domingo, 13 de febrero de 2022

HE APREHENDIDO LA MUERTE

Podría escribir que mi padre se ha muerto, pero no sería exacto. La vida se ha ido de mi padre hasta extinguirse. Incluso extinguirse suena demasiado bonito, porque os juro que la vida al final tiene muy mala educación. La muerte es fea, no creáis a nadie que trate de convertirla en poesía. Mienten, son farsantes: en nada se parece a la belleza de una puesta de sol. No hay bellos colores; es, aunque suene a un mal juego de palabras, es mate. Además uno es plenamente consciente de que tras esa oscuridad no aparecerá la vida ningún día siguiente por la otra esquina de la habitación.

Ante la muerte nos presentamos como niños miedosos, no me creo en las imposturas gallardas: esto es un perder, la muerte aplasta y pilla sin fuerzas para levantar nada. Lo gallardo, que también dudo mucho que lo sea, será el suicidio solo por el hecho de que se ponga voluntad en ello. Pero yo, que he coleccionado profesionalmente historias de suicidios, incluso una vez ayudé  a descolgar a un ahorcado, creo que puedo asegurar que ninguna forma de muerte deja de ser penosa y horrible.    

De cerca un trago de visión de muerte deja muy mal sabor de boca. Es un jarabe tedioso, con sabor a esparto amargo que no parece terminarse de tragar: heces, espasmos, vómitos, sudores descontrolados, fiebres frías y ardientes, serán eso que los griegos y Unamuno llamaban agonía. Pero fuera poesías, que son mentira. Es una lucha desigual, perdida, las fuerzas se han mermado tanto, que más que lucha es un abuso, una imposición: la vida se escapa y es imposible agarrarla. 

El penúltimo día sus ojos, entrecerrados, no miraban para afuera, como si estuvieran concentrados en los adentros. Pero la última mañana los abrió desmesuradamente, buscaba luz, la luz de Goethe quizás, pero no veía a nadie, solo miraba a lo alto. No es difícil querer creer en dios cuando ves mirar así al infinito.

Agarré su mano fuertemente, es un consuelo, para mí también lo fue. Si algún día os veis en la ocasión hacedlo, y fuerte. Las manos comunican con el corazón.

Y llegó la paz. Antes de la muerte llegó la paz del sueño. Había pasado una mala noche y la vida le regaló un sueño con las luces de la mañana; un ritmo tranquilo de respiración que nos consoló a todos. Antes de morir ya descansó. Porque no se despertó de su tranquilidad y nos dio la tregua de esperar quizá otro capitulo. Pero era el epílogo. Murió en paz, con un rictus agradable, se fue quedando frío y ya no le encontramos más el pulso: cuando traté de escucharle el corazón ya solo oía el eco de mi propio pulso, la vida suya que hace años prolongó en mí.

Gracias, padre.

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