martes, 10 de septiembre de 2013

VACACIONES EN GALICIA (6) Santiago

SANTIAGO DE COMPOSTELA
Santiago es el premio gordo de Galicia. ¿Cómo no ir a Santiago estando cerca de ella? Claro que sí. Sobrellevando el olor a quemado, teníamos que dirigimos allí.
No es interesante abordar a las ciudades por sus partes más hermosas. Acercándonos desde Pontevedra, sólo vi un Santiago de altos edificios modernos y  rápidas circunvalaciones y avenidas donde el tráfico era intenso; así que atravesamos las afueras hasta un barrio lejano donde aparcar cómodamente. No es que yo lo haga adrede, es que soy torpe con el coche, y huyo tanto de las apreturas como de las multas de tráfico y los claxónes impacientes, por eso termino por empezar desde tan lejos.  
Uno pisa una ciudad como otras tantas, un barrio con cada vez menos tiendas, algunos talleres, y calle semivacía porque son las cuatro de la tarde en verano; y nos ponemos a andar,  no se ve nada por arriba ni por abajo ¿pero esto era Santiago?

No, no era Santiago. Santiago es un invento espectacular, que apareció después; es como Las Vegas, aunque yo nunca he estado en Las Vegas; ni en nada que se le parezca (salvo Santiago, creo). Un lugar donde llega mucha gente constantemente y algunos se quedan o buscan quedarse. Seguro que es más cosmopolita Santiago que Las Vegas y ambas, infinitamente más que La Meca.
Creo que después de Santiago sólo podremos ir a Roma.
Santiago es un invento, todo el mundo lo sabe. Nadie podría explicar que al otro lado del Mediterráneo alguien dejara un cadáver en una barca que vino solita hasta una concreta atlántica ría gallega a miles de kilómetros para aparecer justo cuando los cristianos emprendían la reconquista de la península Ibérica de la dominación musulmana. Santiago se convirtió en un apóstol luchador que, con su mítica aparición a caballo, decidió a espadazos la batalla de Calvijo. No sé si se ha pensado lo suficiente, pero tan importante como Santiago en su caballo rampante es el moro muerto que yace. Así se hizo el patrón de España. Al utilizarse como un símbolo de moral de victoria, el caudillo moro Almanzor organizó en el siglo X una expedición para destruir la esta ciudad y lo consiguió: la saqueó llevándose en prenda las campanas del templo que había entonces. Pero el lugar renació. Se consolidó como foco de toda la Europa occidental, y se organizó el camino de Santiago, que está vivo y permanecerá por muchos siglos, aunque sólo fuera como circuito artístico de kilómetros de Mountain Bike.
Santiago es Las Vegas del espíritu: decenas de iglesias, pequeñas y enormes, cruceros, soportales, tiendas, palacios,  todo religioso y profano, confluyendo constantemente. Santiago es un destino mundial. En ese destino, como Las Vegas, hay muchos sacaperras, la abundante y renovada mendicidad milenaria y los vendedores de recuerdos, los vendedores de sueños, los músicos ambulantes, también los timadores... No había visto yo más que el primer ápice de casco antiguo y ya se me acercó un hombre para decirme: bonita foto ¿verdad? Y empezó a contarme la típica historia de que llevaba 5 días allí y que estando distraído con los monumentos le habían robado todo lo que tenía  y necesitaba dinero para volver.
Muchos más fantásticos pedigüeños se me acercaron en dos días a intentar explotar ingenuos sentimientos. Pero es que a estas calles llega tanta gente como manadas de Ñus y ellos, como cocodrilos, buscan su pieza, descaradamente, sabiendo que sus intentos tienen poca importancia en el espectador, frente a la impresión de la belleza de este lugar de ilusión. Yo nunca he escuchado a un cuentista de estos hasta el tope pero quizá, por la literatura, debiera dejarle correr su historia y hasta preguntarle detalles con los ojos fijos en su farsa. Pero me sale el ofendido que llevo dentro y le expulso con cajas destempladas, ¿tendré tal cara de tonto yo?

En el casco antiguo uno puede pararse frente a tantos monumentos, humilladeros, cruces, palacios, iglesias, pero siente el magma, el pulso y la atracción de la plaza del Obradorio, el emblema, el icono que tenemos tan visto y manoseado hasta por céntimos de euro. Uno lo percibe, sus latidos están allá abajo y todas las corrientes de la curiosidad llevan a ese lugar; los ciclistas y andariegos apuran sus pedaladas y sus pasos emocionados. Sin duda, está cerca. Es el destino de un largo camino, es el crisol donde se funden cada día miles de ilusiones por haberlo conseguido. Y se retroalimentan. Y se siente. Yo no quería verlo solo, no quería verlo sediento, quería descubrirlo compartiéndolo con mis mujeres, que, en un momento se me metieron a ver un museo que salía al paso; mientras yo, sediento, busqué agua. Calmé mi sed y no les dejé acabar de ver el museo. Minutos después, nos precipitábamos sobre el “santo” lugar. Vimos una cola y entramos en la catedral por una puerta al norte, allí había un elegantísimo cura japonés aparentemente ensimismado en la maravilla, -yo sentía un poco de vergüenza por él- rodeado de paganos que hacíamos fotos y buscábamos ver todo. Muchos extranjeros y españoles de pelajes varios, muchas maneras de devoción también podían verse entre la maraña del turismo. 





Dentro del templo gente de seguridad -o curas- vestidos con chalecos verde-fosforito tomaban periódicamente el micrófono y hacían Chissssssssst... para callar a la gente, avisar de la próxima misa, y recordar que no se pueden hacer fotos con flash. Sin embargo, la gente fotografiaba y fotografiaba, porque no entendía la norma o no quería entenderla y se quería llevar aquella belleza, aquellas luces, quedarse con esos momentos tan esperados. Salimos a la calle, por la puerta sur, sin pisar a las inevitables mendigas rumanas,  a otra plaza llena de gente y de vida que se movía hasta el lugar.
Sentíamos el magnetismo ya inexorable y esta vez, sin sed, sin prisa, íbamos a llegar a la plaza del destino, poco a poco, se me aparecieron sus gigantescas torres: es enorme,  infinitamente más grande que lo que dejan imaginar los céntimos de euro. 

Poco a poco, yo quería dar los pasos mas cortos para  condurar el placer, apareció rotunda entre la expectación compartida, nosotros y cientos de turistas y peregrinos que no hacían más que llegar.



Es el justo destino a un largo camino. Podría decepcionar pero, sin embargo, colma. Después de ver y abarcar la plaza de la ilusión, de querer tocar sus piedras, de tumbarme en su suelo pellizcándome para decir: sí, es verdad, estoy aquí, estamos aquí con el mundo. ¡Madre, me gustaría que lo vieras, y ver yo cómo lo disfrutarías, y también contigo, Padre, que te acaban de operar de cataratas: ahora también ibas a disfrutarlo tanto como Madre!




Después de hacer veintitantas ansiosas fotografías, saqué un pañito y me limpié las gafas, para degustarla respirando después de la conquista, como los hondas estertores de después de un orgasmo. 
Cuando me calmé, la razón me situó en este tiempo y lugar para agradecer la suerte que habíamos tenido al llegar en un atardecer, con aquella mágica luminosidad reflejando la mágica fachada.



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