viernes, 19 de octubre de 2012

Más sobre crueldades.


La guerra proporcionó banquetes de crueldad a los dominadores. En Cuevas del Valle el muchacho de 14 años, Cesáreo Blázquez “Penene” sufrió varias palizas por ser hijo de rojo huido. Te agarraban y te bajaban al calabozo del ayuntamiento y allí: pim pam, pim pam, hasta que se aburrían... y después te decían ¡hala! ya te puedes ir a tu casa. Eso no te lo cuenta nadie porque lo de las palizas da más vergüenza que lo de los fusilamientos, pero a mí me da ya todo igual porque tengo 87 años. Pero que sepas que aquí se dieron muchas palizas.


A Cesáreo una vez incluso no le dijeron eso, que le llevaron a fusilar al cementerio. Alguien los paró y se salvó por la corta edad. Nadie más de Cuevas del Valle me contó lo de las palizas, pero sí me las contó Isidoro, “Pijeta” de Villarejo, a él como soldado nacional le querían obligar a darlas, y a su hermano Máximo “Brazoyerro” se las dieron, aunque le ataban, porque de otra manera no hubieran podido dárselas.


Os copio de mi libro el relato sobre una mujer, que todavía vive, nacida en el caserío de los Mesegares de Santa Cruz del Valle:


*A principios de los años 40, Dionisia aprovechaba las estaciones de menos faena en el campo para irse a servir a Madrid. Un día volvía a casa para ayudar a la familia en las labores de la recolección. Su parada era Lanzahita, desde donde, subiendo por el Puerto de La Reina, habrá unos siete Km. hasta los Mesegares. En aquellos tiempos, la llegada del autobús de línea o “El Correo” era un acontecimiento: la gente miraba las novedades: a ver quien venía, a ver que traían; también se mandaban recados o cestas y encomendaban paquetes a los viajeros o al conductor, para que los llevaran a otra parada donde alguien iría a recogerlos. En ese contexto de expectación, bajaba Dionisia a Lanzahita y  tuvo la fatalidad de charlar con un joven que estaba curioseando allí, cuyo padre era natural de Santa Cruz del Valle. El chico, que parece que sí era considerado un “maqui” o un colaborador, pocos minutos después se vio seguido por la Guardia Civil. Intentó huir, pero según Dionisia, sin siquiera darle el alto, le acribillaron a balazos.

Los guardias hicieron sus pesquisas e inmediatamente Dionisia y su hermana Isidra fueron detenidas porque alguien delató que habían tenido esa conversación. Se “juntaba el hambre con las ganas de comer”. Al vivir ellas en los Mesegares y ser  hijas y hermanas de fusilados, la consecuencia insoslayable fue que ya por ideología, ya por odio de sangre, eran sospechosas. Dionisia fue sometida a torturas para que dijera quién y a qué horas pasaba por los Mesegares, si conocía o abastecía a tales o cuáles miembros del maquis. (Como hemos dicho antes, en este caserío había una pequeña comunidad, unida y recelosa, de la que habían matado cinco miembros, y no cabía esperar informantes ni colaboración alguna con la Guardia Civil, por tanto sólo podían obtener delaciones por la fuerza y ahora se les ofrecía esta “oportunidad”). La tortura que cuenta Dionisia que recibió, fue a base de palos, con una estaca de pino que tenía los salientes de las ramas sin recortar. Temo que hubiera todavía más y que la buena señora se haya guardado detalles más escabrosos, por no revivir más dolores y humillaciones. Otros torturados con los que hablé también me consta que han minimizado sus narraciones. Es doloroso escucharlo, cómo debe ser contarlo además en presencia de si hija  que, con razón, se ponía rabiosa.

