lunes, 29 de julio de 2013

El Julio César en Mérida.

El pasado 26 de julio resultó ser Santa Ana, fiesta local de Candelario, con lo que fue festivo para mí. Aprovechando este regalo, cumplimos un viejo deseo: ir a ver una obra dramática al festival de teatro clásico de Mérida.

Llegamos a aquel “marco incomparable”, tópico que casi siempre es verdad, pero mucho más cuando es verdadero. A pesar de que yo soy muy tacaño, íbamos con la intención de sacarnos las entradas más caras, 39 euros, en la “orchestra”. Si las hubiera habido, mirar el teatro desde abajo como patricios: ver las caras de los actores, oírles sus pisadas, casi respirar, era algo que nosotros podíamos permitirnos una vez en la vida.
Todavía podremos, porque no lo conseguimos; sólo había 2 entradas libres y entonces, como la diferencia de precio no era grande con las que estaban un poco más atrás, (35, 32 euros) decidimos irnos arriba del todo, a la “cavea alta” de las económicas, que tampoco lo son tanto, pues cuestan 12 euros, pero son  un ahorro considerable multiplicado por tres.
Pilar y yo ya habíamos visto, veinte años atrás, una representación desde la “cavea alta”. Fue una comedia musical Golfus de Roma de la que guardamos un excelente recuerdo artístico, pero también el de las piedras milenarias que se nos clavaron en los glúteos. Esta zona del teatro no tiene losas, ni piedras llanas con almohadillas en las que está escrito en número de la localidad, como la zona de la cavea media, (olvidé mencionar que las de la orchestra tienen hasta respaldo). En la parte plebeya tampoco hay localidades numeradas, por lo que hay que ir pronto para coger sitio.
Allí no había poca gente y el ambiente era más popular, indumentarias más cómodas, ausencia de maquillajes o menos subidos de tono, y comida. La gente se lleva comida porque tiene que venir antes y porque, plebeyos como somos, no nos da vergüenza que nos vean comer. Los emeritenses llanos ya se lo saben y aprovechan para verse todas las obras a un precio asequible desde aquellas alturas. Muchos llevan prismáticos para observar algún detalle y la mayoría un oportunísimo cojín, que es la envidia de los advenedizos como nosotros. Yo, para obstaculizar la penetración de las piedras en mi glúteo que sustentaba 95 kg, improvisé un almohadillado con un tetrabrik de gazpacho que habíamos bebido y su correspondiente bolsa de plástico. Gracias a este sencillo apaño esta vez no guardo tanto recuerdo de las piedras. También me gusta sentir como el pueblo llano que, expectante, miraba abajo como se acomodaban los patricios,  y también oteaba a ver si reconocían alguno de los muchos famosos que se dejan caer por el teatro en tan magnas ocasiones.
La obra que elegimos no era propiamente teatro clásico de los clásicos, pero era más adecuada -si cabe- al lugar: el Julio César de Shakespeare, y acertamos. El texto de la máxima garantía y los actores eran de primera: algunos muy conocidos como  Mario Gas, Tristán Ulloa y Sergio Peris-Mencheta.
La representación empezó emocionante pues el día estaba marcado por la tragedia del tren a Santiago de Compostela y se invitó al público a guardar un minuto de silencio. Yo, que soy de pueblo y no estoy acostumbrado a las multitudes, viendo a 2.000 personas en pie y tan calladas, ya empecé a impresionarme.
La obra es magnífica. Trata del poder y la manipulación política y sus reflexiones dan mucho juego a los actores. Todos tienen el microfonillo y se oyen perfectamente sus inflexiones de voz. Pero en un momento sucedió un pequeño hecho épico que aumentó la emoción: al actor Peris-Mencheta se le estropeaba el micrófono en  un monólogo de Marco Antonio, y le empezó a salir eléctrico-tremolante, como de que con los disimulados movimientos de su mano no se arreglaba, gritó furiosamente dos veces ¡Quítame el micro! ¡Quítame el micro! Y se lo apagaron. Entonces el público aplaudió porque el actor siguió recitando a voz en grito, llenando el espacio, y el público aún más callado, más atento, más tenso…; resultó multiplicada la emoción. Cuando lo hubo acabado, el público lo agradeció con otro aplauso, como si hubiera celebrado un solo de jazz.
Para los que no lo sepan, fue un gesto racial, muy torero. Cuando un torero es herido leve o grave pero se tiene en pie, aunque le pueda costar una lesión se envalentona aún más y se empecina en  acabar la faena y matar al toro. Es una cuestión genital, el público se enardece y emociona con esa entrega sobrehumana, como nos pasó con los gritos de Peris-Mencheta. Son cosas inexplicables racionalmente.

El montaje, con estética, música y trajes contemporáneos, fue un éxito y los actores  recompensados con estridentes aplausos. Todavía hubo otro redoble emocional: el actor Tristán Ulloa, que debe ser gallego, recibió una bandera de esa región con un crespón negro que enardeció de nuevo el homenaje a la tragedia.


PD. Al terminar la representación bajamos a ver el teatro y sus pasadizos, y también cómo se veía desde  localidades más caras.

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