viernes, 11 de junio de 2021

Nos falta uno de esta foto



Más o menos nacidos en el 64, ayer vivíamos todos y hoy no. Falta Alfonsito: Alfonso Velayos Velayos, "que ataca los caballos"  según incomprensible pareado que decíamos de él o decía de sí mismo.

En esos tiempos era mi amigo más travieso, especialista en saltar paredes pero también en subirse a las encinas, un muchacho que se llevaba más golpes de la cuenta porque forzaba mucho la suerte o porque le pegaban más los profesores que a los demás, por travieso, que malo no era. Sí que era de goma: no le asocio a llorar, ni a quejarse, ni a sufrir. De pequeños hacíamos con que nos pegábamos para dar vueltas en el suelo alrededor de las niñas a ver si les veíamos las bragas. Pero no con malicia, que entonces no podía darnos el no haber cumplido 10 años, sino con espíritu científico.

Un muchacho tan alegre tenía ya una espinita de muerte en su camino: un hermano suyo murió al poco de nacer y había una curiosa tumba pequeñita en el cementerio, que él me enseñó.

Pero su padre consiguió trabajo en una fábrica de Ávila y se fueron a vivir allí. No sé cuándo exactamente, pero antes de que se muriera Franco. Entonces no había coches como hubo después, y venir al pueblo los fines de semana era organizar una familia en el tren. Supongo que su familia cerró de verdad su casa del Barrio Nuevo; después creo que se la vendieron a los vecinos.

Cuando yo fui a Ávila con trece años, él vivía en otra zona de la ciudad. No coincidimos en los estudios, también creo que él se echó novia muy pronto. No sé por qué busco pretextos para no haberle tratado, era lo más lógico dadas las circunstancias, pero hoy me duele; me pido cuentas. Siento la proximidad de la infancia, la complicidad elemental, los golpes, las carreras. Él y yo nunca nos pegamos "a malas" pero nos pegamos muchas veces "a buenas"; yo no sé si los niños de ahora se pegan "a buenas". Recuerdo sus pecas y sus ojos grandes, su flequillo con un cornezuelo díscolo, (creo que sale en la foto) pero no me acuerdo ninguna palabra, ni ningún pensamiento, ¿para qué, si estábamos vivos?  entrando en casas abandonadas o subiendo a las piedras y a los árboles. Suerte de niños sueltos que podían correr aventuras.

Creí que iba a venir a la talla de los quintos, a la juerga con los demás, pero no apareció.

Muchos años más tarde su padre se hizo una casa muy chula en el pueblo, "con las piedras muy bien colocás", pero ya sería por los 90 y tantos, y yo ya sí tenía novia y no sé si el volvió mucho por allí, porque yo no lo hice.

Sé que tuvo, camino de nuestro pueblo, un accidente de coche que quizá le dejara una cojera. No sé más de él pero le extraño. Somos testigos de las vidas de los que nos rodean, y ellos de la nuestra; es como un tejido que de pronto empieza a perder hebras, y nos quedamos incompletos, desabrigados. Tiritando del miedo de que la muerte se acerca. 

 

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