Hoy es quince de agosto y era la fiesta más grande de mi juventud. Coincidía que mucha gente estaba en mi pueblo de vacaciones de agosto y que era fiesta- fiesta, y si fuera sábado como hoy, fiesta doble con posibilidad de curar la resaca de todo el mundo, si es que las hubiere. Era la jornada esperada por todos: la noche anterior y el día entero. En un día tan requetefestivo aparecía gente nueva en el pueblo, sorpresas amorosas. ¡Cuánta gente habrá dado y recibido el primer beso un día como hoy en todos los pueblos!
Pero a mis veinte años me "eché" novia de Ávila y ya no tenía sentido poner ninguna esperanza en esta fiesta, aunque continuaba mirándola de reojo. Siempre pensaba qué podía pasar, y quería que alguien me mantuviera al tanto de los noviazgos, de las peleas, de las borracheras.
Pero un día se cortó: mis amigos habíamos decidido hacía muchos años quedar el quince de agosto del año dos mil en mi pueblo, pero aconteció el nacimiento de mi hija el 11 de agosto en Salamanca. Podría haberme ido a celebrar, y a celebrarlo con mis amigos (algunos también eran padres ya) pero decidí no ir: tenía la mejor excusa del mundo, y la alegué. Supongo que hacía algunos años que ya se había desvirtuado en mi alma aquella fiesta juvenil. El año siguiente fui de día a la fiesta de la ermita y al subsiguiente vermú, pero ya no éramos los mismos, había a nuestro alrededor gente nueva, y también gente que faltaba después de ese último canto del cisne planificado al que no acudí. Muy poco después una pareja de la pandilla que vivía en el pueblo se divorció. Ya acudir aquel día era mal rollo, porque uno no sabía dónde meterse ni cómo actuar. Y dejé para siempre de aparecer esa luminosa mañana.
Pero ahora que soy viejo me palpita el recuerdo las aventuras y las esperanzas que se concitaban en esta fecha. Lo recuerdo como un familiar muerto, como algo irrecuperable, como la juventud nunca bien exprimida, como todas las chicas deseadas que no cuajaron carnalmente.
Ahora que me acerco a los 62 años, y se empiezan a montar sin dolor años sobre esta cualidad de sexagenario, le dedico una nostalgia a la vida perdida, a la que no fue posible, a todo lo que hubiera podido llenármela, a mi juventud, que no fue divina, ni tampoco es un tesoro, porque no alcanzó ni de lejos la plenitud soñada. No sé si a los ligones, o a los triunfadores les parecerá un divino tesoro "ganado", su perdida juventud. Yo tuve y tengo que conformarme con el aroma virgen de los anhelos.
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