Al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver, canta Sabina en su mejor canción.
He vuelto a Ayllón varias veces, la penúltima la paseamos completamente con mi hija. Yo iba con mucho miedo de encontrarme con exalumnos que me reconocieran y me pidieran cuentas de lo mal profesor que fui. Iba como un famoso sin gafas de sol, apretando el paso.
Pero aquí me afiliaron a la Seguridad Social, aquí me hice mi primera cartilla de banco, en Caja Segovia. Fui libre y poderoso económicamente, mi novia vino a verme al piso abiertamente y juntos hicimos nuestros primeros viajes en coche, la mayoría a la maravillosa provincia soriana. Nada pudo ser más bonito y feliz y creo que yo hubiera querido serlo siempre, pero no me dio tiempo a cansarme de ser profesor. Lo tengo guardado en un cofre de sueño. Conservo una fotocopia con las fotos de carnet de mis alumnos y también los tengo fotografiados en una excursión que hicimos a Burgos. Me da mucha ternura mirarlos. Tendrán ahora en torno a cincuenta años.
Ayllón es un pueblo amurallado que tenía dos cabinas públicas de teléfono en el año 92. Cuando no funcionaba la más cercana entraba por esta puerta en el recinto amurallado y cruzaba la plaza donde Fernando Fernán Gómez rodó parte de "El viaje a ninguna parte" que sería por el 87, o así. Yo no vi la película hasta que la pasaron por televisión, varios años después de haberme ido de aquí.
El arco de entrada
El palacio de los Contreras, donde nunca conseguí entrar
La plaza, donde entonces había pocos o ningún coche.
Quise entrar en un bar que conocía, donde, por cierto, perdí al mus, (y mis contrincantes pudieron presumir de haber ganado al campeón de derecho de Salamanca del año 88) y también tomé algunos vinos con los compañeros, pero ya no existe. Entramos en otro aquí en la plaza que es completamente nuevo o está muy renovado a tomar unos cafés con leche. Nunca consumí nada en él si es que entonces era bar.
Lo atiende un matrimonio suramericano, serían las cuatro de la tarde.
Miré alrededor y había pocos clientes; algún sudamericano también. La España vacía la mantienen en gran parte los extranjeros. Nosotros habíamos comido frío -fiambres o latas- unos pocos kilómetros atrás, al aire, mirando el paisaje soriano, la dueña nos dijo: ¿quieren estos pinchos de la bandeja que estoy limpiando? se los regalo.
-Pues sí, gracias.
Eran tres o cuatro pinchos de pimientos verdes asados, y quizá pescado o tortilla, un revoltillo, el caso es que, aunque estaban enfriándose, supieron buenos. Yo nunca tiro la comida.
La lección fue cuando pedí la cuenta dos cafés con leche: dos ochenta. Yo saqué un billete de cinco, y ella me dio la vuelta, y recogí la propina del platillo. Hubiera querido dejar un euro, pero me dio una moneda de dos, dejar veinte céntimos me parecía demasiado poco. Antes de llegar a la puerta me sentí mezquino, tacaño, insensible. No sé qué pensaría la mujer. Le he dado a este hombre por valor de cinco y no es capaz de dejarme las dos veinte que le sobraban.
Me hubiera debido volver, pero habría sido ridículo.
La lección es que el disgusto me duró bastantes minutos según conducía. Había entrado también por devolver algo de lo mucho que me dieron en Ayllón, y van ahora y me regalan, y no me doy cuenta de lo que en justicia debí hacer.
Prometí a mi mujer, que en el siguiente viaje volveríamos a tomar algo en ese bar y dejaría la propina que innoblemente está quemándome el bolsillo. Ahora os lo prometo a vosotros también.
La vida enseña, pero los viajes enseñan al cuadrado, porque la vida se revela más intensa y seguida.
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