Su hija, con gran desgarro, me describe  la cantidad de hoyos que conserva su madre en la espalda y glúteos. Ninguno sabemos lo que haríamos frente a la tortura, pero Dionisia no tenía oportunidad de delatar a nadie, pues nada sabía. Esta mujer es alta, aún a sus 87 años conserva mucha presencia, a pesar de que padece una hemiplejia. Acierto a imaginarme su firmeza y dignidad, grandes por estar curtida en las durezas que había soportado en su corta vida. Eso, sin duda, suponía un reto para los torturadores.  Ante la falta de resultados llevaron a su presencia a su hermano Jesús, a quien dieron una paliza para ver si así les resultaba, pero Dionisia nada habló. Este último intento se llevó a cabo en presencia del mismísimo “Quinientos Uno”: mítico matarife nacional de Poyales del Hoyo; un tipo tan sanguinario que se vanagloriaba de que su apodo (que es el nombre de la Carretera Nacional 501 Alcorcón-Plasencia) era el número de rojos que había ejecutado. Este sujeto de corta estatura física y moral, vestía de traje y llevaba pistola; iba siempre escoltado, y hubiera sido la pieza más codiciada para el maquis de la zona.

Al ver que la moza no “cantaba” o por puro placer, “quinientosuno”  comenzó a pegarla él mismo con furia, pero ella se revolvió y le dio un empujón, haciéndole caer. El monstruo, humillado, se enzarzó con la mujer dándole muchos más golpes, llegando hasta a pisarla la cabeza y cuando se retiró, o le retiraron de la tortura, dijo: “matad a esta perra”. Dionisia aún siguió recibiendo golpes,  ahora de un Guardia Civil de Pedro Bernardo, hasta que oyó que la dieron por muerta. Su fuerte naturaleza, que resistía, y algo de humanidad que hubiera en ese cuartel, hicieron que la llevaran en ambulancia a Madrid, a la Comisaría de O’Donnell, donde  recibió primero asistencia sanitaria, “me subieron arriba” no en los calabozos de abajo. Después pasó ocho o nueve meses de cárcel.



Como decía Perene, de las palizas poco se habla. Parecen sin transcendencia al lado de los muertos en la guerra o de los fusilados con juicio o sin él. Pero esas huellas de crueldad a veces “por puro deporte” quedan siempre como una vergonzante humillación en la memoria de los que las padecieron. Golpear a una persona hasta que “doblado” ya sin ánimo de resistencia, como un fardo de carne sanguinolenta, suplique dejadme en paz, o peor, exija: matadme de una puta vez es algo que produce placer a algunos humanos.

Ayer por la tele pasaron unas crudas imágenes de los sirios golpeando a otros sirios del bando contrario. No se aprecian bien, pero son de una calidad suficiente para recordar que la crueldad más cruel, más antiestética, aún mora entre nosotros.

6 comentarios:

  1. Me gustaría también conocer las historias del otro bando,no sólo siempre del mismo.Todos cometieron crueldades.Me llamo María y mi padre es de Santa Cruz.

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    1. Se nota que simpátizas con los represores.el otro bando luchaba por la libertad.

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    2. Se nota que simpátizas con los represores.el otro bando luchaba por la libertad.

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    3. Chava, todo es muy relativo. La guerra fue brutal y fue de brutos. que te vayan a buscar a tu casa y te maten unos brutos desorganizados a quienes les dieron (o cogieron por la fuerza) armas para hacer frente a una parte de ejército que se había sublevado, o que te vayan a buscar estos militares, falangistas o guardias civiles para pegarte cuatro tiros en una cuneta, debe doler lo mismo y es igual de condenable. Yo simpatizo más con los dirigentes republicanos (que cometieron sus errores) que con los militares franquistas (que iniciaron una guerra, sublevándose contra el poder democrático), pero los asesinos de un lado y de otro, y sus victimas, para mí no tienen color: son asesinos y víctimas.

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  2. A mí también. Yo recogí todo lo que me contaron y busqué por todas partes. Para tu información, en mi pasada conferencia en Salamanca, calculé mal el tiempo y hablé con mucho más detalle de los fusilamientos que hicieron los rojos a los nacionales que los siguientes en el tiempo, que fueron bastantes más. Cuando vivía por el Barranco, hablé con el dueño de la gasolinera de Mombeltrán para que me contara algo de Segundo González, pero no me supo decir nada. Tampoco logré contactar con los descendientes de Pedro González Igual, ni de su compañero de fusilamiento, cuyo nombre ahora mismo no recuerdo. Pero si alguien me lo cuenta yo lo añadiría con toda justicia, que es lo que me guía.

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    1. Donde dice González debe decir, en los dos, casos Rodríguez. Puedes buscar en el blog "Licinio Prieto, de los que más perdió en la guerra" o "fusilamiento 19 de agosto"

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