domingo, 8 de septiembre de 2013

Vacaciones en Galicia (5)

EL MAR
Creo que el mar tiene tanto atractivo para los de tierra adentro porque la aprehendemos sin comprenderla, fascinados y ajenos, como una religión poderosa y extraña. Nos damos cuenta, en nuestra ignorancia desvirgada, que nada hay que pueda empequeñecernos más. El mar, a diferencia del cielo, siempre está vivo. Nos pronuncia un idioma grave que invita a considerar. Es música: una masa coral con atrevidas olas solistas que osan hacer filigranas con su cuerda en alta tensión hasta lo más ardiente y agudo en el puente del violín que resuenan las rocas.
Uno tiene miedo al mar, a su negrura fría, a su inmenso misterio, a su más sorda violencia, pero también quisiera poder saber incorporarse a él como los primos delfines, para escucharlo al oído, sentirse abrazado y deslizarse por sus sábanas.

El mar encanta y su música es difícil de ignorar para un terreño. Me estaría horas suspendido en ella.





Todavía no he contado que estoy pintando un cuadro al óleo. Es una gozosa experiencia descubrir la tensión de las mezclas de colores y el poder de amasarlas para luego dejarlas ir por las cerdas del pincel hasta el lienzo. El color en la paleta está vivo, late y también llama los sentidos a pringarlo. Así es el mar hondo, a veces gris, a veces azul, a veces verde esmeralda con todas sus gradaciones. Al chocar lanza chillidos de espuma blanca mientras sigue removiéndose y mutando; uno viene a preguntarse cuántos colores alberga una ola y se maravilla mirando como se revuelven tras un empellón con el que tozudamente acosan a la roca empecinada. Después, el agua retráctil vuelve a amasar sus colores. Es una coda musical.

Piso firmemente estas rocas testadas por las olas y las compruebo firmes para soportar mi calzado y tenaces para confiar mi peso. Ahí están, conmigo, desafiando al mar, pero sé que perderán la partida, así que yo aunque no me sacie, me retiro.

Me gusta el mar porque es padre.

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