sábado, 7 de marzo de 2015

Impresiones postconferenciales.


Me aborda un sentimiento de semiculpabilidad por  la suerte de tengo ahora una vida desahogada, en la que soporto muy pocos acosos puntuales, menos taquicardias, tensiones o discusiones serias. Y pienso en los que tienen más incertidumbres o un  trabajo más duro que el mío, que en momentos pasan miedo, que tienen que gritar o está en su sueldo que reciban gritos o amenazas. Por supuesto, me solidarizo con lo que es enfrentarse a una gran incertidumbre como una conferencia con público, que te pueda secuestrar el ánimo para hacer otras cosas.
Después de la conferencia, poco a poco remonto y me voy centrando en mis cotidianiedades. Y esta vida sosegada me parece ahora que no la merezco. También noto que rindo poco en mis empresas intelectuales, leer, escribir... a pesar de que estoy durmiendo mejor. Será una suerte de relajamiento general.

La conferencia, aunque haya conmovido una parte importante de mi estabilidad emocional, ¿quién sabe si habrá sido un impacto a mi futura salud coronaria o si de  un prematuro alzeimer u otra deficiencia mental? me ha prestado mucha vida, alguna sabiduría y un comienzo de idilio con un personaje colectivo nuevo para mí: el público presente, el que ríe, se emociona (hubo instantes en que percibí las dos cosas) y al final aplaude. También me gustó jugar, en la medida que lo hice conscientemente, con la gestualidad, con las pausas, con el énfasis de las palabras, con los “crescendos y disminuendos” con el “forte, piano” de la narración, con el micrófono, con la autoaudición.
El 11 de abril daré otra conferencia, espero que mucho mejor, en Arenas de San Pedro. De momento, no tengo miedo. Por eso tampoco quiero empezar a prepararla, para aprovechar el vacío de tensión y hacer otras cosas. Ojalá aguante hasta la cuesta abajo de la última semana.
Creo que quiero sobrevolar con suficiencia al público y divertirme modelando el mensaje, conduciendo la situación, como conduzco ahora mi coche disfrutando mucho de los paisajes. Claro: los días de la autoescuela, no miraba el paisaje, estaba demasiado pendiente de la caja de cambios, de los peatones, del ruido del motor, de las actitudes de otros coches u de todo lo imprevisible en el dominio de ese nuevo espacio.
Quizá será un poco pronto para pretender disfrutar de este otro paisaje humano mientras lo conduzco.

De momento termino de podar y cavo mi huerto; y aplaudo a la primavera que se abre.
capullito de flor de peral

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