viernes, 4 de noviembre de 2011

CAUSAS, EXCUSAS PARA MATAR.





El barranco de las Cinco Villas de Ávila fue ocupado los días cinco y seis de septiembre de 1936 por el Regimiento de Caballería Farnesio que mandaba el coronel nacionalista José Monasterio. Algunos barranqueños habían participado activa  o pasivamente en el “agosto rojo” que se vivió en el Valle después de ser reconquistado por milicianos llegados de Madrid. Eso había sucedido el 30 de julio. Las armas y el desorden que trajo esta primera reconquista causaron la muerte de 25 barranqueños, tres de ellos sacerdotes, además de que quemaron las tallas de dos iglesias parroquiales. Por eso, los que habían tomado las armas, hubieran subido al frente o hubieran hecho guardias, y por supuesto, los que participaron en los delitos, huyeron. Pero otros muchos escaparon  por miedo. Y otros tantos se quedaron en tierra de nadie.  La frase que se fraguó en aquel momento fue “que vienen los moros, cortando tajás”.

Los que se quedaron estaban seguros de que no habían cometido ningún delito; sin embargo, no estaban seguros: muchos serían acusados de algo, y bastantes fusilados por ello, pero de aquella acusación  no se guarda ningún documento escrito, y es por la causa o posible acusación, por lo que este humilde investigador preguntaba,  70 años después.

Mi libro dejará a los lectores un buen montón de especulaciones, que acompañadas de descripciones de la idiosincrasia barranqueña, sucesos y documentos, harán que puedan aproximarse a una representación también de por qué pasó lo que pasó.



Ayer tarde estuve repasando la cinta que grabé a una señora llamada Mercedes Pernudo. A su padre, Basilio, le fusilaron el 23 de septiembre de 1936. Esta mujer se apresuró a declararme que, como ellos sembraban en “lo común”, -en terrenos comunales situados en los confines del Sur del Valle-, a últimos de agosto estaba toda su familia allí, a seis u ocho kilómetros, recogiendo los frutos. Padre madre  y cuatro criaturas pequeñas. En aquel lugar supieron que entró la caballería de los nacionales, y entonces se estuvieron quietos unos días más, hasta que se asentaran un poco las cosas. Su padre no pertenecía al sindicato, ni había hecho guardias, ni se metió nunca en nada; no obstante, dos tíos maternos de Mercedes, que pasaron por allí, le habían recomendado que se fuera con ellos, le advirtieron que si volvía le podían matar ¿Pero cómo iba a irse dejando a su mujer y a sus hijos?



Dicen que quien nos formula una excusa que no hemos pedido, se está acusando manifiestamente. La excusa para no estar en el pueblo y permanecer ocultos en los confines del valle era recoger los frutos de aquel huerto comunal, no que tuvieran miedo de que los consideraran desafectos.



Mercedes afirmaba, por el contrario, que el fusilamiento de su padre fue debido a que años antes plantó cara al cacique para el que trabajaba, exigiéndole que le pagara un jornal de tres pesetas diarias –que era lo que se estaba pagando ya- y no las dos que venía abonándole, y que el cacique, que no le quiso subir el jornal, al ser abandonado  dijo “pues esta me la pagas, Basilio” y llegado el momento, le denunció.

Al poco de volver la familia Pernudo a Mombeltrán avisaron de que el padre tenía que presentarse en el cuartel de la Guardia Civil. Acudió y le metieron en el calabozo. Aquella noche su mujer le llevó la cena, que entregó al guardia de puerta; pero la mañana siguiente, el 23 de septiembre el guardia no admitió el almuerzo que  llevaba la mujer. Ya no tenía objeto: su marido estaba muerto.

No había causa para matar al padre de Mercedes. Cometió el error de volver al pueblo, un error que no sólo le costó su vida, -también  la de su hermana pequeña, que moriría un par de años mas tarde de tifus, (de penurias de posguerra de perdedores, más bien, digo yo)

El error, que no tiene por qué reconocer Mercedes, fue estar fuera en el momento de la invasión y que pareciera que se había escondido o marchado con los rojos. Y volver. Su humilde casa fue saqueada, al pensar los oportunistas que se habían sumado a los huidos. “Y si se ha ido, o se ha escondido, es porque algo habrá hecho”

Y si algo habrá hecho es que es culpable de algo, luego dio “causa” para morir. La triste causa fue no estar en el pueblo en el momento en el que los vencedores dijeron “quien se haya ido o se halle escondido, está contra nosotros”, “es desafecto” “culpable”. 
Y los fusiles dijeron el resto: ¡Pum! ¡Pum! ¡Pum!

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