Creo que, como al Mediterráneo, hay que redescubrir el teatro clásico, al menos una vez al año. Nuestro teatro del siglo de oro es verdaderamente necesario, su lenguaje, sus temas, su gracia, su raíz en la cultura popular española, son providenciales; hijo de una crisis, -nos lo contaron tantas veces en las clases de literatura e historia-, apareció esplendoroso a denunciar, a actualizar los valores eternos de lo español y de lo universal. Las calles de nuestras ciudades están llenas de sus nombres, algunas estaciones de metro de Madrid.., sin embargo parece que por desconocimiento actualmente no es algo que llegue a la mayoría del público, y la gente “ya que sale poco” prefiere asegurarse yendo a un musical.
Ron La La, nos ofrece todo en uno, lo
clásico, lo popular, lo actual...y el musical. Porque es un musical: un musical
español con los justos medios, (como no puede ser actualmente de otra manera)
económico-logísitcos para poder venirse a Salamanca una noche de sábado y traernos una música eficaz, en directo, con
bailes y cantes, y polifonía, y ritmo, mucho ritmo, tan vivo que requiere del
espectador la atención permanente. Nos llevan en volandas. Este espectáculo
está pensado para una minoría culta y muy avisada, aunque todos los que lo
vieren –independientemente de su nivel cultural- saldrán satisfechos y
preguntándose ¿por qué no nos alimentamos más del clásico?
Aparece la crisis, -el juego es un
paralelismo-, la corrupción: estamos en el XVII lo mismo que en el XXI, y el
final inculca un mensaje positivo: dentro de un par de siglos la gente habrá
entrado en otra gran crisis, y entonces se dará cuenta que unos años atrás
había otra cosa: bonanza y despilfarro. O sea que se habría salido de ésta,
luego es posible.
El mundo es así: un eterno retorno.
Uno vuelve a casa –en nuestro caso al coche,
ya que teníamos que regresar de Salamanca a Béjar- con el ritmo del verso y con
el prurito de exprimir gracia e ingenio en el habla. Si los españoles
bebiéramos más siglo de oro hablaríamos mejor, diciendo las palabras
justas, sin tópicos, ni tantos vacuos hablares por hablar. Los clásicos
funcionan; la República de Azaña lo supo: ahí estuvieron las Misiones
Pedagógicas y “la Barraca” de Federico García Lorca, con gran éxito, llevándolo
por toda nuestra geografía. Si al pueblo le devuelves lo que es suyo, lo
quiere. (Claro que hoy habría que encerrarlos, secuestrarlos, para que
prestaran atención).
A mí también, y gracias a la perseverancia de
Pilar, mi mujer, que me obligó a llevarnos a Salamanca (y a mí a ir por sexto
día consecutivo), se me dio el regalo de disfrutar de este espectáculo tan
maravilloso, tan total.
Total; porque el teatro actualmente gana en
espectacularidad al cine, y es por su interactividad, -raro es el montaje en el
que los actores no atraviesan “la cuarta pared” e implican al público-. Ayer
como público fuimos muchas cosas, entre otras, un eco acusador, cuyas gracias
nos hacían ir descubriendo entre nuestras propias risas cómplices.
La música.- Me quedo con el conocimiento
musical de los cinco actores que había en escena; jóvenes sobradamente
preparados en todos los palos del arte, recitado de verso y prosa, baile,
despliegue físico, dos excelentes guitarristas, que sabían tocar hasta sin
brazos y con los pies, y muchas percusiones, cajón, bongós, bombo, un flautín,
un piano, y el canto polifónico y también de cantautor.
http://ronlalaweb.blogspot.com.es/
Ron La La: una actualización de lo eterno.
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