Cuando estás harto de que llueva y cuando se empecina tanto en continuar parece que nunca dejará de hacerlo, que viviremos eternamente sumidos en la grisura y la impotencia de no poder salir de casa sin calarnos, de comenzar a oler la asechanza de una gotera los que vivimos arriba del todo, o la capilaridad de las humedades los que viven a ras de suelo.
Yo pido sol para que los árboles empiecen a dar frutos: espero cerezas pronto, y albaricoques, y frambuesas, también las ciruelas no deberían tardar, después las peras y por último, las manzanas.
No he hablado de los melocotones, cuyas hojas, este año, como otros que llovió mucho, se arrugan y se ponen anaranjadas por un hongo, si no les corre bien el aire y el calor en primavera.
Tiempo llegará de las grandes sequedades, de las olas de calor, de los temores de incendio, de las peleas por el riego; y también parecerán inacabables.
Los sabios ancestrales se preocupaban mucho más que nosotros por el cielo, miraban el movimiento de las estrellas y después inventaron los calendarios: era importantísimo prever la anual inundación del Nilo, pero también cuándo sembrar, ya fueran los cereales de otoño, como las hortalizas de primavera. Inventaron el calendario y le pusieron festividades de santos para jalonarlo.
Pienso ahora en las pobres mujeres gallegas, que no supieran nunca cuándo lavar, porque ignoraran siempre cuándo se secaría la ropa que tendieran, si es que encontraban un hueco de claridad para hacerlo.
También es una lata, estropea el sueño y termina volviendo loca a la gente, el viento: le dan ventoleras decían; sobre todo si el aire viene del Este, el aire solano.
Pues en lo que escribí esto, se paró la lluvia, ahora extraño el repiqueteo en las tejas y en el silencio escucho los acúfenos dentro de mi oído; hasta se ha colado un rayo de sol por la ventana, pero enseguida las nubes lo han vuelto a tapar.
¡Qué poca paciencia tenemos los hombres! enseguida hablamos de diluvios, por eso nos hicieron recordar que hubo cuarenta días y cuarenta noches, y la pertinaz sequía de que hablaba Franco, una palabra que siempre estará relacionada con él. Como resilencia con el actual Pedro Sánchez.
No puedo bajar al huerto porque todas las briznas de hierba que veis me están esperando para darme un lametón e introducirse en la parte de abajo de mis pantalones, y, sobre todo, para perforar mi calzado calándome hasta el último hilo de cada calcetín.


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