sábado, 19 de octubre de 2013

FAGOR Y YO

Fagor es una gran empresa que nació en Modragón. A esa localidad guipuzcoana emigró una rama de la familia Mayo. Invitado por un primo, que además trabajaba entonces en  la filial de investigación y desarrollo de esa empresa (Ikerlan), pude conocer la realidad de esa zona en el año 1992. En Mondragón, aparte del independentismo a cualquier precio, (votantes acérrimos de Herri Batasuna, destructores violentos de todo símbolo español), veneraban al cura fundador de las cooperativas que dieron lugar a Fagor, Eroski, Caja Laboral, la Univesidad técnica de Mondragón, una mutua de accidentes laborales llamada Lagun Aro y a más cosas que no me sé. La avenida del cura  José María de Areimendizarrieta  estaba, como homenaje, en el centro de todo aquel conglomerado.
A mí me parecía, por eso estoy tan sorprendido con su crisis, la forma ideal de economía: cooperativismo, autogestión, democracia empresarial, por tanto casi nula "explotación del hombre por el hombre". Su fuerte motivación política: nacionalismo, acicate para consumir y defender esa marca, construir su nación desde ese postulado económico; es decir cooperar trabajando y consumiendo para independizarse de la odiada España. Si a ello le unimos la tradicional simbiosis de los vascos con la metalurgia y algo parecido con la ingeniería, me parecían imbatibles.

Mi relación personal con Fagor fue años más tarde y se limitó a descargarles tres camiones. En 1999 escapé a trabajar a Zaragoza "de lo que fuera" y lo primero que me salió fue un empleo de de dos horas en una nave donde llegaba todos los días un camión de electrodomésticos Fagor apretado como un tetris: venían grandes frigoríficos en posición abajo vertical y arriba horizontal, que había que descargar a pulso y con mucho cuidado. Descargué aquel camión sólo tres días porque conseguí otro trabajo ya a jornada completa.

La marca, sabiendo sus concomitancias, me caía mal y siempre procuré no comprarla. Pero durante la última tregua de Zapatero con ETA, fecha en la que amueblábamos mi casa, como apoyo al proceso de paz me compré un frigorífico Fagor.

Todo hubiera debido irles mucho mejor ahora, desde la tranquilidad que la derrota  de ETA ha supuesto para todos, especialmente a los vascos.

Se me ocurre, y no me he documentado,  que su crisis ha sido arrastrada por todas las demás que nos aquejan a los españoles:  mucho crecimiento para satisfacer la demanda de amueblar todos los pisos que se construían en España, y darse cuenta de que ahora tras el estallido no venden nada, porque por un lado los pisos se quedaron sin construir o vacíos, y por el otro, la gente se va y deja nuevos la lavadora o frigorífico que se ha comprado; tampoco hay créditos al consumo, ni a casi nadie se le ocurre cobrar con letras de cambio y además está la competencia asiática.
El problema de Fagor es que por muy independientes que quisieran ser, dependían de España para que les compráramos cosas.


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