sábado, 7 de noviembre de 2026

Accidente mortal.

 El pasado jueves, recién anochecido, venía de Salamanca hacia Béjar por la autovía, Maxi. Una autovía es el camino más seguro para conducir después de una autopista. La cuestión de las autovías es que tienen múltiples entradas y salidas -integran mejor el territorio, dicen los políticos- pero también es un problema porque más fácilmente puede entrar cualquiera confundido.

Voy a pensar que eso le pasó a una chica de 20 años, que se confundió y entró por el carril contrario. También podría haber elegido ser una kamikaze y matarse chocando contra quien le tocara en suerte. El caso es que le tocó en suerte a Maxi, que tenía un año más que yo (63) y vendría confiado, como vamos todos en una autovía, en que no se iba a encontrar a nadie de frente. Incluso aunque haya visto las luces venir, lo más fácil es pensar que circulará por los carriles que corresponden a su sentido. Yo he hecho seguramente un centenar de veces ese recorrido de noche; a partir de ahora cada vez que lo haga pensaré en este hombre, que conocía muy bien de vista, porque tiene un hijo de un año o un par de años mayor que la mía y hemos coincidido en los parques, en muchos teatrillos y espectáculos infantiles mientras nos tocó. Incluso una vez echamos un partidillo de baloncesto en una canasta mi hija y yo contra su hijo y él. Desde entonces nos saludábamos; después traté profesionalmente con él en los juzgados y alguna vez paramos a hablar por la calle y en el Mercadona (que es donde te encuentras a la gente de Béjar y comarca).

Un choque tremendo, los dos coches dados la vuelta. Maxi, al parecer, murió en el acto. La chica está grave en el hospital de Salamanca.

El viernes por la mañana no se hablaba de otra cosa en Béjar, esta mañana de sábado, según andaba yo a comprar, también he oído partes de la pena que les daba; la gente en estos casos habla un poco más alto, para que los que pasamos lo oigamos, incluso nos incorporemos a la conversación; uno se queda con las ganas de compartir humanidad.

Pero volvamos al viernes: durante la tarde no se me iba de la cabeza la cara de Maxi. Hace unos años tenía sobrepeso y adelgazó, más o menos como yo. Supongo que algún análisis le sacaría un tremendo panorama de triglicéridos, glucosas y colesteroles desbocados como me pasó a mí hace catorce años, y se "pondría las pilas", como hice yo. A lo mejor a él le pasó el mismo solidario efecto espejo al mirarme a mí y aumentó la simpatía entre nosotros. Por todo eso probablemente estoy yo ahora más concernido.

 Ayer por la tarde mientras hacía la tortilla de patata a las siete y media pensé que anteayer todavía le quedaba una hora de vida y nadie lo sabía. Como los del tren de Urda o de Adamuz, piensas lo que vas a hacer en cuanto llegues. Lo mismo que todos los que se vieron atascados en el carril de la autovía tras el terrible accidente de Maxi, porque obviamente se preparó un atasco tremendo.

                                                   Foto tomada del Facebook de La Gaceta de Salamanca.


Sigo reflexionando que eso nos puede pasar a cualquiera, no nos hacemos a la idea más que cuando nos toca un caso como éste, y es que nos montamos en un coche y lo ponemos a cien, o a ciento veinte si nos da la gana, en una autovía y eso va contra la naturaleza de las cosas; parece una trivialidad pero si nos surge algo el golpe será tremendo. ¿Adónde iría Maxi el jueves pasado? a lo mejor le había salido un boleto del Carrefour de seis euros de descuento y fue a aprovecharlo (tengo yo ahora mismo uno). A lo mejor fue a acercar a algún hijo a Salamanca, o porque tenía el dentista en Salamanca o por cincuenta mil cosas por las que no dudamos en hacer un trayecto de tres cuartos de hora de ida y otro tanto de vuelta. Nunca pensamos en el riesgo mortal, pero a cien por hora, existe.

Me represento los asuntos que tendría en su mesa de trabajo del juzgado: ahí se quedaron; y sus zapatos, y sus botas, y sus zapatillas de deporte, y quizá un traje y una corbata para las ocasiones, y varias prendas de abrigo. No sé lo altos que serán ahora sus hijos, él medía más de metro ochenta, seguramente calzaba un cuarenta y cinco por lo menos. Todo estará congelado en un armario o en su parte del armario y su mujer pensará en que los hijos lo aprovechen o si no en dejarlo en un contenedor de ropa, porque tropezar todos los días con eso...

Tendría sus discos personales (a lo mejor vinilos y casetes también; es de mi edad y yo los tengo) sus libros de lectura, yo coleccioné además un montón de Capitán Trueno y El Jabato, pero hay gente de mi edad que tiene Tintín o comics americanos más modernos de la Marvel, vete a saber. Todos poseemos un montón de cosas personales que solo tienen sentido para nosotros mismos o para alguno que tenga los mismos gustos, que normalmente serán producto de unas circunstancias parecidas.

No somos nadie, los dos hijos que tiene se pasarán varios años, o toda la vida, pensando en cuántas cosas les quedaron por saber de su padre, en todas las conversaciones que se quedaron cortadas porque sucedió algo y en cuántas veces no le hicieron caso porque les contaba una batallita o algo que no querían escuchar.

Es terrible, Maxi podría haber esquivado a la chica, y también podría haberle tocado llegar un minuto después del accidente que se hubiera producido contra otro, y  que le diera tiempo a parar y le correspondiera a él llamar al 112 y esperar a que vinieran ambulancias, bomberos y guardias civiles que  desviaran la circulación o la despejaran y poder continuar hasta su casa de Béjar. Pasar allí dos o tres horas terribles de carnicería y luego contarlo en el trabajo al día siguiente como la experiencia más tremenda de su vida. A lo mejor sus hijos, que están en esa mala edad, no le hubieran escuchado.

A partir de ahora quisieran escucharle todo lo que se quedó por decir.

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