Mientras mi corazón siga latiendo volverá a cambiar su ritmo ante la rabia, ante la tristeza que se agarra y que llega hasta el acongojamiento. Veo cada vez que entro en mis redes sociales (será porque me tienen conceptuado como un "facha") las caras y las profesiones de los muertos en el tren de Urda, parece que todos eran más jóvenes que yo ¡Qué pena!
Recuerdo la hora de comer de las Torres Gemelas, recuerdo la mañana del 11 de marzo de 2004, que no hacían más que subir la cifra de los muertos por la radio y por la tele: me fui a la carnicería solo por el gusto de estar en la cola compartiendo con gente. Otro día se murió Paco de Lucía, (una vida tan ancha con cuatro o cinco años más que los que tengo yo ahora); a él sí se le paró el corazón y ya no conoció nada más.
Se ha muerto mi padre, a su hora, y no creí que fuera a echarle tanto de menos. Puse mi oreja en su corazón, y luego fui a por un espejito a ver si lo empañaba, porque lo había oído o visto en alguna parte. Mi madre había llamado a la médica esa mañana y yo dije "vamos a esperar unos minutos, -nada corre prisa ya- a ver si resucita y nos hace quedar mal". Pero no resucitó, estaba muerto; eso fue en febrero del 22 y pronto habrán pasado cinco años.
Seguirá habiendo tragedias, tampoco olvidaré nunca el incendio de 2009 en El Arenal, Mombeltrán, y Cuevas del Valle, y el volver yo a andar por allí, pisando cenizas todavía humeantes, de lo que fueron mis bosques queridos. Como soy un facha el algoritmo también envía a mis redes recordatorios de cada asesinado por ETA en su fecha. Nunca supimos qué coños era o pretendía el GRAPO, parece que sus muertos no me los cuentan.
Hay que seguir, el corazón tozudo, latiendo como un bruto. Coleccionaré más sustos y más tristezas y más rabias hasta que deje de enterarme, o hasta que no sea capaz de hacer vaho en un espejo.
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