martes, 30 de abril de 2013

BUENA NUEVA 3


La Jefa-Secretaria.


 

Hay gente que dice que los funcionarios no tenemos jefe, que “el que trabaja p’al Estao no muere reventao” Eso casi siempre es así, pero hay excepciones. A mi me tocó esta vez.

La función de la secretaria del juzgado, aparte de manejar el dinero de los pagos, y revisar las agendas, podría ser supervisar y engrasar la máquina funcionarial a su cargo, que sea como una fábrica bien sincronizada, y firmar maquinalmente, de un vistazo, sin leer lo que firma, pero ante un dudoso elemento nuevo como yo, le iba a tocar  leerse “literalmente” lo que suscribiera, lo cual era una manifiesta distorsión,  -a mi parecer se lo tomó como una agresión- en su rutina. Los errores, confusiones y fallos, que tendría cualquier principiante en esa oficina, su programa informático o utilizar caminos inciertos sólo por no transitados,  la exasperaban y no era nada delicada mostrándome su desabrimiento e impaciencia porque dejara inmediatamente de ser un “problema” para ella. Entonces volvía a repetirme aquello de que tenía que quedarme por las tardes y que  “no comprendía como yo podía haber aceptado este trabajo”.

Lo inquietante de la historia es que me tenía en sus manos. Sobre mi cabeza gravitaba una espada de Damocles, que se llamaba “despido por no superar el periodo de prueba”. Esto ella lo ignoraba, porque en bastantes ocasiones, unas más ligera y otras más livianamente me llamó a capítulo, desdeñado, llegando al casi insulto “con mala ironía”, varias de ellas injustamente. Pero su amenaza más severa se limitó a advertirme que informaría mal de mí a la Gerencia, que es el órgano que me contrató y ha de contratarme en mi intermitente vida laboral. Estoy completamente seguro que de haber conocido el poder real que tenía sobre mi contrato, me hubiera clavado esa espuela.

 

Ciertamente no lo sabía..., pero en cualquier momento podía haber preguntado o enterarse de que también en la función pública existe un periodo de prueba para los interinos, que extendía, en este caso, hasta seis meses, el tiempo en el que podía despedirme sin causa, sólo diciendo que “no superaba el periodo de prueba”.

Pobre de mí; no sólo iría a la calle, marchitando la ilusión de mi familia y amigos, sino que despedido por no adaptarme, no se me hubiera reintegrado al cobro del seguro de desempleo, del que aún me quedaban tres meses.

Tranquilizaba algo el que nunca he conocido que se haya aplicado este periodo de prueba, del que yo me enteré siendo secretario de la Agrupación de Juzgados de Mombeltrán, cuando me llamaron de la superioridad, para inquirirme  si una compañera subordinada, superaba ese periodo, “aún estábamos a tiempo de que se le rescindiera el contrato”, porque, a partir de esa fecha “ya sólo podría serle rescindido por las causas establecidas por la ley”.

Yo tenía que ganar tiempo, hacerme valer, asentarme antes de que lo supiera. Con toda la gente que se había alegrado de mi trabajo, no podía decirles ahora que me habían despeñado. Que habían hecho conmigo lo que con nadie. La ansiedad se apoderó de mi actividad laboral y comencé a quedarme por las tardes, muchas veces, hasta las cinco menos veinte.

En esos momentos de otoño, las tardes se acortaban y el frío paralizador, el viento y la llovizna constreñían la paz y la relajación que podía ser ir a trabajar o volver del trabajo,  disfrutando de las hermosas calles o el vivaz ambiente de Salamanca.

 

 

 

 

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