Era una reina de los francos, que inventó los conventos allá por el siglo VII u octavo. Nunca habíamos oído hablar de ella, cada país tiene sus santos que adorar especialmente, no digamos a sus vírgenes (y eso que solo hay una que se aparecía donde le apetecía para realzar el lugar).
De Poitiers conocíamos la batalla que derrotó a los Omeyas en 732 donde murió un Abderramán que los comandaba, mientras que a los triunfadores francos los dirigía un tal Carlos Martel, que en español significa Martillo, por eso de que los aplastó (me entero de eso ahora).
Nuestras dos someras estancias no han encontrado a Carlos Martel, que está enterrado en Saint Denis, (París), así que nos conformamos con Santa Radegunda, que en buena lógica debería ser más importante que Santa Teresa de Ávila como San Benito debe ser más importante que todos los cluniacenses o San Ignacio que todos los jesuitas. Pero nosotros ya aprendimos en este viaje de su importancia: la iglesia es muy bonita y colorida, con colores repintados en el siglo XIX cuya repintura no gustó nada a un tal Prosper Merimé que se ocupaba de inspeccionar los monumentos franceses y en sus ratos libres escribió la novela Carmen que dio lugar al libreto de la ópera más famosa La Carmen de Bizet.
No parecía estar abierta pero empujé una vieja puerta y ahora os ofrezco el regalo que nos dio.
El pasillo central desemboca en un misterio.Sufrió bombardeos en la segunda guerra mundial y se cargaron el órgano. Este es del año 97 según he podido leer.
Un altar bien alto, con sorpresa que ya veremos
Y debajo una cripta en la cual podrían encontrarse restos de la santa, pero que fueron saqueados y quemados por guerras de religión francesas a finales de la edad media, aunque según dicen recogieron los huesos quemados y los trajeron aquí.







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