Creo que mis lectores lo tenéis que saber: soy bueno, generoso, de buenos sentimientos. Me lo han reconocido siempre; además se me nota en la cara y en los ademanes, por si fuera poco soy simpático, me hago querer, hago favores, para guinda del pastel la gente me pregunta cómo ir a los sitios, soy solvente en estas contestaciones y me disgusto y reexamino cuando no he sido capaz de mostrar claramente el buen camino.
¿Y por qué confieso esta evidencia ahora a vosotros, que ya lo sabéis, acaso me lo confieso a mí mismo, que siempre lo supe?
Hace un año andábamos de viaje por la ciudad de Guadalajara (ya os lo contaré pero es que, por variar, colé este larguísimo viaje a Francia, ya que llevaba muchos viajes por España seguidos) (soy tan bueno que necesito explicarme ¿verdad?)
Bien, andábamos cerca de la Concatedral de Guadalajara y estaba cerrada. Cerca hay un monumento funerario visitable, que a mí no me interesaba mucho y al que costaba dos euros entrar. Mi mujer entró y de esa manera lo veríamos los dos a través de sus fotos y así me ahorraba ese par de euros.
Me senté a la sombra de unas techumbres que rodean la Concatedral (os aclararé que las capitales de provincia españolas que no tienen catedral, como Cáceres ,que depende de Coria, o Soria, que depende del Burgo de Osma, o Guadalajara que es gobernada eclesiásticamente por el obispado de Sigüenza, tienen una iglesia capital que suele ser la más grande y céntrica y se llama "concatedral")
Bien, sentado yo allí se me acercó un niño deficiente, a enseñarme un juguete que le habían comprado, y yo le hice caso. Tendría doce o catorce años y no hablaba, sus padres estaban un poco alejados con un hijo más pequeño que estaba bien. El deficiente se acercó y sus padres nos miraban de reojo, para que no sintieran que me molestaba mucho o por si yo tenía una relación mala hacia el muchacho. Fui bueno, atento, le dije cosas y como que me entendía y le gustaba que se las dijera, volvía a ofrecerme su juguete, quería regalármelo y yo seguía tratándole bien (la verdad es que sabía que pronto vendría mi mujer y me rescataría) porque no me disgustaba estar simpatizando con él en ese tiempo muerto. Después se acercaron sus padres me saludaron me agradecieron y yo me despedí del muchacho que también, como nosotros, estaba pasando el día allí con sus padres.
Entonces se acercó un hombre mayor a darme conversación, sin duda había estado observando mi bondad. Tardé en darme cuenta, porque, aunque vestía de negro, yo estaba sentado y no le veía el alzacuellos, de que era un cura. Para mí que quiso recompensarme con su conversación. Más tarde me dijo que tenía 95 años y que era de Molina de Aragón, lugar donde hemos estado, -hicimos noche-, entonces inmediatamente calculé y le pregunté por sus recuerdos de la guerra, (Molina cayó en zona republicana) y me dijo que miraban a los aviones que pasaban para distinguir si eran de los nacionales o de los republicanos, él tenía once años entonces. Mi mujer vino y se incorporó a esta conversación que se animaba, le alabé su salud y su oído, creo que me mostró que tenía un audífono, y aclaró que le era necesario, porque se dedicaba a confesar a la gente, porque ya no daba misas, pero ayudaba en lo que podía. Le comenté que hacía menos de una hora había tenido un encontronazo con un cura sudamericano que se dirigió a mí de malas maneras en otra parroquia que estaba abierta, porque yo me había acercado a fotografiar algún destrozo o lista de asesinados de la Guerra Civil. Este hombre me dijo que no le conocía pero que en esa parroquia pasan cosas raras. Nos comentó también sobre su salud de que había tenido cinco operaciones, una de ellas de próstata, y recordé que por internet nos recomiendan a los viejos tener actividad sexual, o al menos masturbatoria, porque es bueno para la próstata; y claro, este hombre no lo debió practicar. Nos dijo que se dirigía a abrir la concatedral y que esperáramos un poco; que él se metería por una puerta pequeña y luego, desde dentro, correría el tranco de la grande, nos recomendó que viéramos una capilla moderna. Le pedí que me dejara hacerle una foto, no por nada más que recordar esa buena conversación cuando la viera.
Después nos abrió y la verdad es que no encontramos nada interesante en la concatedral: había sido saqueada de lo original y lo nuevo no nos pareció de interés, pero sí le vi en su puesto de trabajo y entonces le pedí un retrato que me concedió y salió así de bien.
Las buenas personas solemos reconocernos, sinceramente. Antes de hacer la foto me comentó que es que se quedaba frío toda la tarde aquí sentado. Creo que corresponde a una manta eléctrica el interruptor y los cables que tiene a la izquierda en la foto.
Pienso que si volviera a encontrarle me atrevería a preguntarle por generalidades de este oficio: lo que habrán cambiado las cosas en los últimos setenta años en ese puesto. Lo que se ha debido de aprender en un sitio así para aconsejar y resolver en la medida de lo posible; como delegado de Dios, nada menos.
Rompo un secreto para confesar que me hubiera gustado dar muchos puñetazos y partir los morros a mucha gente y pienso que en esto me ha influido la oración de persignarse
ResponderEliminargracias por el comentario, que se relaciona con una entrada de hace pocos días.
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