Me pasa esto con la Highsmith. Hago trampa.
Ella consigue conmoverme y me atrapa en la lectura haciéndome presa de un personaje, de una criatura suya que, sea estúpido o malvado, me va a hacer sufrir. A veces me parece que respiro entrecortado, hasta me salto palabras y frases, porque me meto dentro. Sigo leyendo Ese dulce mal, y en la página 129 ya me ha metido en tremendos líos, me tiene entrampado; pero como yo también soy un tramposo sé desde el principio que el libro tiene 300 páginas, ¡que aún me quedan 161 de sufrimiento con este personaje!
Me tiemblan las piernas, pero no voy a dejarlo, ahí está mi parte masoquista. La Highsmith era muy melómana: en este libro sale hasta Wozzeck, una ópera de Alban Berg, pero también Mozart Schubert Brahms Beethoven. En otra novela ponen un disco de Andrés Segovia, creo que todo esto lo hace para engatusar más a lectores como yo. Me gustaría haber escuchado música con ella, quizá hasta hubiera tomado un whisky y fumado un cigarro para que el placer fuera más compartido (aunque por haber sido mis borracheras de whisky, no puedo soportar ni verlo. Mi amigo Grillo me regaló una botella de su bebida preferida y la guardé para alguna ocasión, hasta que años después se la llevó mi hija a su piso de estudiantes en Salamanca: una amiga suya cada vez que iba a verla le decía que si todavía tenía aquel whisky tan bueno, y acabaron con ella -perdona Miguel-)
No sé qué hará esta diablesa de Patricia H. conmigo en las próximas 161 páginas. Necesito llegar al ecuador del libro: a la 150, aunque la narración haya empezado por la 7. Un libro tiene que ser muy malo para que yo lo abandone una vez haber pasado el ecuador de sus páginas, y todos los de la Highsmith son buenos.
Ahora necesitaba pararme y alcanzar el sosiego. Escribir, escribiros, me conforta, me satisface como si fuera un trabajo hecho, algo merecedor de una recompensa.
Ahora seguiré sufriendo, observad cómo comienza:
Eran los celos lo que le impedía conciliar el sueño y lo que le obligó a abandonar la cama - sábanas y mantas en confuso revoltijo- y la oscura y silenciosa pensión, para salir a caminar por las calles.
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