viernes, 21 de agosto de 2026

Síndrome de abstinencia de helados

Pasé los primeros trece años de mi vida sin frigorífico. Solo cabía encontrar frescura en los cántaros y en el botijo. Una tienda y un bar del pueblo tenían un congelador para polos y helados, pero eso era muy caro para mis economías infantiles que podían darme para un polo de naranja o de limón de la marca Avidesa a la semana, que se iba volando.

Cincuenta años más tarde puedo permitirme acumular el agua fría que quiera y todos los helados que quepan en la parte de arriba del frigorífico, que es el congelador. Lo que no podemos permitirnos es "tenerlos ahí": enseguida vuelan, porque volamos a por ellos, y luego llega el arrepentimiento, y el vacío del congelador, y el "no traigas más" y el "no compro más". 

En eso estamos el viernes 21 en la tarde: he ido al supermercado esta mañana y no he traído nada. Todavía hace calor y tenemos síndrome. En todo el verano no he comprado ni una cerveza; es que preferimos los helados, aunque sean más peligrosos: "ya que pecamos, que sea con el mayor gusto".

Esta sobremesa hemos tirado de manzanas caídas de los árboles del huerto, no aún en sazón, y peras limoneras, que suelen estarlo. Sus azúcares no nos bastan porque los helados tienen más.

Cincuenta años antes no tenía nada, no sé cómo no me subía por las paredes. Pienso ahora en la cantidad de diabéticos que conozco -yo mismo lo soy- y también reflexiono sobre la comodidad de la abundancia de estos alimentos. Mi mujer a veces se entretiene con los programas de obesos mórbidos. Cuando yo era pequeño, en mi pueblo no había mórbidos, -ignoro si los hay ahora- no sé si en Cuba, o en África hay, sospecho que no. Pero en Estados Unidos sí, y muchos, a pesar de su fiebre por los gimnasios. El problema es que tienen coches con grandes maleteros y grandes frigoríficos donde acumular grasas e hidratos de carbono.

Yo voy andando al supermercado y tardo una hora en ir comprar y volver. Todavía hace calor y me apetece un cucurucho de chocolates y nata, que he descubierto este año. Vienen en un cartón de a seis. Si se lo mentara, a pesar de que me lo ha prohibido tajantemente varias veces este verano, mi mujer me diría: "vete a por ellos".

Pero la mejor dieta es un frigorífico vacío de estas tentaciones, y resistir unos cuantos días. Uno termina acostumbrándose (superando el síndrome) y eso es lo más sano.

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