron “de manera que no he abrazado a nadie en mi vida, ni antes ni después”
-¿Qué te han hecho Máximo?
-“Me pegan palizas, Isidoro, pero me tienen que atar. Te juro que si no me ataran no eran capaces ni de arrimarse a mí”.
Allí preso, estaba uno de Navarrevisca apellidado Matamoros, que había sido comisario político y le tenían incomunicado. Estaba preocupado porque su familia no sabía de él y le dio una carta a Isidoro para que la echara al correo. Menos mal que no se les ocurrió cachearme, si no de allí no salgo, me la jugué por hacer un favor. Luego lo he pensao. Esas cosas sólo se hacen en la guerra, jugártela por nada.
Y al regresar a Madrid cuanto tuvo dinero, puso un sello y la echó a un buzón.

Isidoro Rey, que todavía tenía que cumplir el servicio militar después de haber hecho gran parte de la guerra, se negó a pegar a ningún preso.
Pero tuvo que fusilar. Fue en Cuenca. No salían voluntarios.
Recuerda que en un grupo venía al paredón una mujer apoyada en su muleta, y se la tiró al pelotón, aunque no llegó a alcanzarles
- “¡tomad! para los fascistas inválidos” “tengo un hijo en Méjico que me vengará”
Isidoro me jura que siempre apuntó por encima de la cabeza de los condenados.





(1) este hombre, apellidado Vadillo, natural de Poyales del Hoyo era el matarife oficial de la zona de Arenas, Poyales y Candeleda. Le imputaban (o se autoimputaba) haber fusilado a 501 rojos, lo cual era una cifra exageradísima. Este hombre, pequeño de estatura, es un mito cuya arbitraria brutalidad le llevó incluso a ser encarcelado, un pequeño periodo de tiempo, por los nacionales.
(2) fusilaron, que yo sepa, a tres hombres de Cuevas del Valle

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Una marcha guerrera




Gabé a Valentín González Blázquez cantando esta marcha guerrera:


Hombro con hombro
¡camarada!, más firme el paso
para libertar a tu hermano
!con el puño en alto¡.

Ya las jarcas* retroceden
¡muera Alemania sangrando!
¡rueda por tierra el fascismo!
¡¡¡muera!!!
al pie del proletariado.

*Las jarcas son las unidades marroquíes.

Se llama Valentín González.

Nada que ver con "El Campesino" que fue un famoso líder con perilla, que tuvo el ejército popular republicano. Valentín, aunque en la guerra estuvo de cartero, es mucho más valiente.
Nuestro Valentín González nació el día de San Valentín de 1912 ó 1913 en San Esteban del Valle. Espero que esté vivo. Hasta hace 2 años sembraba su huerto. Cuando le conocí sólo tenía un defecto: estaba casi completamente sordo.
En 1936 trabajaba de peón caminero en la carretera de Serranillos.
La guerra había comenzado. Primero, el golpe secundado por la Guardia Civil de Arenas de San Pedro, que cambió el ayuntamiento democrático de San Esteban el 22 de julio. Después, la llegada de los rojos desde Madrid que reocuparon el Valle y prepararon un frente en el Puerto de el Pico. Eso fue a primeros de agosto. Ya nadie pagaba a los camineros. Empezaron las incautaciones de los comercios y los primeros asesinatos. El 19 de agosto, un grupo de rojos de Santa Cruz del Valle mató a dos hermanos de San Esteban, jóvenes, y a otro hombre más mayor, Avelino, por error, y porque trató de huir.
El 22 de agosto, sus compañeros camineros, sabiendo que no iban a cobrar, le sugerían que fueran todos a luchar "al Puerto". Allí, al menos, se comía. Estaban sacrificando las vacas de los prados de montaña que pastaban en aquellos altos. Él se negó por dos veces, pero luego se unió a sus compañeros. Seguramente pesó el saber que en el pueblo habían matado gente. "Eso no está bien". Si al final se veían metidos en la guerra, por lo menos, que fuera de frente. Mientras se dirigían al puerto del Pico, Valentín miró hacia una piedra y se dijo: "no vamos a un baile". Aquella noche hizo su primera guardia junto a unos compañeros de Cuevas del Valle. Días después, participó en una escaramuza; entonces montó en coche por primera vez.
El día cuatro de setiembre de madrugada vio que los nacionales se acercaban. Tiró entero un cargador de cinco balas hacia los atacantes, pero las fuerzas del coronel Monasterio seguían avanzando. Viéndose copados, con varios compañeros decidió retirarse directamente hacia Arenas de San Pedro. Bajaron por "el Pellejo". Uno no podía seguir y se quedó por el camino. No tengo muy claro si murió de un tiro o despeñado.
No quiso ir a San Esteban del Valle. "Al pueblo no se podía ir a na bueno". Algunos de los que sí fueron aprovecharon para matar a cuatro personas.
Luego, de derrota en derrota, con balazo en la Casa de Campo incluído, una operación y vuelta al frente ahora en Levante, hasta la derrota final. Cuando volvió al pueblo estuvo algún día en el calabozo, por un detalle que me guardo para el libro, pero no se metieron más con él.
"Con mi vida se haría una novela cojonudísima" Me cantó canciones y me contó más detalles de una vida, larga, ancha y dura. Estoy de acuerdo. Tengo más de una hora de conversación, y en mi libro tendrá, al menos, un par de folios. He querido seguir hablando con él. La última vez que llamé a su puerta, su yerno me dijo: "no está". Pero me mintió; antes de llamar yo había oido la bandurria de Valentín. Este hombre, a sus 96 años, todavía se entretenía rascando las cuerdas. Pero, al estar sordo, no puede afinarlas y suena fatal.
Me contó que cuando se despierta por la noche se pone a contar los muertos de la guerra. Va de arriba a abajo, de barrio en barrio, de casa en casa..., y así, a veces, se duerme.