Sigo leyendo a la Highsmith, ahora una colección de cuentos titulada "Los cadáveres exquisitos" que es una antología de cuentos escogida en los años 90 para hacerlos capítulos de televisión. Lo promovió un productor francés: me encantaría ver el resultado aunque ahora me parece haber visto por alguna parte un relato en el que sale un espantapájaros; tampoco estoy seguro, porque es posible que al leerlo haya proyectado esa película dentro de mi cerebro.
Por mi capacidad para compadecer sufro con los personajes y les pido que se salven y no mientan, porque se verán arrastrados a una cadena de mentiras que les estrangulará. También hay que ser bueno, eso siempre lo he tenido claro, no hacer el mal deliberadamente, y responsabilizarme de lo que sea culpa mía, sin tratar de escurrir el bulto. El colmo de la maldad y de la tontería es asesinar a alguien, con lo difícil que debe ser hacer daño hasta matar a una persona, y, sobre todo, lo que debe pesar un cadáver muerto que, además, no se podrá improvisar donde enterrarlo o hacerlo desaparecer. Porque después del asesinato vienen más mentiras para que no te pillen, pero esas mentiras tienen las patas muy cortas y contradictorias, y se van desgastando sin que el criminal pueda escapar.
Siempre fui un niño bueno, como el Capitán Trueno, como Juan sin Miedo, como Juan el Afortunado, pero si no lo hubiera sido, me habrían hecho ser bueno los miedos de verme envuelto en líos como los que cuenta la Highsmith. Resulta a veces inmoral, pero muy aleccionadora de las consecuencias mentales de la inmoralidad.
Eso sí, a veces fantaseo en lugares donde esconder un cadáver, por si acaso algún día me viera con la necesidad de hacerlo, lo que no sé es si cabe un cadáver grande en el maletero de un Dacia Sandero, y tampoco los lugares donde podría esconder o enterrar a alguien sin que lo encuentren, están cerca de adonde pudiera llegar mi coche.
Así que no mataré a nadie ni de broma, porque las cosas "o se hacen bien o no se hacen"

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